miércoles 23.10.2019

Preguntas de un obrero que lee

Las familias sin ingresos, los parados sin subsidio, los trabajadores con salarios de hambre constituyen un Auschwitz social donde se vuelven invisibles para un microclima oligárquico donde la economía es una estratagema para que la estafa adquiera nombres honrados

El pragmatismo es algo que a un idealista como el Quijote le subleva los humores. Por eso afea con un severo reproche a su escudero ese arregosto sin más a favor de las expectativas: “Bien se ve Sancho que eres villano, de los que dicen ¡viva quien vence! El Caballero de la Triste Figura sabía de lo que hablaba, ya que los auténticos molinos de viento se encuentran cuando los principios, sometidos a los agentes de la erosión, se oxidan, se alteran, cambian de sentido. Es el descarnado escepticismo de Francisco Pi y Margall cuando se lamentaba: “No hay entre nosotros escuela, no hay crítica, no hay lucha”.

Porque ni los pobres ni los mansos heredarán la tierra y ya no tienen instrumentos intelectuales ni materiales para conquistarla. ¿Qué fue de la economía mixta? ¿Desde cuándo el trabajo, junto al capital, dejó de ser una parte sustantiva de la empresa, creador del valor agregado, y pasó de tener cuota en los consejos de administración a ser un coste de producción inferior al nivel de la máquina utensilio que no funciona por debajo del coste de mantenimiento mientras el obrero trabaja por debajo del nivel de subsistencia? La destrucción del mundo del trabajo, la desigualdad, la pobreza y los náufragos que todo ello genera se encuentran sin salvación. 

Las familias sin ingresos, los parados sin subsidio, los trabajadores con salarios de hambre constituyen un Auschwitz social donde se vuelven invisibles para un microclima oligárquico donde la economía es una estratagema para que la estafa adquiera nombres honrados. Los partidos de izquierda, los otrora teóricamente obreros, consideran hogaño que el trabajador es un fracasado social y, por consiguiente, ya no protagoniza la historia ni es el sujeto histórico de las fuerzas de progreso. El hecho de que sea políticamente aceptable que el balance de un banco tenga mayor importancia que la vida de los miembros de las clases populares es un desmayo del humanismo y los valores de la izquierda que ha perdido la hegemonía cultural y, por tanto, la universalidad de su imaginario ético. Sin embargo, en el caso de la izquierda, la ideología no tiene sustitutivos honorables.

No es posible, por todo ello, una democracia plena sin decencia y una sociedad decente, como apuntaba Margalit, es aquella en que las instituciones no humillan a los ciudadanos. De lo contrario el acto político se convierte en una excusa sin dignidad. Eugenio Montale nos recordaba que la identificación de lo verdadero era algo distinto de la imitación de lo verdadero. Imitar la verdad siempre es un fingimiento que oculta, como en una taxonomía borgiana, lo real. Una simulación cuya dialéctica acaba siendo el arte del engaño. El desmayo de las ideologías y el descrédito de la política propiciado por unas élites intransigentes han convertido la vida pública en un aplazamiento permanente de la inteligencia a favor de la falsedad trufada de autoritarismo y escolástica.

El sesgo de crisis ética, de disolución social, convierte al Estado en un ente desvertebrador por su sometimiento a intereses minoritarios y lo conduce hacia una quiebra sistémica que propicia la marginalidad de importantes segmentos de la población, provoca la pérdida estatal de cualidad democrática junto al desmantelamiento y privatización de sus funciones arbitrales y elimina el control político sobre los intereses económicos. La sociedad se queda sin nación, pero ya se sabe que para las minorías influyentes la sociedad no existe, sólo individuos luchando entre sí de forma desigual. 

Preguntas de un obrero que lee