martes 15.10.2019

Es la cultura, estúpido

Mayo del 68 en París.
Mayo del 68 en París.

Las etapas más fértiles de la izquierda en Europa, las más imaginativas en el ámbito ideológico e identitario se han debido a la conjunción de intelectuales y trabajadores caminando en un mismo sentido transformador de la sociedad

“La economía, estúpido” (the economy, stupid), fue una frase muy utilizada en la política estadounidense durante la campaña electoral de Clinton en 1992 contra Bush (padre). La estructura de la misma ha sido utilizada para destacar los más diversos aspectos que se consideran esenciales. Es el caso actual de la cultura, aunque se intenta por el establishment que no esté en el debate. La crisis poliédrica que hemos padecido -económica, social, política, institucional y cultural-, ha producido que el trabajo se convierta en un bien degradado y en declive cuya retribución no garantiza las condiciones elementales para una vida digna. Ni meritocracia, como forma de promoción social, ni trabajo como garantía de inserción social.

Los basamentos ideológicos que daban legitimidad al sistema se diluyen. Y lo hacen con estruendo, porque los ciudadanos han quedado atrapados en la narrativa con la que se les había tratado de confundir para justificar la desregulación masiva y el desmantelamiento del Estado del bienestar. Hay una salida democrática de la crisis y otra que no lo es. Y se ha optado por la segunda encarnada en la economía de quiebra administrada. La asignación de recursos responde a los criterios establecidos por la rentabilidad de las finanzas y eso deja a las mayorías sociales al arbitrio de la incertidumbre de la pobreza, la exclusión social y el grave deterioro de sus derechos y libertades cívicas.

¿Cómo se ha llegado a una situación tan irracional e injusta? ¿De qué forma se ha impuesto una narrativa conservadora que resulta tan dual? ¿Por qué la mayoría de los ciudadanos van a desear vivir en una sociedad que los empobrece, que les impide sobrevivir con salarios de hambre, que les abandona en la ancianidad, que los margina, que ve a sus hijos malnutridos, que les niega subsidios en el drama del paro mientras el Estado inyecta miles de millones a los bancos? ¿Qué impide crear una cultura según la cual el compromiso político por transformar las cosas, el compromiso por estar al lado de los que sufren, el compromiso por generar igualdad y de mejorar la calidad de vida para la mayoría, vuelva a ser estética, cultural y socialmente bien valorada?

La crisis es, como para muchas otras cosas, una buena excusa para desvertebrar las identidades culturales, para silenciar el sesgo crítico del individuo, para construir el conformismo de la opinión pública, para desmantelar los pilares identitarios buscando la uniformidad retardataria que tan mal se compadece con una democracia social. Ha sido llegar el PSOE al gobierno de la nación y recuperar la agenda social, para que los agoreros de la derecha carpetovetónica comiencen a gritar que viene el lobo de una nueva crisis. Que no es sino un pretexto sin dignidad que evite un mínimo de redistribución de la riqueza nacida de la simple explotación de amplios segmentos de la ciudadanía por las voraces minorías extractivas. Pero además, para los conservadores el poder se sustenta en la capacidad para inducir culpabilidad y para ello necesita una sociología sin conciencia identitaria, que es lo que favorece la cultura. La culpa siempre de las victimas, nunca de los verdugos. Para la derecha, cultura delenda est porque sabe que, como dijo José Martí, “la madre del decoro, la savia de la libertad. el mantenimiento de la República y el remedio de sus males es, sobre todo lo demás, la propagación de la cultura".

Zygmunt Bauman, en el congreso europeo de cultura de Wroclaw (Polonia), afirmó que hay que dejar de pensar en la cultura como una isla autónoma dentro del marco social. En estos momentos hay que situarla en el centro del discurso social y económico de la nueva sociedad. Para decir a continuación que cuando hablamos de innovación pensamos que sólo procede del campo de la tecnología, cuando en realidad es el campo de la tecnología el que bebe de las ideas y tendencias que surgen del campo de la cultura. Sólo la cultura transforma la sociedad y abre nuevos caminos para el progreso. En el mayo del 68 francés convergían las consignas estudiantiles de “cambiar la vida” con la historia de las reivindicaciones obreras. Jacques Rancière expresa que en el nacimiento de la emancipación proletaria lo esencial era cambiar la vida, la voluntad de construirse otra mirada, otro gusto, distintos de los que les fueron impuestos. De ahí que concedieran una gran importancia a la dimensión propiamente estética del lenguaje, a la escritura o la poesía. Porque sólo desde la cultura se puede cambiar la lógica del pensamiento único que controla a ciudadanos y Estados. Ya advirtió Herbert Marcuse que la realidad social, a pesar de todos los cambios, la dominación del hombre por el hombre es todavía la continuidad histórica que vincula la razón pre-tecnológica con la tecnológica (...) reemplazando gradualmente la dependencia personal, del esclavo con su dueño, el siervo con el señor de la hacienda, el señor con el donador de feudo... por la dependencia al “orden objetivo de las cosas”: las leyes económicas, los mercados, etc.

Las etapas más fértiles de la izquierda en Europa, las más imaginativas en el ámbito ideológico e identitario se han debido a la conjunción de intelectuales y trabajadores caminando en un mismo sentido transformador de la sociedad. El mismo Mayo francés fue un paradigma histórico de la concurrencia de estas fuerzas en la expansión de los valores de progreso que consolidaron la sociedad de bienestar. La realidad actual es muy distinta. Todos los avances sociales conseguidos durante décadas están en peligro. La derecha aliada con los poderes fácticos económicos y sociales ha conseguido que la desideologización y el hiato del acto político consoliden la irreversibilidad del pensamiento único y excluyente para que el debate quede en manos de la tecnocracia. Es por ello imprescindible y urgente que la izquierda reconstruya una hegemonía cultural donde la solidaridad, igualdad y la vertebración ideológica de una democracia social fuerte sean los instrumentos para la convivencia y la soberanía de los ciudadanos.

Es la cultura, estúpido