lunes 30/11/20

La monarquía momificada en la posición de loto

La grave crisis de la Monarquía y la imposibilidad del cambio político nos conducen a una vida pública mediocre y mortecina, alejada cada vez más de la ciudadanía.

Hace unos años apareció en Mongolia un monje budista momificado que llevaba en ese estado 200 años. Pero lo más interesante es que las altas autoridades del budismo aseguran que el monje, descubierto en posición de loto, se encuentra en un trance meditativo profundo y que "no está muerto". El doctor Barry Kerzin, médico del líder espiritual tibetano Dalai Lama, aseguró al diario The Siberian Times que el monje se encuentra en un raro estado de meditación denominado "tukdam".

La muerte y la vida son estados tan antitéticos que es difícil, más bien imposible, percibir la latencia de uno desde el otro. Al final, todo se sustancia en un acto de fe, cuya construcción mental es gratis. En la vida pública española la vulgarización del embalsamamiento en posición de loto también supone un estado habitual del régimen político. Es lo que le hacía decir a Manuel Azaña: “Lo que no podemos admitir es que se identifique España y la tradición española con los harapos de la vida política española, caída ya en la miseria y en la hediondez, con los restos de regímenes abolidos, y que, sin embargo, han pretendido y pretenden hacerse pasar por la más genuina representación del alma española”.

El régimen del 78 es una de esas fantasmagorías, en el concepto orteguiano, cuya decadencia procede de la imposibilidad de sobresanar las contradicciones que constriñen su íntima capacidad de redefinir un sistema basado en la impostura metafísica, política e institucional. Como en el viaje de la zarina Catalina la Grande, para el cual Grigori Potiomkin, el favorito, hizo edificar bastidores y fachadas pintadas a lo largo de la ruta de visita de Catalina, para presentar pueblos idílicos en la recién conquistada Crimea, el pacto de la transición también fue un atrezo en el que el franquismo buscaba la continuidad histórica y política mediante un affiche democrático con mucho componente Potiomkin.

La falta de ejemplaridad del emérito ha llagado aún más las inercias autoritarias del sistema donde la constitución está delineada para el blindaje de largo aliento de los titulares de la Corona

La configuración del Congreso y el Senado o el sistema electoral fueron aprobados previamente por las Cortes de Franco a través de la Ley para la Reforma Política. Tampoco lo fueron por su origen ya que las primeras elecciones de 1977 no tuvieron carácter constituyente sensu stricto ya que se convocaron como comicios ordinarios y como tales votó el elector al no ser publicitado avant la lettre que las Cortes nacidas de esas elecciones se encargarían de elaborar una constitución, cosa que se decidió después de conocidos los resultados electorales. Es decir, no hubo un cambio de régimen y por tanto lo que se llevó a cabo fue un aggiornamento del Estado ya constituido y no un proceso constituyente propiamente dicho. Esto es de suma importancia porque la consecuencia es que la voluntad popular no accedió al poder del Estado, sino el Estado a la voluntad popular para corregirla y encauzarla. Esta etiología de la Transición, por su propio agotamiento político y disfunciones sociales y democráticas, ha quedado reducida a sus componentes más drásticos, aquellos que configuran el hereditario poder arbitral del Estado, los poderes económicos y financieros y el aparato mediático con una ideología y unos intereses que tienen necesariamente que prosperar en el déficit democrático y la concentración oligárquica de la influencia y el poder de decisión.

Siempre sería mejor votar que no votar y no reparar mucho en que una reforma es simplemente un retoque de lo existente y lo existente era lo que era. En realidad, supuso escenificar lo que ya históricamente había fracasado como la Restauración canovista, que el mismo Cánovas definía como un presidio suelto. La política quedaba reducida a recoger los escombros de la continuidad histórica de un régimen de poder oligárquico y cerrado para administrarlo. La centralidad del ecosistema político devino tan excéntrico que la derecha radical pasó por moderada, la izquierda moderada por radical y se inventó la ficción de un centro político para que los progresistas se lanzaran a la conquista de una inexistente sociología y formasen una topera ante su natural sujeto histórico.

Ningún ámbito ni atmósfera del Estado se encuentra ahora libre de sospecha: la corrupción generalizada instalada en todos los intersticios de las instituciones, la quiebra del sistema autonómico y las consecuentes tensiones soberanistas, la intromisión política en los órganos judiciales, el descrédito de los partidos sistémicos, la quiebra social, el tratamiento del malestar y el desencanto ciudadano únicamente desde las perspectivas del orden público y la propaganda, el déficit democrático, trazan un escenario de fractura múltiple que lleva a preguntarse si es posible una regeneración endógena del sistema, si el régimen del 78 es capaz, como el barón de Münchhausen, de salir de la ciénaga tirándose de su propia coleta o por el contrario, como afirmó Ortega de la Restauración canovista, es necesario enterrar bien a los muertos.

Las brechas democráticas, la corrupción no como excrecencia sino como savia del sistema, la consolidación de una obscena desigualdad, la espada de Damocles de la exclusión y la pobreza sobre las mayorías sociales, la demolición del mundo del trabajo, el desproporcionado poder de las élites económicas y financieras, conforman un escenario sin credibilidad para la ciudadanía que no encuentra en las permanentes agresiones que recibe instrumentos de autodefensa en un régimen de poder cada vez más deslegitimado. Ello conduce a una falta de representación que para Aranguren cristaliza por una carencia de contenidos sustantivos que concluye en la desmoralización colectiva. Seguramente porque el individuo no sabe qué responder, porque carece de criterios, se siente desorientado. La respuesta depende de la convicción y fidelidad a unas ideas. Pero también depende del sentimiento. Cuando falta contenido, no hay convicciones, el sentimiento no tiene donde adherirse y falla también. Falta el estímulo para responder. Ortega, por su parte, afirma que la moral no es un añadido del ser humano, sino su mismo quehacer para construir la propia vida. Y añade: “un hombre desmoralizado es un hombre que no está en posesión de sí mismo.”

La falta de ejemplaridad del emérito ha llagado aún más las inercias autoritarias del sistema donde la constitución está delineada para el blindaje de largo aliento de los titulares de la Corona, dejando absoluta discrecionalidad a la casa real, no existiendo ninguna institución que pueda fiscalizarla. Incluso deja en manos de las fuerzas armadas, como en las leyes caudillistas, la defensa del régimen político constituido. La reforma constitucional demanda un proceso tan farragoso que es imposible de realizar. Todo ello fue posible por la gran renuncia de la izquierda que dejó en el camino jirones de ideología y renuncias a modelos de sociedad propios en una procrastinación que la alejaba de ser una verdadera alternativa a las políticas conservadoras para convertirse en una alternancia en el gobierno con escaso poder real.

La grave crisis de la Monarquía y la imposibilidad del cambio político nos conducen a una vida pública mediocre y mortecina, alejada cada vez más de la ciudadanía. Es decir todo lo contrario a como definía Manuel Azaña la República: “No es sólo un régimen; es un instrumento para la acción, es un instrumento para suscitar la vida, es un instrumento para remover al pueblo español.” Son las cosas que se fueron en la izquierda con la ideología y los valores, la construcción ilusionante de horizontes reales de justicia, igualdad, libertad y solidaridad. El mantenimiento de una Monarquía con potestades medievales, heredera y albacea del franquismo, como garantía de democracia es, cada vez más, una hipérbole de mal gusto. La escapada del rey emérito después de amasar una fortuna de forma poco clara es el punto de esperpento de una realidad política que no merece la ciudadanía.

La monarquía momificada en la posición de loto