sábado 04.04.2020

Coronavirus: una crisis que debe cambiar nuestra sociedad

Existe la sensación de que hasta apenas unos días la población de este país (ponga aquí cada cual lo que desee), no había tomado conciencia de la gravedad de la pandemia de coronavirus que asola el mundo.

Hay teorías que lo achacan al carácter propio de los latinos; así italianos, españoles, sudamericanos, somos muy dados a ignorar el peligro y con costumbres de proximidad personal y vivencia al aire libre que no se dan en otros lugares, que favorecen la expansión de este virus.

Puede ser que esta crisis, además de pillarnos desprevenidos, haya puesto de relieve lo mejor y lo peor del ser humano.

Habrá un antes y un después del COVID 19, en lo sanitario, en lo político, en la estructura industrial y económica y lo que debería ser más importante, en el comportamiento social e individual

Así hemos apreciado la inmensa labor solidaria de un personal sanitario, cuyo esfuerzo resulta difícil de compensar, más allá de nuestro agradecimiento expresado gráficamente en los sonoros y colectivos aplausos, que cada tarde resuenan en las calles de nuestros pueblos y ciudades.

Quizás ese esfuerzo, en muchos casos sobrehumano, sea el elemento más positivo que podemos sacar de estas semanas, aunque también han aparecido comportamientos que sacan a la luz lo peor de nosotros mismos.

Comenzando por actitudes irresponsables de quienes, y son muchos, no tomaron en serio el peligro que autoridades, médicos y científicos estaban trasladando desde los diferentes medios de comunicación.

La salida en manada desde Madrid, epicentro de la epidemia, de miles de ciudadanos que interpretaron las medidas que se comenzaban a tomar como unas vacaciones en las costas, probablemente haya permitido que el virus se haya extendido con una mayor facilidad precisamente en esos lugares.

¿Se tenía que haber cerrado Madrid antes? ¿Se tenía más allá en el tiempo que haber cerrado la comunicación con Italia? ¿Y con China?

Probablemente, pero no sirve de nada planteárselo a “balón pasado”, salvo para que tomemos nota de lo errado y poder corregirlo en el futuro.

Tampoco fue demasiado edificante observar el viernes pasado los bares de mi pueblo llenos hasta los topes, o cuadrillas de jóvenes en manada aprovechando las “vacaciones” en colegios e institutos.

Les comenté a un grupo de ellos que no deberían estar por la calle en grupo. La respuesta fue indicativo que su irresponsabilidad: “no nos importa contagiarnos”. Vale, se puede tener comportamientos suicidas propios de la edad, pero el problema chaval es que con tu insensatez me pones en peligro  a mí que pertenezco a un grupo vulnerable. Es mejor no contar su respuesta.

Hoy las cosas han cambiado de forma radical, quizás porque las diferentes intervenciones del Presidente del Gobierno hayan metido el miedo al común de los mortales. Miedo al contagio que no a contagiar, pero especialmente miedo a las consecuencias de infringir las normas.

El caso es que ahora domina el silencio, la ausencia de esa tortura que significa el ruido. Las manadas ruidosas de niños y jóvenes han desaparecido, al igual que se han vaciado bares, playas, lugares de ocio, calles de coches, incluso en algunos lugares las fábricas.

Como consecuencia además de la casi desaparición del molesto ruido, la disminución de contaminación atmosférica en todo el planeta, la ausencia de gamberros británicos por las calles de Mallorca, más un elemento importante, la sanidad pública, ejemplar durante estas semanas, ha absorbido, como debe ser, la privada.

¿Cuánto de responsabilidad en lo ocurrido en Madrid ha tenido el trasvase erróneo de lo público hacia lo privado?

Al hilo de eso una reflexión; podría ocurrir que el próximo foco de la epidemia aparezca en EEUU con una sanidad pública muy debilitada y en algunos segmentos de la sociedad inexistente.

Gentes que aquí al manifestarse los primeros síntomas recurren a la red sanitaria allí no pueden al carecer de prestaciones, lo que puede estar dando lugar a una extensión silenciosa pero brutal. Paradojas de la vida, es probable que las medidas restrictivas tomadas por Trump nos hayan hecho un favor.

Por último también la globalización se va a poner en entredicho después de esta tempestad. Que existan fábricas paralizadas por falta de piezas fundamentales en la cadena de fabricación, al haber primado el abaratamiento de los precios a la distancia de los lugares donde están los proveedores, debe cuestionar ese sistema.

Quizás el futuro pase justo por lo contrario, que por ejemplo la VW tenga sus suministradores esenciales en el polígono de Landaben de Pamplona aunque resulten más costosos y no en China siendo más baratos.

En el aspecto político igualmente luces y sombras, algunas negras, negrísimas.

El comportamiento de Pablo Casado líder del PP ha distado mucho de ser el que esta situación límite necesita. Lejos de adoptar posiciones generosas de estadista al que lo que le importa es la situación del país y la salud de su ciudadanía, ha caminado por veredas partidistas y electoralistas intentando sacar un rédito espurio a las dificultades del gobierno.

Probablemente Pedro Sánchez y su gobierno hayan cometido errores. ¿Quién en esta situación límite no los cometería? Quizás jamás se debió permitir las manifestaciones del 8M, o se debió cerrar Madrid a cal y canto al detectarse el incremento exponencial de los casos de coronavirus.

No se hizo, pero ahora no toca echar en cara, toca remar todos con el máximo esfuerzo en la misma dirección, para salir con la mayor rapidez de la tormenta perfecta en la que estamos sumidos.

Mención aparte merece el diferente comportamiento de los dirigentes de Euskadi y Catalunya.

Mientras Íñigo Urkullu desde la crítica responsable a la declaración de Estado de Alarma ha adoptado una posición de colaboración institucional, Quim Torra de una manera oportunista ha intentado aprovechar la grave situación para insistir en sus imposibles demandas.

El tuit, posteriormente eliminado, de la ahora eurodiputada de Junts per Catalunya, Clara Ponsatí indicando “De Madrid al cielo” demuestra una vez más la deriva de un sector del independentismo que aún no se ha enterado de que el coronavirus afecta a toda la población, piense lo que piense, independentista o no, catalana, andaluza, o navarra.

Todo lo que está mal es propenso a empeorar y el binomio coronavirus-conflicto catalán no va a ser una excepción. Si ciertos políticos, entre los que se encuentran paradójicamente gentes tan diversas como Casado, Abascal, o Puigdemont, se dedican a ziriquear en lugar de ayudar cada vez lo tendremos más complicado.

Como resumen final habrá por tanto un antes y un después del COVID19, en lo sanitario, en lo político, en la estructura industrial y económica y lo que debería ser más importante, en el comportamiento social e individual.

¿El mundo sin ruidos, sin contaminación, con políticos estadistas, sin jóvenes o turistas irresponsables, con proximidad de los suministros, sanidad pública más potente, comportamientos más solidaros y colectivos, las madres y padres dedicados al cuidado y educación solidaria de sus hijos, etc. debería ser el futuro?

Probablemente sí, sería lo que de bueno nos deje esta pandemia. Al menos deberíamos reflexionar sobre ello. Veremos...

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