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jueves. 29.09.2022

Pedro Sánchez, tropezar dos veces en la misma piedra

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La crisis catalana puede convertirse en una trampa saducea para Pedro Sánchez

Cuarenta años de franquismo biológico han propiciado que el concepto de España padezca las adherencias de esa evocación constitutiva como instrumento ideológico reaccionario, mientras la izquierda ha carecido del impulso intelectual para reconstruir el ideario sensible azañista e ilustrado sobre la nación. Y como advertía Max Gallo no es lo mismo operar en la realidad con la idea de una Francia de De Gaulle que con una Francia de Pétain. No es lo mismo operar con la idea de una España azañista que con una España franquista. Es una de las aberraciones política e histórica de las fuerzas de progreso que actuaron en la Transición: dar por buena la versión reaccionaria de España. La izquierda en los años veinte y treinta del siglo pasado, y los republicanos y el mejor liberalismo español tuvieron la concepción de una España democrática, libre, laica, republicana y liberadora, pero esta idea de nación fue desalojada del ideario progresista por un pacto de la Transición que supuso una enjundiosa renuncia ideológica por parte de la izquierda para que no sufriera quebranto el régimen de poder establecido.

La actitud posideológica del PSOE a partir del consenso de la Transición, la indiferenciación con las políticas conservadoras, la torcida forma de considerarse  “partido de Estado” y para cuya estimación ponerse al servicio, en contra de su natural sujeto histórico, de las élites económicas y estamentales, produjo en el Partido Socialista una crisis profunda de identidad, de posición y función en la sociedad, que le hizo perder credibilidad entre las mayorías sociales y unir su destino, en contra de la esencia ideológica que le debía ser propia, a un Estado en crisis por asumir como universales los intereses de las minorías influyentes. Ante ello, el mandato de las bases socialistas en las primarias fue exigente, necesario y sin admitir demora: se trataba de acometer una auténtica transformación política y social desde la izquierda, una reforma del Estado que lo descabalgue de su sesgo parcial e ideológico y lo convierta, no en el cliché de una España simbólica que no existe y que es impuesta, sino en el árbitro de la realidad española y de su ciudadanía, es decir, superar los déficits democráticos y construir una sociedad justa, libre, solidaria y devolver la soberanía y la voz a las mayorías sociales. Todo eso exigía también acabar culturalmente con la negación de la controversia que restringe el campo de lo posible a través de la limitación de lo pensable. 

La crisis catalana, sin embargo, puede convertirse en una trampa saducea para Pedro Sánchez. Enredado el líder del PSOE de nuevo en el ”bloque constitucionalista” con el cual Rajoy quiere arroparse para corresponsabilizar a los demás del escamoteo del problema de su plano político para convertirlo en un asunto de puro orden público y criminalización del adversario. Desde el primer momento lo traspasó a los tribunales hasta el punto de que en 2015 perpetró algo insólito en las democracias liberales: atribuir al Constitucional funciones penales, desnaturalizando su función de responsable del control de las normas. Negó el problema político desde el primer momento. Llamar a declarar a 720 alcaldes, amenazar a los ciudadanos que formen parte de las mesas electorales y a los que vayan a votar un referéndum ilegal, prohibir mítines, es un intento de socialización del miedo, que no le evitará tener que mandar a la policía el 1-0. Es decir, si Pedro Sánchez y su ejecutiva apoyan sin fisuras, como ha remarcado en varias ocasiones el secretario de organización, unas medidas únicamente coercitivas que sólo van a empeorar el problema, en Sevilla de nuevo hay esperanza de poder volver a atar de pies y manos a Pedro Sánchez, dejarle sin margen para otras alianzas a partir del 2 de octubre, ahogarle en Cataluña y empujarle al definitivo fracaso como secretario general del PSOE.

Pedro Sánchez, tropezar dos veces en la misma piedra