martes 16.07.2019

Vivir libres trabajando

La mañana del 22 de noviembre de 1831, los trabajadores de Lyon escriben en su bandera “Vivir libres trabajando o morir combatiendo” y se encaminan andando hacia el centro de la ciudad. Mientras, el general Roguet emplaza sus piezas de artillería, por si los cañones hicieran falta para detener la marcha obrera.

El choque se produce y estalla la insurrección. Esa noche, miles de obreros, con las armas tomadas a los soldados, ocupan la ciudad tras la retirada del ejército, pero no hay venganzas ni saqueos, pues los trabajadores se muestran valientes en el combate y “generosos en la victoria”, según cuenta un cronista de la época, “cuando caen sus enemigos, toman sus armas, pero no causan ningún mal a los heridos…”

El origen de la insurrección es el malestar de los obreros por las condiciones de trabajo que deben soportar, acentuado por los efectos de la crisis económica iniciada en 1825, que también ha provocado las Tres Gloriosas Jornadas de Julio, comenzadas a partir de la huelga de los obreros textiles en Ruán, el 27 de agosto de 1830, solicitando la jornada laboral de 12 horas diarias y que las empresas no puedan establecer reglamentos de taller sin intervención de la autoridad.

Como los de Ruán, los obreros de Lyon, que trabajan entre 15 y 17 horas al día, según los gremios, solicitan la jornada laboral de 12 horas y modificar los durísimos reglamentos de los talleres.

Con estos sucesos, junto con el movimiento cartista en Inglaterra, comienza en la Europa contemporánea la lucha de clases moderna, expresada en la oposición entre el capital y el trabajo, que, tras la revolución industrial y el progresivo desarrollo de la producción de mercancías a gran escala, marca la escisión social fundamental en las opulentas sociedades industriales, en las que el origen de la riqueza surgida de la producción es, a la vez, el origen de la desigualdad por la desequilibrada distribución de sus resultados, donde la avaricia se opone con fiereza a la justicia y se antepone el beneficio empresarial a la justa remuneración del trabajo. Este es el abismo que recorre la sociedad moderna, que acompaña a la producción capitalista como si fuera su sombra, y la lucha por aumentar, a favor del capital, o reducir en favor del trabajo este abismo, ha marcado desde hace casi dos siglos la historia del Europa y de otros lugares del mundo a donde se ha extendido este modo de producir, de comerciar, de consumir, de vivir.

El día 1 de Mayo, instituido en recuerdo de los mártires de Chicago de 1886, sigue siendo, pese a todo, el día de los explotados, de los oprimidos, de los humillados, pues no hay explotación, apropiación de los frutos del trabajo ajeno ni coacción política o económica sin humillación.

El día 1 de Mayo sigue siendo, pese a todo y mientras persista el capitalismo, el día de reclamar la dignidad del trabajo, la justa remuneración, las condiciones laborales adecuadas, la jornada laboral compatible con la vida familiar y social, la salubridad en el puesto de trabajo, la garantía en el empleo, el subsidio de paro general por tiempo indefinido y las pensiones de jubilación que no sean una aleatoria limosna y a la vez una estafa a todo lo contribuido, que hoy parecen quimeras salidas de la pluma de Charles Fourier, de Feargus O’Connor, de Flora Tristán o de Robert Owen, más que derechos una y otra vez conquistados y una y otra vez perdidos o arrebatados.   

Han pasado 185 años de los sucesos de Lyon y hoy parece una utopía aquella reclamación. Pero el deseo de “vivir libres trabajando”, ¿es pedir mucho? Quizá demasiado, cuando gobierna en España la derecha neofranquista. Parece que en esto también estamos volviendo al origen.

Vivir libres trabajando