lunes 21.10.2019

España vista para sentencia

El juicio del procés ha quedado visto para sentencia. En pocas ocasiones a lo largo del posfranquismo, las puñetas han tenido una influencia tan ingente sobre el presente y futuro de España, luego de fagocitar a la política como instrumento cívico de debate y organización polémica de la vida pública, y dejar la lucha por la hegemonía y el poder dentro de los límites estrechos que marcan la desnaturalización del proscenio democrático para resituar los conflictos en los ámbitos policiales y punitivos, donde se crean unas conclusiones délficas que superponen interpretaciones para servirlas después según pedido y arropadas `por una propaganda llena de fetiches (prejuicios ideológicos) para limitar el campo de lo opinable.

El final del juicio a coincidido con la negativa por parte del Tribunal Supremo a que Oriol Junquera, en larga y poco justificable prisión provisional,  saliera de la cárcel para recoger su acta de eurodiputado en una resolución farragosa como viene siendo habitual para justificar lo que tiene una excusa compleja, ya que se trata de impedir que asuma la condición de miembro de una cámara legislativa para la que ha sido elegido mediante unos comicios teniendo plenitud de derechos y no sólo vulnerando, por consiguiente, el derecho al sufragio pasivo de Junqueras, sino atentando contra el derecho activo de los electores que lo han elegido.

Es difícil prever cómo pueden desarrollarse los próximos años en España si los acusados en el procés, como según parece ocurrirá, sean condenados y la política en Cataluña y en el resto de España tenga que conllevar, en lenguaje orteguiano, que la cúpula de un partido legal esté en la cárcel, sin ser delincuentes comunes, por mucho que la derecha  y su aparataje mediático se empeñe. El problema catalán, o el problema español, que venía siendo incoado por la derecha impugnando estatutos y boicoteando productos catalanes, ha cundido y tenido bulto para que el régimen haga aflorar en su extensión su rizoma más definitorio con una instrumentalización de la justicia, desacreditada por los tribunales europeos por la intrincada instrucción del caso, y donde se ha apelado a la expugnación del nacionalismo catalán considerando el diálogo y el acuerdo como, nada menos, que una traición.

El tridente derechista, PP, C`s y Vox, son tres matices de la misma derecha hispánica y carpetovetónica, cuyos fines son absolutamente convergentes

La simbología y la retórica del caudillaje, tan interiorizada por los jóvenes dirigentes de ideas tan viejas, es la representación más plástica de lo mucho que hemos retrocedido en tan poco tiempo. Esta triaca que se autodenomina constitucionalista no tiene empacho en declarar su intención de vulnerar el modelo territorial que consagra la carta magna, con una intervención permanente de las instituciones catalanas, recentralización general para ir suprimiendo el modelo autonómico, ilegalización de algunos partidos nacionalistas y otras medidas constrictivas del modelo territorial vigente. Organizar la convivencia con estos modelos de actuación es de suma complejidad en términos democráticos. Si es que importa la democracia.

Los más elementales derechos y libertades cívicas se han visto socavadas cínicamente y con carácter general en nombre de una democracia cada vez más disminuida, se ha encarcelado, menoscabando la libertad de expresión, a actores, titiriteros y tuiteros aplicando leyes antiterroristas a presuntos delitos de opinión; toda disidencia se ha convertido en una cuestión de orden público, la legislación laboral condena al trabajador a vender su fuerza laboral por debajo del nivel de supervivencia, ampliando, de este modo, el empresario la plusvalía a costa de la depauperación del trabajador. Las costuras del régimen del 78 para sostener en todos sus términos una democracia plena son cada vez más endebles en virtud de la incompatibilidad de los intereses representados por las fuerzas conservadoras con un sistema de libertad y soberanía ciudadana. ¿Tiene futuro una solución autoritaria que no consiste en sobresanar la esclerosis democrática del Estado, la desigualdad social y las tensiones territoriales, sino en dar respuesta punitiva al malestar ciudadano? Veremos.

España vista para sentencia