viernes 06.12.2019

La cómoda posverdad de Rajoy y las baronías rebeldes del PSOE

Desde la cómoda metafísica de la posverdad, Mariano Rajoy se sitúa en una irreal dialéctica que lo absuelva como el mal menor que aspira a ser. Quien durante largo rato ha estado en el ápice del Partido popular y desde su más tierna mocedad en los engranajes orgánicos conservadores, no sabe ni le consta cómo el partido que dirige es una organización trufada de corruptelas, sobornos, malversaciones y otras lindezas de patio de Monipodio y que gran parte de la gente fina y educada que estuvo bajo sus órdenes juegan al dominó en Alcalá-Meco. Su comparecencia como testigo en la Audiencia Nacional, ha sido un fiel daguerrotipo del armazón decadente del régimen político, con una ubicación privilegiada en la sala para el testigo, un presidente de tribunal parcial y tutelante cuyas preguntas más comprometidas para el testigo consideraba impertinentes y unos medios de comunicación al servicio del poder que trataban como poco noticiosa la presencia de Rajoy ante el tribunal.  El presidente del Gobierno funda su dilatada supervivencia política en la única función de convertirse en un espejo cóncavo de feria que siempre emite una visión distorsionada de la realidad de la que no hay que moverse ni un milímetro y de ahí su parca disposición al diálogo ya que el diálogo abierto supone la aceptación de la autoridad racional, es decir, la premisa de lo discutible, revisable, opinable y el pensamiento autoritario considera toda revisión como una debilidad.

Es un escenario impensable en una auténtica democracia, puesto que los elementos constituyentes del pluralismo están lisiados y malversados  por un régimen que considera su estabilidad no en la salud de la vida pública sino en la imposibilidad de una redistribución del poder real.  Por ello, la ruptura del bipartidismo significó la exigencia de los poderes fácticos de uniformidad política por parte de los diferentes partidos con el fin de que no se quebrara el statu quo heredado de la transición. Es decir una visión unívoca, salvo matices, en los múltiples ámbitos del escenario público, que, más allá de los frontispicios institucionales, significó una mayor pérdida de credibilidad  ante las mayorías sociales y un enviciamiento aún más profundo del sistema.

Los grandes espacios que acota esa exigencia política de uniformidad indiferenciada en todos los órdenes y jurisdicciones insonorizan los ámbitos del malestar ciudadano y el mismo lenguaje metaestatal, el gran complejo de ser “partido de Gobierno”, clausura las capilaridades sociales, existenciales, la vida tal cual es. Resulta un brete tan inextricable como aquel que planteaba Francisco Ayala en un artículo periodístico: después de la muerte de Dios y del diablo ya no hay a quien pedir socorro ni contra quien rebelarse. Esta falta de tensión ideológica, sugiere que los partidos, singularmente de izquierda, se han de convertir organizaciones burocráticas modelo en las cuales los objetivos van amoldándose a las condiciones existentes y a lo que se puede alcanzar en cada caso, careciendo de dominium rerum la capacidad ideológica de transformación y cambio social.

 La militancia del PSOE expresó democráticamente con su voto en las primarias que ese no era el camino, que era necesario cambiar la orientación del partido para que fuera posible cambiar un sistema corrupto, desigual y que trataba de imponer una realidad inexistente pero acomodada a los intereses de unas minorías. Fue la lucha de las bases del partido contra los poderes fácticos, la derecha política y mediática y unas baronías con exceso de ambición personal y poco escrúpulo ideológico. El bochornoso episodio del coup de force del 1 de octubre y la posterior irregularidad de que una gestora redirigiera la posición política del partido, facilitando, entre otras cosas, la permanencia de Rajoy en el poder, cosechó un repudio manifiesto por parte de la militancia y el electorado.

Sin embargo, esas baronías que querían expulsar al PSC y crear un PSOE catalán acusándole de no seguir las directrices de los órganos federales o de no compartir el criterio mayoritario de la organización, hoy sin reconocer la expresión de la militancia y las conclusiones del último congreso federal, mantienen en sus territorios y someten su poder institucional a los propósitos cuyo rechazo por las bases debería haber sido un aldabonazo para desistir de poner al Partido Socialista, una vez más, en los roquedales del abismo. Mantener una permanente división y enfrentamiento en el partido es un mal servicio que se le hace al socialismo y a España, tan necesitada de una auténtica regeneración democrática y moral que sólo desde la izquierda se puede acometer. Mientras tanto, Rajoy seguirá gobernando con esa fuerza que le otorga la debilidad de los demás.

La cómoda posverdad de Rajoy y las baronías rebeldes del PSOE