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domingo. 25.09.2022

Un Estado para la convivencia, la concordia y la libertad

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La derecha está convirtiendo la vida pública en una astracanada incívica que intenta restaurar los viejos estados de ánimo de los años del caudillaje y su impostor patriotismo de Plaza de Oriente, lucecita del Pardo y virtudes teologales

El político catalanista conservador, Francisco Cambó, cofundador y líder de la Liga Regionalista, le advirtió premonitoriamente a Alfonso XIII con motivo de una visita del monarca a Barcelona y después de hacerle una serie de vindicaciones de índole nacionalista: “Pasaremos los políticos aquí presentes, pasarán los partidos aquí representados, caerán regímenes, nacerán otros nuevos, pero el hecho vivo de Cataluña subsistirá”.

En la reciente historiografía española nunca fue posible una democracia plena sin resolver el engaste de Cataluña en el Estado español. Desde el siglo XIX pensadores, escritores, y estadistas han analizado el problema del encaje de Catalunya dentro de España. Algunos de ellos hablan de un problema sin solución, lo que Ortega denomina la “conllevancia”, otros destacan las diferencias entre "castellanos y catalanes" a la hora de mantener relaciones con el Estado y alguno señala la "rara sustancia" que representa el soberanismo.

Hoy la cuestión catalana transita por derroteros de enjundiosa conflictividad y con el suficiente sesgo extravagante como para que lo visceral tenga un escenario formidable en todos los contextos y pretextos del problema. La derecha, que en España casi siempre es extrema a pesar de sus protestas de europeidad y centralidad, ha derivado el problema catalán, o el problema español, extramuros de la política hacia el légamo autoritario del orden público y la delincuencia común, en una regresión cuya capilaridad trasciende a la propia cuestión catalana. El conservadurismo hispano, después de la alocución televisada del rey del 3 de octubre, tan poco arbitral y con todos los componentes de una beligerancia y belicosidad poco razonable sobre un territorio en el que reina –se supone que es rey también de los independentistas- ha resuelto en cualquiera de su tres versiones, tridente de semejas voluntades, disolver el caso catalán por aplastamiento y aderezar la solución para otras causas impertinentes para la derecha y los intereses que defiende mediante la tramoya coercitiva del Estado. Es la convivencia entendida como sometimiento, donde no puede existir otra inteligencia, ni otro entendimiento, que una relación de vencedores y vencidos, y ello es untura para Cataluña y para el mundo del trabajo, las clases populares, los intelectuales críticos y los artistas independientes.

La democracia enflaquece, la derecha está convirtiendo la vida pública en una astracanada incívica que intenta restaurar los viejos estados de ánimo de los años del caudillaje y su impostor patriotismo de Plaza de Oriente, lucecita del Pardo y virtudes teologales. Este agigantamiento de las tesis más escoradas de la derecha, han tenido unos surcos ya arados en la ingenuidad de los soberanistas catalanes que no han sabido intuir que la política consiste en la creación de procesos que han de compadecerse con la racionalidad del momento histórico y en ese contexto instrumentar los tiempos y las estrategias. Tumbar al único gobierno con el que era posible iniciar un diálogo, de la intensidad que fuera, para votar la caída del ejecutivo socialista junto a los que han manifestado que su primer acto de gobierno será la aplicación permanente del artículo 155, tiene una mala metafísica política, a no ser que se pretenda acceder a escenarios de razia y escombros de no se sabe qué consecuencias para el nacionalismo catalán, pero seguro que no muy halagüeñas. Además, de ganarse el descontento de los ciudadanos, que al margen del caso catalán, tenían puestas sus expectativas en un alivio al maltrato social que los gobiernos del PP habían infringido a los trabajadores, parados y clases populares.

El soberanismo catalán no ha llegado a comprender el momento histórico que vivimos donde el malestar ciudadano no se debe, como en otras ocasiones con distintas etiologías sociales, a una política determinada, sino a la vertebración de un Estado que nunca llegó a constituirse en un auténtico Estado nacional, es decir, un ente de todos, y sí en un Estado ideológico, confesional o estamental al servicio de minorías influyentes. Sólo la superación de este Estado, en crisis poliédrica y de ahí su tendencia a bunkerizarse a costa de la calidad democrática, podrá dejar paso a un régimen político que recomponga sin trabas del pasado espacios de libertad y justicia donde ciudadanos y territorios puedan compartir un futuro desde su propia identidad. Quizá sea la regeneración del Estado el gran desafío que el nacionalismo catalán y la izquierda española deberían asumir para ahondar en espacios de convivencia y concordia y comenzar a hacer, como diría Ortega, historia con sentido histórico.

Un Estado para la convivencia, la concordia y la libertad