domingo 20.10.2019

¿De qué España hablan los dirigentes del PSOE?

Es una cosmovisión de España estrecha y excluyente, de buenos y malos, de vencedores y vencidos, donde las minorías predominantes tienen el poder real al poseer sus intereses el rango de universales, es decir, generales del Estado

Un importante éxito del franquismo que despierta poco estrépito, inadvertencia que lo hace más funcional, ha sido la imposición anímica y sociológica de un concepto de España extemporáneo y sumamente retardatario en que se sustanciaba el poder real en tiempos del caudillaje y se sustancia hoy en el correlato posfranquista de la Transición y el cual constituye la pulpa ideológica de un Estado monolítico en sus entresijos constituyentes.

Los graves problemas que afronta España, que inciden en los elementos más sensibles de su razón de ser; el bloqueo institucional como consecuencia de un sistema incapacitado para profundizar en los valores democráticos, no son sino parte de las consecuencias de una suplantación política y social de la nación

Para Eduardo Subirats, desde Ganivet hasta Castro o Zambrano el centro gravitatorio de la regeneración española ha sido una reforma de la inteligencia, aplazada por siglos de totalitarismo y escolástica. Y lo más extravagante, si acaso, de este triunfo doctrinario tan trascendente en la composición de la hegemonía cultural gramsciana, es, sin duda, la absoluta asunción por parte de la izquierda, singularmente del PSOE, de un concepto de España tan antagónico con lo que debería ser su ideología, su historia y su propia esencia objetiva, uniéndose a ese aplazamiento escolástico de un auténtico Estado nacional, que no fue, justamente por ello, históricamente un Estado constitucional, sino una monarquía con constitución, como hoy acontece. De ahí que las constituciones españolas desde la de 1812 en adelante se promulgaran como "Constitución de la Monarquía Española". No del Estado o de la Nación, sino de la monarquía. Solo nacionalismo español, pero un nacionalismo debilitado, subordinado a la institución monárquica.

Es una cosmovisión de España estrecha y excluyente, de buenos y malos, de vencedores y vencidos, donde las minorías predominantes tienen el poder real al poseer sus intereses el rango de universales, es decir, generales del Estado. Esto es un factor de largo aliento en la historiografía del país con el franquismo y el posfranquismo de la Transición como fieles continuadores. Cuando los intelectuales de la Agrupación al Servicio de la República en los años 30 -no es fácil encontrar tanta inteligencia junta-, redactan su manifiesto, aluden al factor determinante de la permanente decadencia española: “La monarquía no ha sabido convertirse en una institución nacionalizada... ha sido una asociación de grupos particulares que vivió, parasitariamente sobre el organismo español, usando del poder público para la defensa de los intereses parciales que representaba...”

La escolástica y el pragmatismo son insuficientes para corregir a un régimen heredado del caudillaje embebido ideológicamente de las casposas formas del viejo autoritarismo que viene convirtiendo desde hace siglos a España en una anomalía histórica y política. Nuestra nación, sentencia Azaña en 1923, es un país gobernado tradicionalmente por caciques. “En esencia, -escribe el político republicano- el caciquismo es una suplantación de la soberanía, ya sea que al ciudadano se le nieguen sus derechos naturales, para mantenerlo legalmente en tutela, ya que, inscritos en la Constitución tales derechos, una minoría de caciques los usurpe, y sin destruir la apariencia del régimen establecido, erija un poder fraudulento, efectivo y omnímodo, aunque extralegal.”

El diagnóstico del político complutense no puede ser más parejo a la  idiosincrasia institucional de hogaño, teniendo en cuenta que ni la historia ni el pueblo ha juzgado de facto al franquismo y que el hecho de que la Transición se sustanciara en pasar de la legalidad a la legalidad suponía dejar intacto al Estado nacido el 18 de julio, sin que, por tanto, fuera abolido, ni refutado, ni sus capilaridades psicológicas y sociológicas legalmente censuradas. No hubo depuraciones ni en la judicatura franquista, ni en la policía, ni en ningún órgano estatal franquista y la misma jefatura del Estado lo fue por designación directa de Franco.

Al no ser el franquismo abolido, ni juzgado, ni condenado, y constituirse, como consecuencia, el régimen nacido de la Transición en un franquismo corregido para mantener el poder real dentro de una apariencia más aceptable en el contexto internacional e interior, la izquierda dinástica –el PSOE como partido autodenominado de Estado-, transitan en un ecosistema institucional muy desparejo de su teórico modelo de sociedad y de nación. Los breves paréntesis históricos a esta concepción estatal, dual y ortopédica, fueron derogados dramáticamente por las minorías dominantes hasta el momento presente, producto del término biológico del franquismo y la necesidad de mantener el tradicional régimen de poder reconociendo como adaptación ciertas libertades individuales y blindando el poder arbitral del Estado.

Porque la Transición no fue el acceso de la voluntad popular al Estado sino del Estado a la voluntad popular para corregirla y encauzarla. Como dijo Manuel Azaña de la “revolución desde arriba” de Costa, una revolución que se inaugura dejando intacto el Estado existente es un acto muy poco revolucionario. De igual manera, la Transición supuso la imposición resignada de que no había otra opción, en un contexto de orquestados ruidos de sables y maquinaciones financieras. La organización del pesimismo es verdaderamente una de las “consignas” más raras que puede obedecer un individuo consciente. Sólo han querido concedernos un derecho de descomposición bastante perfeccionado. Es decir, la vida como renuncia, convencimiento de que nada puede ser mejor.

Los graves problemas que afronta España, que inciden en los elementos más sensibles de su razón de ser; el bloqueo institucional como consecuencia de un sistema incapacitado para profundizar en los valores democráticos, no son sino parte de las consecuencias de una suplantación política y social de la nación. Son problemas que surgen de la cochura del Estado intacto del posfranquismo, de la carencia de una formulación alternativa de transformación social que ha sido la gran aportación ideológica y moral de la izquierda a los grandes ideales de libertad, igualdad y solidaridad. Es muy difícil sobresanar un problema abundando en sus causas. Cataluña, la desigualdad, la pobreza, la segmentación de la izquierda, la detonación programada del mundo del trabajo, demandan un tratamiento que trascienda a la “espaciosa y triste España” que le dolía ya a Fray Luis de León y que, a través del tiempo, le hizo decir a Luis Cernuda que era un “español sin ganas.”

¿De qué España hablan los dirigentes del PSOE?