jueves 21/10/21

La realeza y la realidad

rey
Imagen: La Casa Real

El incendiario y belicoso discurso del rey del 3 de octubre supuso terminar con lo que Azorín llamaba la fuerza contenida –“no dé el político toda la medida de sí; resérvese siempre algo; reprímase”-, y poner todos los resortes coactivos y represivos del Estado en la laminación del soberanismo catalán. Pero ello con dos excentricidades propias de la misma estructura institucional del régimen de la Transición: el congénito maltrato a Montesquieu por la excesiva influencia del poder ejecutivo sobre el judicial, lo que supone una desplazamiento mórbido de la política a las oscuras sentinas del orden público y el código penal y la carencia del carácter arbitral de la jefatura del Estado, lo que convierte a la alta magistratura en la protagonista de un Estado ideológico y estamental. En el discurso extraordinario a la nación, Felipe VI, caustico y con gruesas advertencias, olvidó que en una Monarquía parlamentaria el rey ha de serlo de todos, también de los soberanistas y que, como consecuencia, los instrumentos de su acción deben constituirlos la mediación y el diálogo antes que la beligerancia parcial y excluyente.

En la alocución real de Nochebuena el tono propagandístico y de exultante panegírico del sistema ya no era creíble; después del ejercicio de fuerza en Cataluña, ahora el discurso trufado de bondades económicas y sociales resultaba extravagante para unos ciudadanos empobrecidos, precarizados en la lucha por la vida y la expresión de su malestar convertida en carne de presidio. Es un relato en el que las mayorías sociales no podían reconocerse en su cada vez más difícil cotidianidad. Por otra parte, representaba una retórica inhábil para eludir el tratamiento del problema catalán con todo el repertorio de excesos posdemocráticos puestos en marcha por el aparato coactivo del Estado y que difícilmente eran comprensibles en los países de nuestro entorno. No es habitual observar en Europa cómo se encarcela a los responsables de un gobierno elegido democráticamente, a los miembros de la mesa de un parlamento, se boicotea la economía del territorio propiciada por el gobierno del Estado –el llamado 155 económico-  y se apalea por las fuerzas del orden a pacíficos ciudadanos. Y a pesar de ello, los partidos soberanistas renovaron su mayoría parlamentaria. El rey jugó fuerte y perdió.

La crisis que sin duda trasciende al problema catalán, se sustancia en la necesidad de falsificación de la democracia cuyos paradigmas son cada día más incompatibles con los poderes minoritarios, las influencias y los intereses del Estado postfranquista remozado en la Transición. Bourdieu afirmaba que lo que más altera los fundamentos de los dominadores es que se cuestionen las estructuras profundas del poder. El lanar aparataje mediático, intentando poner a veinte mil atmósferas bien sea el sentimiento anticatalán o la sensación del peligro que supone el presunto ultraizquierdismo de algunas fuerzas emergentes, necesita cada vez más de la fantasmagoría y el artificio para intentar que una mentira repetida mil veces se convierta en verdad. Mientras tanto las estructuras profundas del poder exigen más amplios déficits democráticos y partidos dinásticos sometidos a unos intereses minoritarios que, en el caso de la izquierda, les deja sin sujeto histórico, sin ideología y, como consecuencia, incapaces de tener la metafísica necesaria como para la construcción de paradigmas creadores de sentido a nuevas alternativas de poder.

Manca finezza en la vida pública española porque el poder minoritario es excesivo y los intereses que polemizan en la jibarizada ágora política demasiado mezquinos, pedestres y, como diría Marcuse, unidimensionales. Podemos seguir así, con una democracia cada vez más difícil y desfigurada, con un sistema cerrado y que se va alimentando de su propia descomposición o apelar a la fuerza del cambio, lo verdaderamente equilibrado, pues no olvidemos que como dijo  Schopenhauer, el cambio es la única cosa inmutable.

La realeza y la realidad