martes 22.10.2019

¿Es ser desagradable un atributo esencial del ser español?

«Una nación (...) es un grupo de personas unidas por un error compartido sobre su ascendencia y un desagrado compartido hacia sus vecinos».  (Karl Deutsch, citado por Javier López Facal en Breve historia cultural de los nacionalismos europeos)


Elisenda Paluzie Hernández es la presidenta de la Asamblea Nacional Catalana. Según la Wikipedia «es una economista y profesora española» nacida hace casi cincuenta años en Barcelona. Yo desconocía que existiese hasta que hace unos días oí en la radio una grabación sonora tomada de un impertinente micrófono que ella creía apagado a través del cual quedaron registradas para la posteridad estas palabras suyas: «qué desagradable aquella periodista... La morena, la española esta... Qué pesada... No te daré el titular que quieres, borde». La borde periodista española no hizo otra cosa que ejercer su oficio, mediante el cual se hace efectivo el derecho ciudadano a la información recogido en el artículo veinte de nuestra Constitución.

Fue pesada, porque indagaba mediante sus preguntas sobre la intención que inspiraba al sector independentista catalán representado por la señora Paluzie a activar un buscador de empresas comprometidas con la autodeterminación, después de haber llevado a cabo una campaña en toda Cataluña para animar a los catalanes a dar de lado a los que llaman «oligopolios estatales».

A juzgar por las palabras grabadas a esta adalid del derecho de autodeterminación de la nación catalana, que la Wikipedia la presente como una economista y profesora española –palabra esta última en azul que cuando se pincha sale una rutilante bandera constitucional– le tiene que producir a la interfecta el mismo efecto que a la niña de la película de El exorcista los rituales y persistentes rezos del Padre Damien Karras. No es exagerada la analogía, ya que cuando hablamos de nacionalismos estamos hablando más de teología que de política. Dado que la profesora Paluzie es parte de ese ente metafísico-teológico que es la nación catalana, ella no es española. Los españoles, como esa borde reportera,  somos manifestación de una sustancia totalmente distinta. Entonces, podría deducirse –dejándonos llevar por este irresistible divertimento metafísico– que el ser borde es atributo esencial del español, como ser una víctima pacifista del antidemocrático Reino de España lo es del heroico catalán separatista.

Me causa perplejidad constatar que esta señora tiene el suficiente nivel académico como para haber sido decana de la Universidad de Barcelona, que la respalda una formación intelectual en instituciones tan prestigiosas como la London School of Economics, y que sin embargo parezca incapaz de discernir entre lo convencional y lo natural, esos dos ámbitos entre los que se trazó frontera categorial hace ya dos mil quinientos años, cuando aquellos outsiders de la filosofía, los llamados sofistas, tan denostados por  Sócrates y Platón (geniales guardianes de las esencias metafísicas), dejaron claro que la ley natural no es la ley social, en cualquiera de sus versiones, estética, moral o política. Que tras las esencias se disimula en realidad un brumoso mundo de palabras (o al revés). Y, según los retazos que nos quedan de sus pensamientos, fue uno de los más conspicuos sofistas, Gorgias de Leontinos, quien nos advirtió en aquella época dorada de Atenas, la primera democracia,  del inmenso poder de la palabra, a la cual con respecto al alma ponía en parangón con los efectos de los medicamentos sobre los cuerpos.

«Español» y «catalán» son etiquetas para aludir a realidades diversas, complejas, mutables y hasta contradictorias. Con ellas nos referimos a individuos concretos a los que agrupamos dotándoles de una identidad construida en gran medida a partir de elementos ficticios y de narraciones con un alto porcentaje de mito. Por esto la historia es un caballo de batalla de primer orden en la conformación de identidades nacionales. A este respecto me viene a la memoria una magnífica viñeta de El Roto donde la imagen de un hombre tocado de la típica barretina catalana en su cabeza emula la figura icónica del Tío Sam, acompañada del texto siguiente: «historiador, tu patria te necesita». En el caso catalán, precisamente, es muy ilustrativa la conmemoración nacional del once de septiembre con su ofrenda floral al  monumento de Rafael Casanova al que se considera iniciador de la lucha por la independencia de la nación, pero que en verdad comandó ejércitos de distintas partes de España, no sólo de Cataluña, en una guerra de disputa por la corona del reino hispano, no por la independencia frente a él, y que confesaba luchar per la llibertat de tota Espanya. «No nos esforcemos tanto para explicar la complejidad del pasado. A casi nadie le importa. Lo rentable políticamente son los mitos. Los mitos hacen votar. Y enfrentan también a la gente, la llevan a matarse entre sí», advertía el historiador José Álvarez Junco a principios de año en un artículo que tituló La Reconquista. En él denuncia el falseamiento de la historia como elemento común del adoctrinamiento del que se nutren todos los nacionalismos sin excepción.

Como los mitos son eso, mitos, para que tales vaporosas etiquetas tribales adquieran cierto peso de realidad objetiva más allá de la pura sentimentalidad –es decir, del yo me siento  sólo catalán, o catalán y español, o sólo español– está la materialización de la convención mediante la institucionalización, es decir, la creación de una realidad social objetiva en forma de instituciones reconocidas universalmente. De manera que por mucho que la profesora Paluzie se sienta catalana y se perciba como un ente parte de la res o sustancia catalana, objetivamente es española mal que le pese, porque tiene DNI y pasaporte español (a este respecto, resulta patéticamente ejemplar la historia del ínclito President Puigdemont y su pseudocarné catalán).

Los Estados son reales en ese sentido institucional, que es el que verdaderamente les otorga realidad objetiva y que se funda en el reconocimiento universal de su existencia; igual que el dinero, una ficción desde un punto de vista estrictamente material, pero capaz de causar efectos materiales por su realidad institucional. La nación, sin embargo, carece de tal realidad institucional. Esta carencia ontológica trata de suplirse por parte de los nacionalistas, con una absoluta falta de respeto por la verdad, mediante la identificación de algún elemento objetivable, ya sea de carácter natural (rasgos genéticos o fisonómicos singulares), cultural (la lengua distintiva)  o histórico (algún acontecimiento señalado que marca el pasado idiosincrásico y unificador de un pueblo con identidad propia como el ya señalado por la fecha del once de septiembre o «la Reconquista»). Todos estos son rasgos que pueden otorgar un cierto sentido de identidad, eso sí, tribal; pero no valen por sí mismos para armar un Estado. Por eso la  verdad es que la república catalana no existe y el Reino de España, sí.

Sé que estos argumentos y otros que se le pudieran ofrecer en el mismo sentido no cambiarían la postura de la señora Paluzie ni la de los demás de su misma cuerda (todos inmersos en el delirio nacionalista al que ya me he referido en otras ocasiones, como en mi artículo Esbozo del delirio nacionalista, en «Claves de razón práctica», nº 257). Mucho me temo que nos encontramos ante lo que el filósofo José Antonio Marina llama fracaso cognitivo en su libro La inteligencia fracasada, que no es sino un tratado sobre la estupidez humana. No hay que confundir el fracaso cognitivo con el error, que es intrínseco al dinamismo de la inteligencia. Ese dicho de que quien tiene boca se equivoca podría muy bien ser que quien ejercita su inteligencia está expuesto al error. Pero la inteligencia de uno no fracasa si reconoce el error y es consecuente con ese reconocimiento; fracasa cuando se torna ciega al error, es decir –como explica Marina en su libro–, «cuando alguien se empeña en negar una evidencia, cuando nada puede apearle del burro, cuando una creencia resulta invulnerable a la crítica o a los hechos que la contradicen, cuando no se aprende de la experiencia, cuando se convierte en un módulo encapsulado». Los nacionalismos conforman módulos encapsulados que para según qué asuntos predisponen a quienes los profesan al fracaso cognitivo. Tipos de fracaso cognitivo son el prejuicio, la superstición, el dogmatismo y el que por ser condensación de los anteriores es el peor de todos, el fanatismo.

Aquí es donde pasamos de la perplejidad al temor, porque el fanatismo es pura violencia en potencia que únicamente requiere de un cebador para desencadenarse, ya que al blindaje contra las evidencias adversas se añade una defensa de la verdad absoluta y una llamada a la acción. El fanatismo es un peligro frecuente en los ámbitos político y religioso, porque estos últimos comparten una raíz común de naturaleza teológica que conecta las creencias de esas clases con verdades absolutas y trascendentes, tales como Dios, la salvación eterna, la nación, la patria... Todas a salvo del examen racional y la duda metódica en su mundo sutil, ingrávido y gentil, al margen de las evidencias materiales. Uno encontrará así, tanto en el pasado como en el presente, a fanáticos que han matado por creencias políticas y/o religiosas, pero no por teorías filosóficas y/o científicas.

El fanático ve un enemigo en el no creyente en sus doctrinas, lo que le conduce ineluctablemente al sectarismo, porque su mente secciona el mundo en dos: los que creen en la misma verdad que yo y los que no. Así pues, fanatismo y sectarismo van de la mano. Según el psiquiatra Fernando García Delgado, autor de El secuestro de la mente, nuestra psique comparte con la de otras especies animales el instinto de territorialidad. Para los animales territoriales, como nosotros, existe  el territorio propio, distinguible  del resto del espacio. A decir del doctor García Delgado, tal instinto es un programa innato fuertemente establecido que nos hace percibir el territorio propio como un espacio de confianza; lo que queda fuera de él es causa de temor y agresividad, pues es objeto indefectiblemente de desconfianza.

La frontera política que exige el nacionalista en busca de un Estado de su propiedad es trasunto de ese esquema mental que desconfía del espacio que queda fuera del territorio propio, el cual muta en fetiche que encarna la esencia de la nación, el país, los Països Catalans en el caso de la versión más fanática del separatismo catalán. Cuando el territorio propio no coincide con el espacio mental en el que se encuentran los diversos habitantes de ese territorio, se impone una tarea sistemática de adoctrinamiento y de purga que se halla moralmente justificada sin discusión ninguna, pues es deber ineludible  de quien está en posesión de la verdad absoluta implantarla velis nolis; y no puede parar hasta que el país sólo lo constituyan auténticos catalanes, con lo que se habrá alcanzado en la práctica la suprema identidad metafísica entre pueblo y territorio.

En esas estamos en Cataluña, y dentro de estos parámetros hay que valorar episodios como el reciente del linchamiento verbal dirigido contra la alcaldesa Ada Colau cuando no pacta con los independentistas. O el de la campaña pregonada por la profesora y economista española Elisenda Paluzie Hernández a la que nos hemos referido al inicio de este artículo, y que incluye la elaboración de una lista negra de empresas a las que hay que hacerles la vida imposible por anticatalanas (en realidad, supuestamente no favorables a la independencia). Ambas son manifestaciones de ese sectarismo fanático que ha decidido seccionar a la comunidad de quienes conviven en Cataluña (qué lejos queda aquella definición de Jordi Pujol: «es catalán todo aquel que vive y trabaja en Cataluña») e identifica al catalán auténtico con el separatista, quintaesencia de la nación (léase a este respecto el conmovedor artículo de Javier Cercas titulado La gran traición).

Pero, cuidado, porque en este eterno proceso catalán de independencia (esta vez no hemos podido, pero os vais a enterar, porque volveremos a intentarlo hasta la victoria final) se podría muy bien evocar estas palabras atribuidas al ya mencionado Gorgias de Leontinos: «Las victorias sobre enemigos merecen himnos, las de sobre hermanos y amigos, cantos fúnebres». 

¿Es ser desagradable un atributo esencial del ser español?