sábado 19.10.2019

Los políticos como problema

La clase política se consolida como el segundo problema nacional y además marca el récord el porcentaje de quienes la citan como una de sus principales preocupaciones en los barómetros mensuales del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). 

Ello no es un asunto baladí, ni circunstancial, ni esporádico sino de una enjundiosa carga decadente que afecta sobremanera a los elementos más sensibles que vertebran el régimen político. Suponen una crisis poliédrica del sistema que se compadece de forma crítica con la vigencia del supuesto mito fundante del régimen de la Transición y, con ello, la oxidación de los principios de representatividad, participación, alternativa real y, en definitiva, aquellos componentes que construyen los basamentos democráticos.

Los encargados de resolver los problemas de los ciudadanos se han convertido en un problema para los ciudadanos

La desideologización de la vida pública, la adopción de fines privados en sustitución de los verdaderamente nacionales, la oligarquía de los partidos políticos como disolvente de la capilaridad entre las organizaciones políticas y la sociedad, son factores que conducen sin solución de continuidad a la carencia de grandes objetivos, la entronización del cortoplacismo, la medianía de fines y el darwinismo al revés que produce la tumoración de todo estos ingredientes configurando la realidad política.

La falta de grandes fines y, como consecuencia, la mediocridad de los actores políticos no es nueva en las decadencias de nuestro país. Ortega señalaba las preferencias manifestadas por los reyes españoles, por carecer de grandes ideales, en la elección de personas, la increíble y continuada perversión de valoraciones que les llevaba casi indefectiblemente a preferir los hombres tardos a los inteligentes, los envilecidos a los irreprochables. Para concluir que cuando se tiene el corazón lleno de un alto empeño se acaba haciendo lo contrario, es decir, siempre se busca a los hombres más capaces de realizarlo.

Empero, hogaño, la robusta vigencia de la oligarquía de los partidos dinásticos y el sistema electoral condicionan que la suerte en la vida pública de un político no dependa en absoluto del elector sino del correspondiente jefe de filas que lo sitúa en una lista cerrada a una cámara parlamentaria o lo nombra para una responsabilidad política concreta y ante quien, como consecuencia, el político  debe rendir cuentas en lugar de a la ciudadanía.

El sistema partidario favorece las redes clientelares y un neocaciquismo que componen una dolosa vertebración de las organizaciones políticas que, como corolario, produce que la ciudadanía vea al político como alguien ajeno, cuando no contrario, a sus intereses y aspiraciones y enfrascados en unos objetivos privados muy distantes de los generales del país. Los encargados de resolver los problemas de los ciudadanos se han convertido en un problema para los ciudadanos.

Decía otrora Manuel Azaña que la política consiste en realizar, que se parece al arte en ser creación, una creación que se plasma en formas sacadas de nuestra inspiración, de nuestra sensibilidad, y logradas por nuestra energía. Y que por ello no hay política de personas fútiles; la política está reñida con el esnobismo. Singularmente cuando el esnobismo resulta ser la pedantería de la mediocridad.

España hoy confronta graves problemas que afectan a los intersticios más sensibles de su propia razón de ser nacional por cuanto configuran una metástasis de crisis económica, social, política e institucional que hace que sobre el país sobrevuele una tormenta perfecta. Y ante ello, la vida pública, al contrario de lo que decía Azaña, transita entre la banalidad y el esnobismo. El desmayo de las ideologías, la transigencia ética, el relativismo de los valores, la esclerosis del régimen de poder, el “todo vale”, han propiciado una atmósfera institucional irrespirable y, sobre todo, incapaz de resolver los propios problemas que genera.

Los políticos como problema