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lunes. 08.08.2022

De preguntas sin respuestas y respuestas sin preguntas

A finales de los últimos años 80, cuando las grietas del muro de Berlín hacían saltar por los aires la lógica...

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Resulta curioso comprobar cómo la crisis del refranero tradicional es contrarrestada por nuevas frases y aforismos capaces de enriquecer el vasto y contradictorio acervo de la sabiduría popular. A finales de los últimos años 80, cuando las grietas del muro de Berlín hacían saltar por los aires la lógica y el sentido del siglo XX, una de estas sentencias logró plasmar mejor que mil eruditos estudios sociológicos aquel extraño fenómeno que estábamos viviendo. La frase apareció escrita un buen día en un muro de Quito, donde la descubrió Jorge Enrique Adoum. Luego el poeta ecuatoriano se la traspasó a Mario Benedetti que, finalmente, sería el responsable de su divulgación. Se trata de aquella que nos señalaba cómo “cuando teníamos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas”.

El próximo 9 de noviembre se cumplirán 25 años de la caída del muro, un cuarto de siglo durante el que no hemos cejado en encontrar nuevas respuestas. Algo comprensible si pensamos que esta orfandad de contestaciones nos avocó al vértigo del vacío, a la zozobra y la angustia de mantenernos como náufragos en esta nueva realidad líquida, como diría Bauman, impotentes frente a nuestro deseo por alcanzar algún puerto. No en vano, la desesperación es tan grande en esta nueva balsa de Medusa de nuestra cotidianidad, que daríamos cualquier cosa por tocar tierra firme. Aunque para ello tengamos que pagar el precio de alcanzar la costa donde el Cíclope puede devorarnos o la pérfida Circe transformarnos en bestias.

Este anhelo tal vez explique la atracción que ejercen los paradisiacos espacios de las respuestas absolutas, sin importar que las pretendidas soluciones lleguen envueltas en la amargura infinita del horror. Su influjo lo hallamos en la presencia de esas decenas de jóvenes que desde la decadencia de Occidente han acabado encontrando su lugar en el mundo dentro del misticismo milenarista de la yihad, como el australiano Jaled Sharruf, exhibiendo la imagen de su pequeño hijo con la cabeza de un soldado sirio como trofeo. O la negra determinación del anónimo británico que aplicó el cuchillo al cuello del periodista James Foley.

Es la seguridad total que otorga esas respuestas capaces de enmudecer cualquier pregunta, cualquier interrogante que ponga en duda las evidencias. Por eso, a pesar del espanto, nunca dejan de ser atractivas y, sobre todo, útiles este tipo de certezas.  Útil para el iluminado que siega la vida mientras olvida el universalismo de un islam que fue capaz incluso de integrar bajo su protección –aunque con estatus inferior, cierto- a cristianos y judíos. Útil también para la implacable racionalidad de Israel para anegar Palestina en un baño de sangre se siente cómoda con estas verdades. Justificación, en fin, para la lógica de hierro y fuego con que Al Asad asegura el inmovilismo de su régimen.

Y lo mismo ocurre con la zozobra occidental, tan necesitada de argumentos cinematográficos, de buenos y malos, para articular su discurso sobre Oriente Medio. O sobre cualquier otro lugar del planisferio. Como Ucrania. Allí, podemos regresar al territorio tranquilo de las certezas antiguas donde Moscú vuelve a ser un despiadado oso en el que se funden las almas perversas de Stalin y Rasputín. Un reino de manuales olvidados, que no solo acoge a los halcones de Washington, Londres o Berlín, sino que en su orden perfecto es capaz de integrar a ese puñado de españoles que deambulan por Lugansk y Donetsk, entre añoradas consignas del No pasarán y resistencia idealizada de unas lejanas brigadas.

En cualquier caso, no es preciso deambular geografías extrañas para alcanzar el cobijo de cualquier certeza. Por toda Europa, el avance de la extrema derecha se transforma en el símbolo más siniestro de este afán por las respuestas. Alemania, Austria, Grecia, Hungría. En Francia, el Frente Nacional ya supera el 25% de los votos, en Dinamarca el DF tiene el 26%, mientras que en el Reino Unido el UKIP se acerca al 30%. En Croacia, los extremistas del HSP, en coalición con otros grupos de derecha, conquistaban el 41% del electorado. Es el blanco y negro que permite entenderlo todo, sin necesidad de detenerse un instante. Sin necesidad de preguntas estúpidamente empeñadas en la duda.

En otros casos ni siquiera hay que salir del despacho para saberse a salvo de las incertidumbres. No en vano, Paul Krugman no deja de alertarnos frente a esa ciega fe que invade a esos economistas neoliberales, empecinados en repetir las mismas respuestas aunque la realidad se empeñe con igual obstinación en evidenciar la falsedad de sus previsiones. Pronósticos convertidos en recetas, remedios impuestos por gobernantes y ejecutivos financieros con la frialdad de los cirujanos incapaces para aplicar otro tratamiento a nuestras dolencias que no pase por las amputaciones. Tajos quirúrgicos recibidos por alborozo por las selectas clases sociales que, de este modo, se reparten el despojo de nuestros muñones.

Si, teníamos las respuestas y nos cambiaron las preguntas. Y veinticinco años después, por desgracia, parece que seguimos empeñados en agarrarnos al clavo ardiendo de cualquier respuesta. Lo preferimos al desasosiego que nos genera nuestras intuiciones, la sospecha de que tal vez las preguntas acaban siendo más determinantes que las respuestas. Mirar críticamente a nuestro alrededor y preguntarnos: ¿Adónde vamos? Armarse de paciencia y saber que tenemos por delante un largo camino de interrogantes.

De preguntas sin respuestas y respuestas sin preguntas