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miércoles. 28.09.2022

El apestado

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Rajoy no tiene la mayoría suficiente para gobernar, pero tampoco es capaz de sumar otros apoyos, es un hombre que recibe muestras de lealtad sin condiciones, pero que es incapaz de ganar aliados

Rechazada en la primera votación, por 180 votos contra 170, la investidura de Mariano Rajoy como presidente del Gobierno, es de prever que también sea rechazada en la segunda. 

Este solemne repudio no es nuevo, pues, desde hace tiempo, los propios dirigentes del PP constatan y se asombran de la resistencia de otros partidos a prestarles apoyo. Aducen en su favor que en otros países hay relaciones fluidas entre los partidos y pactos incluso entre la izquierda y la derecha, mientras en España eso es no posible. Pero hay razones que explican este aislamiento. 

En primer lugar, razones remotas, que residen en el origen del Partido Popular, fundado como Alianza Popular por seis ministros de la dictadura, refundado en 1989 y dirigido por José María Aznar, hijo y nieto de reconocidos franquistas. Así que no es difícil imaginar el trato que, en Europa, dispensarían las fuerzas democráticas a partidos que hubieran sido fundados por seis ministros de Hitler, de Mussolini o de Antonescu, y más si persistían en defender la vida y la obra de sus fundadores, tal como ocurre en el Partido Popular con la figura de Franco, el golpe de estado de julio de 1936, la guerra civil y los años de la dictadura.

En segundo lugar, porque el Partido Popular, nutrido por personas con notorios vínculos con el régimen de Franco, representa un franquismo sociológico que se realimenta y además está penetrado por resabios de la dictadura, lo que explica tanto la crispada actitud de sus diputados en la oposición, comportándose como una gavilla de falangistas, como su estilo de gobernar (opaco, autoritario, con desprecio de los adversarios, eludiendo el debate, rechazando las críticas, disponiendo a su gusto de fondos públicos, instrumentalizando las instituciones, negándose a rendir cuentas y actuando como oposición de la oposición).   

Ciudadanos, al que se la ha mordido en el debate de investidura. Ha cultivado con altivez el aislamiento y aislado está

En tercer lugar, por lo realizado por Rajoy a lo largo de estos cinco años de mandato, que no se reduce a las grandes cifras económicas que él facilita. Pero incluso sobre eso se podría negociar, no cambiar radicalmente la orientación de la política aplicada hasta ahora, dada la correlación de fuerzas, pero hay aspectos de un programa político que son matizables o reversibles, al menos en parte, al cambiar las prioridades, los grados y los plazos de ejecución.

En cuarto lugar está la corrupción. Un grave problema nacional y uno de los factores que más pesan en las causas de la desafección ciudadana hacia la clase política, pero en el Partido Popular, salpicado de casos de corrupción en todos los niveles de la administración pública (nacional, autonómica, insular o local) y en su administración privada no se percibe voluntad alguna de ponerle fin, sino sólo de paliar sus efectos negativos mediante la opacidad, el disimulo, la propaganda y la obstrucción a la acción de la justicia. 

No puede hablarse de regeneración política sin que haya gestos en la dirección nacional del PP que muestren la intención de limpiar los establos de Augias en que se ha convertido el Partido, razón por la cual no es creíble que Rajoy pueda estar al frente de la regeneración por muchos votos que haya obtenido. Antes que ser demócratas o alardear de ello, hay que ser honrados y parecerlo. Sobre la continua perpetración de delitos y la protección de los delincuentes no se puede negociar.

Y finalmente están las propias características del personaje, que hacen de Rajoy un sujeto muy poco preparado para la actividad política democrática, que exige debate y negociación, pues viene de una escuela autoritaria, tanto por el origen teórico e ideológico en el franquismo, como por los hábitos de un partido donde imperan el cesarismo y la adulación, el ordeno y mando, la lealtad sin fisuras, el silencio cómplice y la designación a dedo. A las que se añaden las propias de Rajoy: demorar las decisiones, esconderse, no dar la cara ni exponerse a las críticas, mentir con frialdad, dejar pudrir las cosas y maniobrar con astucia (la última es el truquito de las elecciones el día de Navidad, en un país católico). 

En resumen: Rajoy no tiene la mayoría suficiente para gobernar, pero tampoco es capaz de sumar otros apoyos, es un hombre que recibe muestras de lealtad sin condiciones, pero que es incapaz de ganar aliados. No ha tendido la mano a nadie, ni a su más reciente aliado, Ciudadanos, al que se la ha mordido en el debate de investidura. Ha cultivado con altivez el aislamiento y aislado está.

El apestado