martes 27/10/20

Madrid me mata

El caso de Madrid y la pandemia es un elocuente paradigma de la irracionalidad del conservadurismo económico, y lo es sobremanera en el caso de la capital de la nación por la procacidad e incompetencia de su presidenta,  Isabel Díaz Ayuso simboliza lo que en plena guerra civil inglesa, Paul Gosnold llamó kakistrocracy, de las voces griegas, kakistos (‘peor’) y kratos (‘mandato’) y significa ‘gobierno de los peores’, que no es, en el caso de Ayuso,  sino una inoportunidad ideológica ejercida de una forma inhábil puesto que no hay que olvidar que la incompetencia es el más alto grado de la corrupción. Todo ello es la consecuencia de la aplicación inmoral a circunstancias dramáticas de unos modelos ideológicos que no buscan el bien común, lo que da como resultado, no sólo la ineficacia para los fines pretendidos, sino los epifenómenos perniciosos en lo social que son, en sus esencia, los objetivos últimos de la visión neoliberal de la sociedad.

De ahí las contradicciones e incoherencias de Díaz Ayuso que van desde anunciar una bajada de impuestos para luego reclamar recursos públicos al objeto de combatir la pandemia, la discriminación clasista en los confinamientos vecinales hasta criminalizar el malestar causado en los habitantes de esos sectores de Madrid y, por otro lado,  lisonjear a los pijos del barrio de Salamanca cuando salieron a la calle en nombre de la libertad de reabrir las tiendas de Louis Vuitton o poder escaparse a jugar al golf.

Es la consecuencia de aplicar una ideología que se fundamenta en la degradación del modo de vida de las mayorías sociales mediante el trabajo precarizado, los salarios por debajo del nivel de supervivencia, la expulsión hacia ámbitos de existencia indigente de las clases populares, desmochadora de los servicios públicos, incluida con especial ahínco la sanidad, que nos ha llevado a niveles de desigualdad económica desconocidos desde hace un siglo. Una desigualdad que no es casual, sino consecuencia de décadas de políticas y reglas de juego neoliberales centradas en recortes del gasto público y privatizaciones, de reformas fiscales regresivas, y, lo que es peor, de unos cambios culturales que hacen posible vivir sin percibir que esa desigualdad crece cada día.  

Ante una crisis humanitaria aplicar el criterio tan radicalmente minoritario y tan dañino para la mayoría de la población tiene la misma función que los bomberos de Fahrenheit 451, que no es apagar incendios sino provocarlos para quemar libros. En el fondo, todo es una cuestión política, aunque se hable de decisiones técnicas o científicas, puesto que los conceptos ideológicos que conforman los modelos de sociedad implican unos criterios que no pueden sustraerse de sus propias subjetividades en cualquier tipo de praxis. En el contexto de un repertorio doctrinario que considera una ineficiencia perniciosa la solidaridad, la igualdad, los valores comunes de convivencia no puede sino reproducir en cualquier tipo de crisis los elementos nucleares de su ideario y, como consecuencia, en el caso de la crisis sanitaria, para materializar la grave dicotomía entre un credo concebido para la exoneración y explotación de la mayoría de los ciudadanos y la necesidad de proteger a la generalidad de la población.

La voracidad del capitalismo sin alternativa que nos coloniza agrede y destruye al planeta que nos hospeda, fagocita los modos solidarios de convivencia democrática, combate la creatividad y el pensamiento crítico, convierte en papel mojado la voluntad de las mayorías, y lo más hiriente, ha trocado todo ello en una realidad inconcusa, en la hegemonía cultural para la que también habrá que encontrar una vacuna.

Madrid me mata