miércoles 03.06.2020

Abandonar la hipocresía

La sociedad española no puede seguir viviendo en un estado de hipocresía, y nos lo ha venido a recordar el relator especial sobre la pobreza y los derechos humanos de la ONU, Philip Alston, que está visitando país a país para escuchar a quienes viven sin recursos y poner cara a las cifras. Lo primero que nos ha dejado es un mensaje sobre las políticas sociales, al afirmar que es el sistema que los gobiernos adoptan el que causa deliberadamente que muchas personas entren en una situación de extrema pobreza, al bajar impuestos y no hacer nada sobre los derechos a una renta o vivienda digna. Y sigue explicando que las políticas de los últimos diez años han elegido dejar a la gente a su suerte, haciendo al pobre más pobre y al rico más rico. Un sistema fiscal regresivo que ha permitido que el dinero esté en el bolsillo del que más tiene, y que haya menos protección social. Los que vocean lo contrario se engañan ellos mismos.

Para construir estándares aceptables de justicia distributiva es esencial promover una mayor transparencia en la asignación de recursos, porque los procedimientos que están regulando los gastos sociales son muy opacos y no permiten que el colectivo ciudadano pueda controlarlo. Estamos evitando que se puedan debatir, examinar y modificar las políticas antes de aplicarlas, porque uno de los medios para dar acceso a la información, los portales de transparencia, están funcionando como un mecanismo “entubado” para cubrir el expediente del procedimiento administrativo. Esto es: no están funcionando, son un maquillaje para justificar una mal llamada participación. Lo que deberíamos hacer es debatir ampliamente aquellos temas que se consideren más relevantes y que afecten tanto a las decisiones políticas como a las institucionales. No colgar los documentos quince días para cumplir la norma, pues eso es simple burocracia.

Son muchos los estudios que nos señalan que invertir en Educación Infantil, Primaria y Secundaria es lo que mejor corrige las desigualdades en los diferentes orígenes sociales y el gasto más rentable. Pero han levantado la falsa bandera de la libertad de elegir centro educativo y ello ha conducido a la mayor injusticia

Soy consciente de que definir la justicia distributiva no es fácil, pero la hipocresía es el peor camino. Sin duda es un debate poco agitado, porque no se desea que se airee. O bien hay que evitarlo porque molesta, o se hace demagogia con él: por eso es imprescindible que los datos salgan a la luz. Los del Informe FOESSA, por ejemplo, deberían estar más presentes en la mente de muchos antes de tomar decisiones. Sería muy bueno establecer año a año -con indicadores claros- lo que se consigue en este terreno, por más que se tienda a olvidar las obligaciones legales y constitucionales. Porque así se podría acreditar que el mejor bloque constitucionalista es el que mejor aplica las reglas de redistribución, y no los que intentan apropiarse de lo que es de todos, como ha hecho hasta ahora la Derecha con la Constitución.

Por ejemplo, son muchos los estudios que nos señalan que invertir en Educación Infantil, Primaria y Secundaria es lo que mejor corrige las desigualdades en los diferentes orígenes sociales y el gasto más rentable. Pero han levantado la falsa bandera de la libertad de elegir centro educativo y ello ha conducido a la mayor injusticia: con dinero público estamos originando una segregación social difícil de corregir. Con dinero público se ha separado a los niños y niñas según su origen y clase social. Y con ello estamos destruyendo la confianza en el sistema democrático: se requiere una gran transparencia que no practica nuestra administración; estamos en la Era de la Información, como dice el ministro Castells, pero parece que no nos hemos enterado.

Y realmente la cuestión más profunda que nos plantea el informe de Alston es lo que podríamos denominar la transformación social para una sociedad justa. Una sociedad justa tiene que ver mucho con la forma en la que el mundo se está organizando, porque muchas cosas parecen intocables y las hacemos inamovibles, como es el caso de las fronteras. Es una gran paradoja que en un mundo globalizado que se basa en la libre circulación se pueda mover todo -hasta dando facilidades a las mafias con los paraísos fiscales- y el concepto de una frontera justa no llegue a las personas. Parece que el mundo civilizado se ha quedado solo en la economía y en que los más ricos puedan moverse sin controles. O solucionamos estas contradicciones o pronto esta globalización explotará por sus desequilibrios.

La idea de una justicia transnacional y universal es cada vez más relevante en todos los ambientes y en los problemas sociales se está convirtiendo en una clave, de la misma forma que en las cuestiones del cambio climático. Estamos en un momento confuso y contradictorio porque los términos de ayuda y redistribución, unidos al derecho a la libre circulación de personas y los derechos medioambientales, están abordándose con un retraso que está perjudicando la construcción de la nueva sociedad y la política del siglo XXI. Y esto está haciendo fuertes a los que solo pretenden resurgir el conservadurismo del pasado. La mal llamada prudencia política está llevando a la desigualdad en todas sus manifestaciones.

Otro ejemplo es el continente africano. No gastemos recursos públicos en fortalecer las fronteras sino dediquemos esfuerzos en fortalecer unas relaciones abiertas en una visión euroafricana, porque los flujos migratorios no los podremos parar, ni los problemas del calentamiento que afecta a esa Región, mientras seguimos explotando los recursos de esos países. Las últimas décadas de la historia nos han dejado una lección nefasta de cómo hemos consentido un desastre en ese continente.

Para avanzar a una globalización más justa, Piquetty recomienda tener presentes dos objetivos: las normas del comercio y las finanzas, y un nuevo marco de cooperación. No es una utopía: es el desarrollo de una sociedad que camine con la visión puesta en una mejor organización de la economía de este siglo XXI, que resuelva los conflictos, porque vivir de la conflictividad solo es rentable para el que gana. No podemos olvidar que las consecuencias del cortoplacismo político nos pueden llevar al desastre. Y que todas las ideologías que están flotando en este mundo incierto tienen muchísimas debilidades, y los ciudadanos y ciudadanas de esta nueva democracia tienen que asumir que las que más paz social nos traerán son aquellas que den más sentido de justicia distributiva para eliminar las desigualdades. Ya llevamos muchos siglos soportando la hipocresía de una sociedad de clases: ya es hora de iniciar un nuevo camino que desarrolle una verdadera sociedad justa que solucione este desastre.

Abandonar la hipocresía