viernes 03.07.2020

PSOE, el camino a ninguna parte

En la política posmoderna la verdad es irrelevante. El universo autoritario de la posverdad consiste en que lo falso puede convertirse en verdadero si se cree en ello. Como consecuencia, el problema, como afirmaba Jean Paul Sartre,  no es lo que hacemos, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros. Se nos ha inculcado mediante los artefactos de propaganda de los poderes organizados que la ética es una empresa inútil, teórica, idealista, incompatible con la realidad para que el poder del dinero no tenga que ser compartido con ningún tipo de influencia política o moral. La pretensión final es el dominium rerum, el dominio de las cosas, el poder. Porque el poder siempre tiende insensiblemente a concentrarse, no a difundirse y en todos los casos a lo incondicionado.

Desprovista la armadura política de los ijares ideológicos, de un pensamiento de resistencia, de los instrumentos intelectuales de autodefensa cívica, a través de un pragmatismo sistémico asumido como inconcuso, las fuerzas conservadora han procedido a la  extremaunción de los valores cívicos, de la calidad de la democracia, de la sensibilidad social y que produce aquello que definió Jean Baurdrillard  al destacar que en la ilusión del fin a partir de una cierta aceleración produce una pérdida de sentido. La implantación del autoritarismo en los intersticios del Estado ha convertido la crisis no sólo en ruina y desequilibrio social, sino en descomposición donde los objetivos son tan poco confesables  que propician una pérdida general de sentido y, como consecuencia, déficit de identidad y habitabilidad en el Estado para ciudadanos y territorios.

Esta hegemonía social y cultural conservadora cuenta con la contemporización de un Partido Socialista que ha hecho caso omiso a la advertencia de Albert Camus cuando afirmaba que “uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen". Y como consecuencia perdiendo esa identidad que definía Dürckheim de que el socialismo no es una ciencia ni una sociología en pequeño; es un grito de dolor, a veces de cólera, lanzado por las personas que sienten más vivamente nuestro malestar colectivo. Sin embargo, el PSOE intenta sobrevivir como un sindicato de cargos, un aparato inmóvil y conservador que ni siquiera lucha por abrirse a la modernidad y a las nuevas ideas. Como una losa pesa el agotamiento ideológico del partido y su empobrecimiento intelectual, como si hubiera decidido externalizar la indispensable reinvención de la política a los think-tanks amigos en un apabullante y morboso complejo tecnocrático.

Por ello, el PSOE está bajando al peor de los infiernos que imaginó Dante, el preparado para los tibios, de quienes dice que la los cieca vita è tanto bassa/che’invidiosi son d’ogn’altra sorte. A los tibios nadie los quiere, son despreciados por el cielo y el infierno. Una Partido Socialista que no encuentra comodidad como genus dicendi, como forma de expresión, en ninguno de los ámbitos del debate político. Sin modelo ideológico, no aspira sino a ser un matiz de una agenda que transita por territorios ajenos a su propia sociología. Carente de una Ítaca a dónde dirigirse ningún viento le es favorable, mientras los ulises de una burocracia modelo están sólo pendientes de mantener el timón aunque sea para perpetuar un viaje a ninguna parte.

PSOE, el camino a ninguna parte