domingo. 21.07.2024

Sorprendente unanimidad

¿Dónde está el origen de la unanimidad? Pues, muy sencillo: en el diagnóstico, que casi todos comparten. El Rey señaló en su discurso algunos de los graves problemas del país...

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El Rey señaló en su discurso algunos de los graves problemas del país, con lo cual mostró dos cosas: una, que está al día, por lo menos a grandes rasgos, de la marcha el país, lo cual es de agradecer aunque sea parte de su trabajo, y dos, que sabe cómo ganarse a la audiencia con un poco de populismo; regio populismo, claro está

Razón tenía el mensaje de “Palinuro” de esta madrugada al sorprenderse por la unanimidad que había suscitado el discurso del Rey, el día de Nochebuena, en la prensa y en los partidos políticos. Era de esperar en los grandes medios de información y en los dos grandes partidos dinásticos, el PP y el PSOE, y también en casi todos los demás, no tanto en Podemos, que en breve nota matizaba sus diferencias. La saludable excepción fue Izquierda Unida, pues para Cayo Lara el discurso fue decepcionante y continuista.  

¿Dónde está el origen de la unanimidad? Pues, muy sencillo: en el diagnóstico, que casi todos comparten. El Rey señaló en su discurso algunos de los graves problemas del país, con lo cual mostró dos cosas: una, que está al día, por lo menos a grandes rasgos, de la marcha el país, lo cual es de agradecer aunque sea parte de su trabajo, y dos, que sabe cómo ganarse a la audiencia con un poco de populismo; regio populismo, claro está.

En el rápido diagnóstico que el Rey hizo de la situación, se olvidó de citar un factor tan importante en la situación como el papel jugado por la Casa Real en la crisis del vigente régimen político y en la desafección de la ciudadanía respecto a las instituciones. Por un lado, por la lejanía mostrada respecto a la difícil vida cotidiana de la gente corriente, en esta etapa de crisis económica, y por otro, porque está tocada por una corrupción, que, por el rango y la función de la Casa Real y por la magnitud de las cifras y la organización de la trama, es difícil de equipar con otras, de las muchas y muy graves que hay en el país. En lo que respecta al cumplimiento de la ley, lo que acontece en la Jefatura del Estado y en sus inmediatos aledaños debería desempeñar una función ejemplar. Pero volvamos a las causas del éxito del discurso real.

Hacer un diagnóstico de algunos graves problemas, o incluso de los principales problemas del país, no implica compartir ni las causas ni los posibles remedios. Las diferencias podrían venir al señalar los distintos grados de responsabilidad en lo ocurrido, que en el caso de la crisis se atribuye en exclusiva a la inmoderada pretensión de los ciudadanos de vivir por encima de sus posibilidades, o en el dictamen sobre un modelo económico que se ha mostrado incapaz de ofrecer  empleo, es decir una forma estable de vivir, a la población carente de otras rentas y propiedades; quizá también podría haber desacuerdos en el dictamen sobre un sistema financiero excesivamente orientado hacia la especulación.

De mismo modo, podrían surgir discrepancias al señalar unos u otros factores en el deterioro de las instituciones y la vida pública, pero no había en el discurso regio mayor concreción. Tampoco la había al señalar las líneas de actuación, las prioridades, los frentes de atención preferente; simplemente se enunciaban y se instaba a todo el mundo a ponerse manos a la obra para llevarlas a cabo según el albedrío y el empeño de cada cual.

Tampoco los corruptos se prestarán a luchar contra la corrupción, ni muchos de los que tienen puestos sus intereses en la continuidad del sistema aceptarán reformarlo por leve que sea la reforma

Instar a todo el país sin distinción -gobernantes y gobernados, empresarios y trabajadores, dirigentes y dirigidos, rentistas y asalariados, oligarcas y marginados, empleados y parados, hombres y mujeres, honrados y corruptos, ricos y pobres, centralistas y periféricos, creyentes y descreídos, instalados y marginados, etc, etc-, sirve de poco, pues hay personas y grupos que no apoyarán jamás esa intención correctora, porque, tal como van las cosas, les ha ido y les va bien; tampoco los corruptos se prestarán a luchar contra la corrupción, ni muchos de los que tienen puestos sus intereses en la continuidad del sistema aceptarán reformarlo por leve que sea la reforma.

No es esa la función de la Corona, argüirán los monárquicos, porque en las modernas monarquías parlamentarias, el Rey reina, pero no gobierna. Ni, por lo visto, tampoco orienta, así que su existencia se revela de escasa utilidad. Tan escasa, que los discursos de la Corona son acordados con el Gobierno de turno, con lo cual cabe preguntar por la verdadera función de una institución, que, al tener un origen y una legitimidad que desbordan el marco del juego democrático, podría ser más independiente en sus opiniones.

Resulta, entonces, que la Corona es otra institución sometida al Ejecutivo, con lo cual la independencia del Jefe del Estado puede ser tan ficticia como la del Presidente del Tribunal Supremo, el Fiscal General del Estado, el director General de Televisión Española, el Presidente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores o el gobernador del Banco de España. Concentración de poder que es una de las causas de nuestros males.   

Sorprendente unanimidad