Nuevatribuna

La reconstrucción del estado democrático

Rajoy y su partido han representado, con toda la carga carpetovetónica de casticismo retardatario, la abolición de la política como fórmula para trasvasar los problemas políticos a las esferas represoras del Estado

A mediados del siglo pasado, en París, bullía una efervescencia cultural que abarcaba desde la metafísica hasta la chanson y cuyo centro eran intelectuales como Jean Paul Sartre o Albert Camus. Quizás se hallaron soluciones transitorias y dudosas, pero se plantearon los problemas que de verdad importaban. Políticamente es algo tan sustantivo que no se puede pedir nada más. Tendenciosamente hoy la acción política se ha hecho inverosímil incluso como imagen literaria y como proyecto dialéctico en una situación sistémica donde la sociedad está ausente y el pensamiento ha sido privatizado por intereses minoritarios.

Jürgen Habermas ha lamentado, en un artículo reciente, la incapacidad de la Unión Europea para llevar a cabo una acción política y ha denunciado que el “populismo de derechas es la consecuencia venenosa de esta ausencia política de la Unión Europea”. Una expresión de esta impotencia es el reemplazo de la política por el marketing y la publicidad, la multiplicación de mensajes que se agotan en sí mismos, para disimular la censura de la política del que los formula. Esta desactivación de la política como sustantivo de la vida pública, impulsa su enfrentamiento con los ciudadanos en un intento autoritario de antagonizar a la sociedad con sus propias demandas de democracia avanzada como alternativa al capitalismo tardío mediante un derecho penal preventivo (Ferrajoli) y consagrando el desplazamiento de la “centralità” del parlamento en beneficio del “ indirizzo político” del poder, entre otros elementos de constricción democrática.

Rajoy y su partido han representado, con toda la carga carpetovetónica de casticismo retardatario, esta abolición de la política como fórmula para trasvasar los problemas políticos a las esferas represoras del Estado, de tal manera que sumariamente se obvia el formato polémico de la actividad pública y, como consecuencia, la consolidación de la inanidad política como forma antidemocrática de hacer política, al tiempo que se destierra la alternativa como elemento sustancial de la cualidad del Estado democrático. Ello representa el intento de afianzar una psicología autoritaria junto a un populismo reaccionario que propician que las ideas propias sean consideradas un paradigma y la historia una sucesión de hechos incontrovertibles porque no se permite una argumentación alternativa y la criminalización de la mente democrática, para la cual la historia es una transición y cada una de sus secuencias una posibilidad de diálogo.

Rajoy ha sido arrojado del poder por el cansancio que el país arrastraba por tres elementos determinantes: el abrumador ejercicio del poder sin inteligencia, la insoportable corrupción estructural del PP, y la fatiga por la cuestión catalana. La crisis del sistema se iba agudizando en el magma de un vacío argumental que ya no era posible suplir con la retórica de la publicidad construida por un populismo de derechas corporativo y democráticamente extemporáneo. Es esta quiebra que viene padeciendo el régimen de poder lo que ha hecho que algo impensable hasta ahora fuera posible: la derrota de un presidente de Gobierno mediante una moción de censura. Pedro Sánchez llegaba a la Moncloa después de superar los obstáculos puestos por el  establishment, volcado con Susana Díaz, y Rajoy salía comprobando íntimamente que ya no era útil para la reconstrucción de los vicios estructurales del sistema sin los cuales peligra la continuidad del régimen del 78.

Por todo esto, ya no bastará la publicidad será necesaria la política. Y para ello se necesita un proyecto de amplio espectro. No sólo limitado a los terrenos más favorables para la demagogia de derechas. No puede tratarse de golpes de efecto sin continuidad trascendente para los intereses de la ciudadanía, ni recomponer el maltrecho bipartidismo de la alternancia, sino de plantear los problemas en los términos políticos que el debate democrático demanda. En el caso catalán, los efectos de la vía represiva escogida por el gobierno Rajoy y apoyada por el PSOE hacen difícil la distensión mientras no se allane la vía judicial, así como en la cuestión de las libertades y  derechos desandar los sinuosos senderos restrictivos emprendidos por el PP es una obligación democrática, como en lo social restaurar los parámetros de igualdad y dignidad de las agredidas y expoliadas mayorías sociales. Reconstruir, en definitiva, el Estado democrático o construirlo.