miércoles 27.05.2020

Borjamari se echa al monte

Los inquilinos del selecto barrio de Salamanca en Madrid se han declarado en rebeldía; blandiendo palos de golf y al grito de “!coletas, cabrón, abre Louis Vuitton!” se muestran indignados contra el gobierno por la prolongación del estado de alarma que tanto está perturbando su vida diaria.

Es penoso el sufrimiento que representa que tengan que quedarse confinados en sus casas de dos millones de euros, abandonar el Maserati en el garaje, no poder salir de compras a las tiendas selectas, ni jugar al golf, ni alternar con sus amistades en el club de campo. El verdadero drama de este episodio es que si lo anterior pudiera parecer una exageración irónica, en realidad no lo es ya que como afirmó Antonio Machado, la mentalidad del señorito en España está vinculada a considerar que la patria son sus intereses y no el bienestar de todas las personas. Es una élite mimada por el caudillismo y que mediante una transición tramposa ha seguido manteniendo sus privilegios y su poder estamental por lo que, lo mismo que en la dictadura, sigue caracterizándose  por un perfil delineado por la insolidaridad, clasismo, prepotencia, frivolidad irresponsable, carencia de valores comunitarios, soberbia de casta intocable o desprecio por las normas.

Están acostumbrados  a que los sacrificios, el esfuerzo, las desgracias la asuman los demás En este sentido, su poder fáctico propicia que sean el sujeto histórico del Estado posfranquista y se practique institucionalmente lo que podríamos denominar la teoría de “Robin Hood al revés”, porque se trata de que los más pobres subsidien a los más ricos.

Toda rebaja fiscal que se hace a los ricos sólo sirve para que los ricos lo sean más y el Estado tenga menos recursos para educación, sanidad, carreteras, y todo aquello que representa el bienestar de los ciudadanos. Esa falta de recursos se compensa, por tanto, rebajando las limitadas rentas de los más pobres y eliminando cualquier tipo de cobertura social que beneficie a los desfavorecidos. Los pobres financian a los ricos. Es la irracionalidad que irónicamente describía Anatole France cuando afirmaba que la ley es igual para todos porque tanto a los ricos como a los pobres les prohibía pedir limosna y vivir debajo de los puentes.

Están tan acostumbrados a que sus privilegios sean intocables y que la desigualdad constituya el instrumento de su poder y la bondad de sus negocios cuyos beneficios se compadecen con el empobrecimiento de las clases populares, de la marginación de amplios sectores sociológicos, de la malnutrición infantil, que ahora también la muerte de miles de personas y de los médicos y sanitarios por atender a los damnificados por el virus y la disciplina y solidaridad del resto de la ciudadanía no sea motivo para que ellos no puedan disfrutar de su vida de lujo. El Estado de la transición impuso como universales, es decir, como generales del país, los minoritarios de una clase insensible a los avatares del resto de la ciudadanía y para los cuales la única nación posible es la que ellos puedan manejar como un cortijo mal administrado. Saben que las crisis, sean de la índole que sean, les beneficia y les hará más poderosos y más ricos. Como élite constituyen una pandemia que desde hace cien años viene asaltando la historia de España.

Borjamari se echa al monte