jueves 24/9/20

¡Es el fascismo, estúpido!

¡La economía, estúpido! fue un eslogan puesto en marcha por James Carville, asesor de Bill Clinton, durante las elecciones presidenciales estadounidenses de 1992. Indicaba dónde había que hacer hincapié para crear una auténtica alternativa que en realidad se sustanciaba en cambio VS más de lo mismo.” Hoy en nuestro país el eslogan tendría que ser “el fascismo, estúpido,”

La pandemia inacabable, la destrucción de la economía por el virus inoculado en la sociedad como la mantis religiosa inmoviliza a los otros insectos para devorarlos, inyectándoles en las articulaciones un humor anestésico, construyen una crisis total en el contexto de la decadencia del régimen del 78 que hace que ya sea imposible, mediante la apariencia y la propaganda devenida en uniformidad mediática, mantener el autoritarismo estructural del sistema bajo la traza de una democracia a estas alturas degradada en exceso. La profunda crisis del sistema de la Transición es el resultado de su falta de autenticidad que provenía del funambulismo impuesto por el Estado constituido y nunca constituyente de que los intereses de las élites eran una cosa socialmente útil. 

El desprestigio de la monarquía como artilugio que, al margen del escrutinio ciudadano, bloquea el poder arbitral del Estado para mantener los elementos facticos de dominio heredados de la época del caudillaje y la falta de ejemplaridad de unos monarcas que se consideran los albaceas impunes de un poder que no tuvo ninguna refundación constituyente, han llevado a una profunda crisis institucional con todas las excrecencias -corrupción, autoritarismo, demolición de libertades y derechos ciudadanos- de una aguda decadencia de final de ciclo. Toda resistencia institucional de un sistema en evidente degradación no supone sino extender esa agonía que representa intentar mantener un tiempo destinado a pasar. La jefatura del Estado concebida como privilegio y atenta a los intereses propios y a los de las minorías económicas y estamentales que controlan el auténtico poder político, constituyen el dique pensado en la Transición para que la democracia no trascendiera de una mera escenografía.

Como afirma el filósofo holandés Rob Riemen, fundador del Nexus Instituut, es necesario "llamar al fascismo por su nombre"

Ricardo de la Cierva, tan poco sospechoso de veleidades no conservadoras, definía la monarquía de Alfonso XIII como generadora de “un país cuyo staff and line socioeconómico se basaba en el privilegio, en el aprovechamiento de la turbia zona tendida entre lo público y lo privado y –tópico aparte- en las últimas estribaciones del feudalismo.” El parangón con la España de hoy es tan evidente que podría decirse que la historia se ha parado en nuestro país. Como afirma Ulrich Beck, gobernar tiene lugar de forma cada vez más privada y, por ello, al final el poder se sustancia en esas decisiones cuidadosamente dolosas para proteger el error. Un régimen se agota cuando la realidad que enarbola es una mera suplantación. 

De esta forma, los problemas territoriales o sociales son derivados hacia el escenario del orden público al no considerarse expresiones que nacen de la sociedad como resultado de la carencia de un proyecto nacional que trascienda al concepto de país como marca comercial y que acoja la diversidad con naturalidad y no en términos de vencedores y vencidos, o la dramática desigualdad galopante con las minorías del dinero acumulando privilegios mientras las clases populares se ven abocadas a la pobreza y la exclusión. Negado el conflicto, abolido el diálogo, sólo queda la criminalización del malestar de la ciudadanía y sus múltiples expresiones, donde no solamente sea ignorado el sufrimiento humano sino que se conviertan en delito las muestras de desesperación. 

Es un magma donde la derecha opera con un sesgo autoritario de índole fascistoide ya que el sistema lo facilita al estar en el ácido nucleico de su propia etiología histórica. Mientras en los países europeos de nuestro entorno la derecha es absolutamente antifascista, en España, donde el fascismo nunca fue derrotado, tienen los conservadores en el caudillaje sus profundas raíces ideológicas. De ahí  su incapacidad para concebir el formato polémico de la vida pública, la visión del adversario político como delincuente antisistema, el aparatoso concepto de la política como un elemento perturbador del régimen de poder, la negación de la independencia de la justicia instrumentalizándola con objeto partidario. Como afirma el filósofo holandés Rob Riemen, fundador del Nexus Instituut, es necesario "llamar al fascismo por su nombre".

La grave crisis, sanitaria, económica y social, que padece el país se engarza en un régimen en quiebra cuya subsistencia para las élites y las fuerzas conservadoras se fundamenta en reforzar sus resortes autoritarios, bloquear cualquier impulso de regeneración y profundización democrática y hacer sobresalir aquellos elementos  fácticos de dominio introducidos en la Constitución que convierten en escoria conceptual la soberanía del pueblo. En esta ecología política, la izquierda corre el riesgo de transformarse en el joven Werther, pues la tragedia de Werther fue la de no saber encontrar un camino cuando su propia historia le puso ante lo imposible.

¡Es el fascismo, estúpido!