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jueves 19/5/22

La conspiración contra la ciudadanía

Decía Edgar Allan Poe que cuando un loco parece completamente sensato, es ya el momento de ponerle la camisa de fuerza. Hoy la locura triunfante que configura el sentido común hegemónico es la imposición de  una irrazonable política que exige  el sacrificio de los ciudadanos sin que se divisen las orillas del río Jordán, no hay tierra prometida, simplemente porque otro camino distinto al de la pantagruélica rapiña del austericidio y la depauperación de las mayorías sociales es anunciado como un armagedón aún mayor. Los bulímicos intereses de los poderes económicos pintan el mundo cada mañana, como Merlín hacía con su ayudante en la novela de Cunqueiro, del color que más les apetece: el de los abismos crecientes de la desigualdad. Y todo ello con la impunidad ética que nos indicaba el catedrático Manuel Cruz: el discurso conservador siempre ignora el dolor que produce la injusticia.

La socialdemocracia, por su parte, vive la obsesión casi shakesperiana de la alternancia, considerando que un pensamiento no ideológico y sin metafísica basado en la eficacia tecnocrática la convierte en partido de Gobierno mientras que la ideología la coloca en los márgenes del sistema, en un impulso más adaptativo que transformador que, sin embargo, produce una indiferenciación con las fuerzas conservadoras que la aleja de las mayorías sociales. Bauman, el sociólogo de origen polaco recientemente fallecido, afirma que la izquierda ha abandonado a los débiles. Los partidos de izquierdas olvidaron e incluso rechazaron abiertamente los dos principios axiomáticos en los que se basa la crítica izquierdista del statu quo: primero, que la comunidad tiene el deber de asegurar a cualquiera de sus miembros frente a un infortunio individual, y segundo, que la calidad de la sociedad debería medirse, no en función del bienestar medio de sus miembros, sino del de sus partes más débiles.

El filósofo americano Stanley Cavell escribió que la democracia es una cuestión de voz. Se trata de que cada ciudadano pueda reconocer en el discurso colectivo su propia voz en la historia. Sin esto no hay política, sólo gestión, o gobernanza como se dice en los ámbitos económicos y sin política, la democracia no tiene sentido. Ya advirtió Karl Polanyi sobre los riesgos de una sociedad que olvida que los mercados son construcciones humanas; que los humanos no actúan solo en interés propio, porque atienden criterios cooperativos, sentimentales e irracionales; que la economía es una parte no separable de la sociedad y se apoya en mecanismos no económicos. Una sociedad así, “no podrá existir mucho tiempo sin aniquilar la humana y natural sustancia de la sociedad; tendríamos a un hombre físicamente destruido y con su entorno transformado en una selva”.

Por decirlo con palabras de Leibniz, es un escenario donde “todo conspira” contra la ciudadanía. Conspiran los bancos que timan a los ciudadanos con cláusulas abusivas, que han arrojado a las familias a la calle por mandato de unos juzgados que parecían la asesoría jurídica de las entidades financieras, que han contado con la parcialidad del Estado para quien el balance de un banco era más importante que la vida de los ciudadanos, que por sus malas prácticas financieras han tenido que ser rescatados con dinero público, es decir, dinero de los ciudadanos mientras que a éstos se les dejaba a la intemperie. Conspira el oligopolio eléctrico haciendo de lo básico un lujo por su rapiña extractiva y manipuladora. Conspira el Estado con su actitud parcial que desampara a las mayorías cívicas para poner todo su aparato coactivo al servicio de las minorías económicas y estamentales.

Anatole France expresaba la perversa  y falaz actitud del Estado ante el bien público con una esclarecedora ironía: "La ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan." Los segalelianos le gritaban al clero enriquecido: penitenciagite, haced penitencia, arrepentíos; hoy las imprecaciones son dirigidas a las víctimas del pecado. Los poderes económicos nos imponen como inconcusa una realidad en la cual para la mayoría de los ciudadanos el futuro no existe y el presente es un lugar inhóspito. Todo ello para consolidar un sistema económico cuyo oxigeno es la desigualdad, la injusticia, y la demolición de cualquier tipo de instrumento de autodefensa social, incluido el mismo Estado democrático.

La conspiración contra la ciudadanía