Ha sucedido lo improbable, lo imprevisible, lo indeseable; la persona menos indicada para gobernar un pueblo pequeño ha llegado a la presidencia del país más poderoso del mundo.

Millones de estadounidenses y millones de personas que no lo son, se preguntan cómo ha podido suceder.

Hay, evidentemente, muchos factores que han influido, pero uno de ellos es el complejo, injusto y anticuado sistema electoral que ha permitido que Donald Trump, con 62.980.000 votos populares y 304 votos electorales recibidos, 241 diputados en la Cámara de Representantes y 52 senadores, resultase vencedor en las elecciones de noviembre, mientras Hillary Clinton perdió con más votos populares, 65.845.000 (6,5 millones menos que Obama), pero menos votos electorales (227), y obtuvo 194 representantes y 46 senadores. La participación fue del 55,4% (desde 1972 no ha sobrepasado el 60%).

Trump, un magnate, es un personaje socialmente atípico, que está muy lejos del ciudadano medio norteamericano y aún lo está más de esas clases humildes que él se jacta de defender.

Representa el triunfo del hombre blanco, podría decirse que del hombre blanco, rico, individualista y arrogante, además de misógino, racista, xenófobo y faltón, pero, sobre todo, el éxito del oportunista, que nada respeta con tal de vencer..

Llega desde fuera del ámbito político, de la élite política denostada por él y, avalado por su experiencia personal en el sector inmobiliario, una jungla particular dentro de la ley de la selva del capitalismo, ha mostrado que en su concepción de la política todo vale para ganar.

Su nula experiencia política y su soberbia le llevan a creer que puede gobernar un país como si fuera una empresa, pero una empresa que puede quebrar (tiene varias quiebras en su haber), y que además no paga impuestos (ha afirmado que los piensa bajar). Este es el experimental modelo que aguarda a los norteamericanos (y al resto del mundo).

Trump percibe el declive económico y político norteamericano y la configuración un orden internacional distinto, surgido de la progresiva ruptura de la bipolaridad de la segunda postguerra y de la emergencia de nuevos y potentes actores políticos, económicos y sociales. Pero en vez de admitir que tal configuración no puede estar dirigida sólo por hombres blancos y occidentales y que los tratados multilaterales son imprescindibles para atender a desafíos que ya son mundiales, entre ellos el cambio climático, el modelo energético o el desplazamiento de millones de personas fuera de su tierra y de su hogar, Trump sueña con restaurar la hegemonía industrial y militar de Estados Unidos de los años cincuenta y, paradójicamente, regresar al aislamiento. Aislamiento respecto al exterior y depuración racial interior parecen ser los ejes de su agenda política.

Ha vuelto a poner al día la posición de G. Bush jr. y los neocons de no respetar las instituciones internacionales (“Gracias a Dios, la ONU ha muerto”, afirmaba Richard Perle en 2003) para poder actuar soberanamente y establecer tratados bilaterales desde una posición de fuerza y, a la vez, rearmarse aumentando el presupuesto del Pentágono.

Afirma que quiere hacer unos Estados Unidos más grandes que nunca, pero, en la práctica, su orientación política es la contraria, pues concibe un país más pequeño y cerrado sobre sí mismo, como un fortín de verdaderos rostros pálidos -“Fort Trump”-, acorralado por un tropel de demócratas, progresistas, mejicanos, feministas, soldados veteranos, negros, hispanos, inmigrantes, agentes del FBI, musulmanes, minusválidos, funcionarios, ecologistas, pacifistas, beneficiarios del Obamacare, empresarios desindustrializadores, yihadistas, periodistas, artistas de Hollywood y burócratas de Washington, seguidos por el resto del mundo, menos Putin, Orban, Farage y Marine Le Pen.

El nuevo mandatario del país aún más poderoso del planeta percibe el orden internacional con los infantiles ojos de un lector de tebeos, seducido por un híbrido personaje formado por Astérix, Superman y el general Custer.