viernes 06.12.2019

Manca Finezza

Manuel Marchena.
Manuel Marchena.

Los partidos dinásticos se encargan de radicalizar un discurso unívoco, sin claroscuros y con unos profundos grises autoritarios muy adheridos a la posverdad

En los albores de la transición política, Giulio Andreotti visitó España como jefe del Gobierno italiano. La opinión que la naciente democracia española merecía a los dirigentes europeos era pieza informativa muy apetecida por los periodistas. Su insistencia para que Andreotti valorara la vida política española sólo encontró una respuesta a la altura de la astucia del personaje. Andreotti se limitó a contestar: "Manca finezza". La finura es una buena cualidad para las situaciones políticas complicadas. Singularmente cuando el país vive un complejo proceso político en el que el éxito depende en buena medida de la finezza con la que administraciones públicas y organizaciones de intereses actúan. Nos referimos a la finezza no como simple astucia política, sino como una mezcla de disposición al intercambio y de capacidad estratégica.

La vida pública española está sometida a la crisis metastatizada que sufre el régimen político español, no sólo en el caso catalán sino también en el ámbito social y público, un salto cualitativo en relación con los vicios latentes que condicionan y ponen límites a la arquitectura institucional que lo constituye, demasiado incardinada al déficit democrático y el orden oligárquico como sustantivos de sus orígenes fundacionales. En este contexto, se está produciendo una relectura de las reglas del juego por parte del Tribunal Supremo, con afectación a la manera de interpretar los derechos y las libertades. El poder judicial toma el mando. Ello ha supuesto el exilio y el repudio de la política como instrumento de convivencia y vertebradora de la centralidad de la ciudadanía en términos democráticos. Y siendo esto grave, lo es más aún que tal excepcionalidad sea nominada mediante un mainstream fáctico como normalidad por todos los resortes institucionales y mediáticos del establishment.

Con su reiterada negativa a ordenar la suspensión de los diputados soberanistas catalanes, Manuel Marchena ha proporcionado mucho argumentario a la acción de una oposición necesitada de narrativa para salir del ostracismo tras la derrota del 28 abril y para hacerse valer en vísperas de las municipales y autonómicas. En un artículo muy convincente, el constitucionalista Javier Pérez Royo escribía que la negativa del magistrado es jurídicamente reprobable y afirmaba tajantemente que "es una decisión política". La posición que ha adoptado el Tribunal Supremo, por tanto, no es de índole jurisdiccional, sino una decisión política y una decisión que se compadece en su totalidad con la estrategia que están poniendo en marcha Ciudadanos como vanguardia, pero con el concurso inmediato de PP y Vox. Con el argumento de no interferir en la política parlamentaria, lo acaba haciendo sobremanera. ¿Se entiende por qué el senador Cosidó escribió su tristemente famoso WhatsApp? El portavoz del PP en el Senado, Ignacio Cosidó, aseguraba a sus compañeros de partido que el nombramiento de Marchena como presidente del Consejo General del Poder Judicial, en un pacto con el PSOE que dejaba a los populares en minoría en ese órgano, no debía inquietarles. Porque Marchena, les decía Cosidó, va a "controlar la sala segunda" –la encargada de juzgar a los líderes independentistas- "por la puerta de atrás.”

Hay en estas estratagemas fácticas una orquestación evidente que concierne desde a Felipe VI, quien, con su discurso del 3 de octubre, rompió la función arbitral de la jefatura del Estado, con un posicionamiento políticamente beligerante sin apelación alguna al diálogo, con lo cual situó a la monarquía en parte del conflicto y, por tanto, al Estado en el territorio partidista. Los partidos dinásticos –muy concretamente en esta fase PP, C’s y VOX- se encargan de radicalizar un discurso unívoco, sin claroscuros y con unos profundos grises autoritarios muy adheridos a la posverdad. La presión ejercida sobre la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, tras la respuesta del Tribunal Supremo en la que la Sala le trasladaba la toma de decisión de suspender a diputados soberanistas al Congreso, se contextualizaba desde una irracionalidad torticera ejercida por la derecha exigiendo la dimisión de la presidenta del Congreso e incluso acusándola de prevaricación mientras los medios afines al establishment daban como información especulaciones interesadas: "El PSOE no quiere hacerle un feo a Junqueras y los suyos", "lo que está ocurriendo no es sino una prueba más del pacto secreto entre Pedro Sánchez y los independentistas", se ha dicho y repetido casi desde el primer momento de este nuevo capítulo de la demagogia y de la mentira de las derechas en torno a la judicialización de la política.

Es un episodio más del deterioro democrático del régimen del 78 y que demanda una regeneración sustantiva de la vida pública que recupere los valores cívicos con objeto de articular un sistema de poder cuya centralidad se fundamente en la soberanía de las mayorías sociales. Para ello sobra mediocridad y falta finezza.

Manca Finezza