domingo 05.04.2020

El coronacapitalismo catastrófico

Después de la epidemia de peste negra que golpeó a Florencia en 1348, Giovanni Boccaccio concibió su obra el Decamerón en la cual  un grupo de diez jóvenes -siete mujeres y tres hombres- huyen de la plaga y se refugian en una villa en las afueras de Florencia donde se dedican a contar historias para no aburrirse. A pesar de las dramáticas circunstancias, para los jóvenes florentinos el mayor problema acabó siendo el hastío. Era posible la evasión, evitar la enfermedad y el deceso mediante la distancia en un mundo donde el miedo aún no estaba globalizado. Ello hacía posible que los protagonistas de la narración boccacciana pudieran ejercer el pensamiento crítico censurando los vicios y corruptelas de la sociedad de su tiempo.

Hoy, sin embargo, parece que la lógica del sistema capitalista demanda como elemento sustantivo de su supervivencia un permanente estado de descomposición. Este ecosistema sustentado en la irracionalidad especulativa se vertebra en la falacia de un mercado como omnipotente tabernáculo que justifica su depredación social en la creación de una crisis continua, de la índole que sea, siempre que convierta el miedo en un efecto crónico al percibirse como un estado permanente en la vida cotidiana, no sólo de los afectados directamente sino por los que conviven y son parte del segmento social donde se inscribe el sujeto.

El miedo no solo como construcción social sino también ideológica, que ha hecho, como afirmó uno de los padres del neoliberalismo, Milton Friedman, que lo políticamente imposible fuera inevitable

La inseguridad y la contingencia son dos factores prevalecientes en la vida cotidiana, desde los virus, hasta perder el trabajo debido a quiebra intempestiva de la empresa o fábrica en donde prestas tus servicios; no sobran los temores infundidos, las noticias de los desastres naturales, los asaltos derivados por la inseguridad pública, el paro, la pobreza o una medida que admite suspensión de las garantías Constitucionales por amenaza de terrorismo; todo es una extensa alfombra de suelo movedizo de angustia invisible o estado endémico similar a latente esquizofrenia dilatada, capaz de convertimos en sujetos plenamente vulnerables, sin sentido del tiempo, porque el mañana no existe y está sujeto a factores incontrolables derivado de la incertidumbre.

La crisis de coronavirus no solamente se está desarrollando bajo la arquitectura de una, hasta ahora, información sanitaria perpleja y reactiva, sino en una atención especial a los mercados y las especulaciones bursátiles como anuncio de que los factores de movilidad financiera beneficiaran a unos pocos y traerán más penuria para la mayoría contando con la resignación del miedo. El miedo no solo como construcción social sino también ideológica, que ha hecho, como afirmó uno de los padres del neoliberalismo, Milton Friedman, que lo políticamente imposible fuera inevitable. No de otra manera puede concebirse que las consecuencias negativas de la aplicación de las políticas neoliberales se hayan considerado como las únicas posibles, incluso por una inane intelectualmente socialdemocracia.

Las reformas laborales encaminadas a debilitar a los sindicatos y facilitar el despido de los trabajadores, así como políticas de austeridad con el intento de disminuir la protección social mediante recortes del gasto público social, los aumentos exponenciales de los beneficios del capital que están basados en una enorme explotación de las clases populares, cuya calidad de vida ha empeorado considerablemente como resultado de la aplicación de esas políticas, Todo ello, que tanto sufrimiento causa, no es posible si antes no se ha instalado la ideología del miedo.

El coronacapitalismo catastrófico