lunes 16.09.2019

Me avergüenza pertenecer al primer mundo

Lo que está ocurriendo con el Open Arms o con menor eco informativo en el Ocean Viking, debe hacernos sentir vergüenza a todas las personas de bien del mal llamado primer mundo.

No es la primera vez que pasa y tampoco será la última, porque queramoslo o no África se desangra con guerras, hambre y enfermedades y esta sociedad de consumo cruel, este capitalismo salvaje, les ha inundado de televisiones por las que observan nuestro modo de vida.

¿Cómo no van a intentar llegar a nuestros países, si les mostramos impúdicamente de manera constante, las diferentes maneras de vida que existen aquí y allí?

¿Ahora pretendemos de manera cruel que no vengan a nuestros países?

¿Cómo no, si observan por esas pantallas que aquí no existe hambre, aunque ignoren que es una visión perversa, porque realmente también aquí existe miseria pero no se la mostramos?

¿Cómo no, si les mostramos que no hay peligro de guerras, o que las enfermedades se curan?

En definitiva después de haber esquilmado ese continente llevándonos sus riquezas de petróleo, diamantes y piedras preciosas, o en los últimos tiempos el deseado coltán básico para los móviles que utilizamos a diario, ahora pretendemos abandonarles a su suerte.

Después de haberles asolado con guerras que hemos exportado, o enfermedades como el SIDA o el cólera, sin permitirles que puedan curarlas con campañas para el uso del preservativo, o medicamentos genéricos.

¿Ahora pretendemos de manera cruel que no vengan a nuestros países?

Por eso el Mediterráneo, para nuestra vergüenza, se ha convertido en la mayor fosa común del mundo, en un cementerio inmoral.

Pero no queremos verlo, preferimos ignorar esa huida en masa. Metemos la cabeza bajo el ala para evitar culpabilizarnos.

Pero lamentablemente para nuestros egoístas intereses existen una serie de personas altruistas y generosas, que han dedicado su vida y sus ahorros en fletar barcos que se dedican a salvar vidas en ese Mediterráneo cruel y así mostrarnos esa realidad que no queremos ver.

En ese mismo mar que millones de ciudadanos de nuestro mundo emplean para sus baños y juegos, mueren personas cada día, y serían muchas más si no fuera por ellos. Si cada uno de esos bañistas veraniegos dedicara un pensamiento a esto, si a la hora de refrescarse u observarle plácidamente desde nuestras hamacas y chiringuitos lo hiciéramos, probablemente este problema no existiría.

Pero lamentablemente no es así, aunque machaconamente cada vez que encendamos nuestro televisor en los diferentes telediarios, nos sacuden bofetadas a nuestra conciencia a través de las imágenes de lo que se está viviendo ahora en el Open Arms.

¿Cuántos los apagamos o miramos hacia otro lado evitando enfrentarnos de cara a ese genocidio? Y así nos convertimos en cómplices de los Salvini de turno.

Porque Salvini es un producto de nuestro mundo, por dos razones; porque lo hace al pensar, probablemente de manera acertada, que eso le trae réditos electorales y además no siente la presión externa ni interna para impedírselo.

¿Cuántas concentraciones o manifestaciones se han hecho en embajadas o consulados italianos estos días? ¿Cuántas en las calles de Roma o Turín? ¿Dónde está el clamor popular europeo protestando por esa inmoralidad? ¿Dónde está la izquierda en esta crisis? ¿Dónde esa la Unión Europea de los derechos sociales y la solidaridad?

Salvini lo hace porque todos y cada uno de nosotros se lo permitimos. Porque nuestra conciencia ética u moral está anestesiada, quizás porque también temamos que esa “invasión” ponga en peligro nuestros privilegios.

Si esa presión de la calle, de los gobiernos, de la izquierda, de la UE se produjera, el Open Arms no estaría pasando esa pesadilla. Si en Italia funcionaras las instituciones de manera democrática no pasaría. Si la justicia estuviera por encima de su inhumanidad tampoco.

No me imagino en el lugar de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias bañándose en sus piscinas o tomando el sol, correteando, o paseando por Doñana y Galapagar, mientras ese cruel sufrimiento invade los pocos metros cuadrados de esos barcos. No me imagino su silencio e inacción; no me lo quiero imaginar.

Porque en el instante que escribo estas líneas ese lugar es una bomba de relojería. Más de cien personas, sí, sí, más de cien humanos como tú lector o como yo están a punto de tomar una decisión desesperada.

¿Se les puede tener días y días viendo desde su popa y proa la tierra prometida a unos pocos metros sin que la tomen?

Esto puede acabar en tragedia, el capitán lo lleva advirtiendo en los últimos días. Que en un gesto de desesperación pueden echarse al mar intentando llegar hasta la costa y morir 80 o 90 en el intento.

¿Quién sería el responsable¿ ¿Salvini? ¿El gobierno italiano, el resto de los gobiernos de la UE? ¿O tú, yo?

Probablemente todos...

Me avergüenza pertenecer al primer mundo