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lunes. 26.09.2022

Democracia social y felicidad ciudadana

La verdad, decía Cicerón, se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Sobre todo, esas verdades inconmovibles que cantaba Atahualpa Yupanqui...

La verdad, decía Cicerón, se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Sobre todo, esas verdades inconmovibles que cantaba Atahualpa Yupanqui, aquello de que nadie escupa sangre para que otro viva mejor. Sangre que alimenta a patronos, banqueros, vividores, tesoreros, poderosos, chulos, opresores y un etcétera mucho más largo de lo que quisiéramos. El autoritarismo neoliberal no sólo pretende poner término al Estado de bienestar, sino a la misma democracia. Esa nueva lógica, según Franco Berardi, que se ha instalado en el corazón de la vida europea a partir de la crisis financiera en virtud de la cual la sociedad del viejo continente debe sacrificar su nivel de vida, el sistema de educación pública, las pensiones, su civilización entera para poder pagar las deudas acumuladas por la élite financiera, y que tiene enjundioso correlato en conceptos como la “destrucción creadora” de Schumpeter, o el “Estado mínimo” y la “democracia limitada” de Hayek.

El austriaco Friedrich von Hayek expuso en sus dos principales obras, “Camino de la servidumbre” y “Los fundamentos de la libertad”, sus propuestas ideológicas: desregular, privatizar, limitar la democracia, suprimir subvenciones para viviendas y el control de los alquileres, reducir los gastos de la seguridad social y quebrar el poder de los sindicatos. Hayek consideraba que el “Estado mínimo” permitía escapar al poder de la clase media. La cual, según él, controla el proceso democrático con el fin de obtener la redistribución de las riquezas por medio de la fiscalidad. Asimismo, afirmaba que el Estado no debe garantizar, en nombre de la justicia social, la redistribución de riqueza.

Miltón Friedman fue otro tentáculo ideológico en el que se moldeó la corriente neoliberal que hoy se nos presenta como pensamiento único. Según Friedman la toma del poder (sea por elecciones o por un golpe de Estado) tiene como principal objetivo imponer de modo inmediato cambios económicos radicales, cualquiera que sea el coste social. El propio Milton Friedman viajó a Chile en 1975 y se reunió con el dictador Pinochet. La visita fue un éxito y de inmediato las autoridades chilenas lanzaron la “terapia de shock” que preconizaba Friedman: privatización de empresas del sector público, adopción del librecambio y supresión de las barreras aduaneras, liberalización de los precios de miles de productos, reducción del presupuesto del Estado y despido de miles de funcionarios, autorización a los inversores extranjeros para repatriar la totalidad de sus ganancias, anulación de las leyes que protegían a los trabajadores, “flexibilidad” en el empleo, privatización de los sistemas de salud y jubilaciones, etcétera.

La gran novedad de nuestra época pospolítica, nos advierte  Slavoj Zizek, del “fin de la ideología” es la radical despolitización de la esfera de la economía: el modo en que funciona la economía (la necesidad de reducir el gasto social, etc.) se acepta como una simple imposición del estado objetivo de las cosas. Mientras persista esta esencial despolitización de la esfera económica, sin embargo, cualquier discurso sobre la participación activa de la ciudadanía, sobre el debate público como requisito de la decisión colectiva responsable, etc. Quedará reducida a una cuestión “cultural” en torno a diferencias religiosas, sexuales, étnicas o de estilos de vida y no podrá incidir en las decisiones de largo alcance que nos afectan a todos. La única manera de crear una sociedad en la que las decisiones de alcance y de riesgo sean fruto de un debate público entre todos los interesados, consiste, en definitiva, en una suerte de radical limitación de la libertad del capital, en la subordinación del proceso de producción al control social, es decir, en una radical repolitización de la economía.

Lo que se nos impone no es una economía de mercado, que no existe más allá del artefacto conceptual que nos aliena, sino una sociedad de mercado donde todo, desde la existencia hasta nuestra propia capacidad para sobrevivir se convierten en mercancías. Es por ello que la izquierda debe proclamar y contribuir a que la democracia política desemboque en una democracia social para cumplir con su indeclinable obligación de luchar contra las causas de la infelicidad humana y no conformarse con tener éxito en suprimir sus efectos. 

Democracia social y felicidad ciudadana