viernes 10.07.2020

Derecha, coronavirus, mentira y reconstrucción

Viñeta de Rafa Maltes
Viñeta de Rafa Maltes

Alguien tan poco sospechoso de abrumar sus meninges con tendencias progresistas o de convicciones propias del rojerío como Emilio Romero, ínclito director falangista del vespertino “Pueblo”, diario de los verticales y fraudulentos sindicatos del caudillismo, afirmó en cierta ocasión que en democracia la derecha tenía siempre la necesidad de mentir mientras la izquierda no. Y justificaba su análisis constatando que la derecha en España defendía los intereses de doscientas familias y tan menguada sociología no daba votos para ganar unas elecciones. Es por ello, que la influencia del conservadurismo nos ha traído perversos períodos de posverdad, confusión dirigida, fake news y otras formas socialmente patológicas de prestigiar la mentira.

Permítame, por tal motivo, amable lector, el comentario de que si usted no forma parte de esas doscientas familias y es partidario de la derecha en las múltiples formas de adhesión o empatía, su persona es víctima de algún tipo de falsedad política. ¿La izquierda no miente? Sí, claro, siempre que hace políticas conservadoras. Este avalorar el espacio posverdadero como instrumento de acción en las bambalina de la vida pública está suponiendo una decadencia moral y una chabacanería del acto político que conducen irreversiblemente a una reconstrucción sistémica cada vez más incardinada al déficit democrático, la alienación sistemática del individuo, el fomento del confusionismo presentado como complejidad de una sociedad avanzada y, en definitiva, la exposición a la ciudadanía de una realidad deformada al igual que el reflejo de un espejo cóncavo de feria.

La mentira conservadora no es ajena a esta pérdida de sentido. Como nos advertía Alfred Adler, una mentira no tendría sentido si la verdad no fuera percibida como peligrosa

La mentira, convertida en política, ensalzada como estrategia ganadora por los ciegos que ignoran, con avaricia, la realidad histórica es la que cava aún más la fosa en la que se va enterrando poco a poco la legitimidad de las instituciones. Precisamente, aquellas que nos salvan de la barbarie. Estrategia falsaria que se acompaña de lo que denunciaba el sociólogo y escritor francés Gilles Lipovetsky: “el agotamiento del debate político ha traído furia y ha traído odio. Una gran carga de odio en muchos discursos políticos”. Porque la derecha siempre es una deconstrucción política al concebir la misma política como un obstáculo formal que impide abrir brechas institucionales para la conquista y el mantenimiento del poder. La actitud conservadora ante la pandemia, obsesionada por derribar al gobierno, sin aportar ninguna solución a tan gravísimo problema que le está constando la vida a muchos ciudadanos, demuestra que una vez a salvo los intereses de esas doscientas familias que son el sujeto histórico conservador, todo lo demás, incluso la vida y el bienestar de la mayoría de los ciudadanos son objeto de la manipuladora posverdad derechista.

Como escribí al principio de la pandemia, el poscoronavirus será como un período de posguerra. Encontraremos sólo escombros. Entonces, ¿qué sentido tendrán todas las excrecencias neoliberales que se ha demostrado en esta crisis y en la de 2008  ser falacias sumarias para imponer el implacable derecho de una minoría a explotar, marginar y depauperar a las mayorías sociales? Sobre todo cuando el coronavirus nos impulsa a repensar el significado de nuestra vida, nuestra forma de estar juntos, los peligros de la globalización, ya que es posible que nos devuelva una normalidad diferente, un renacer distinto,  incluidas las reglas financieras internacionales. El problema es que hemos perdido el sentido del equilibrio entre los diversos componentes de nuestra sociedad. Y la mentira conservadora no es ajena a esta pérdida de sentido. Como nos advertía Alfred Adler, una mentira no tendría sentido si la verdad no fuera percibida como peligrosa.

Derecha, coronavirus, mentira y reconstrucción