viernes 27/11/20

Primerizos y continuistas

Las elecciones presidenciales de los EEUU superan a todas las anteriores en la emoción previa, alentada por la exageración que encarna Donald Trump. Nunca un candidato de este siglo se mostró abiertamente racista, machista, y mussoliniano… Y ello le dio réditos para saborear el trono norteamericano. Entre todos sus méritos sin duda destaca especialmente causar más temores que George Bush. 

En 2008 muchos pensábamos que nada podría resultar peor que la administración del ex gobernador de Texas. Firme defensor de la pena de muerte, George Bush no pestañeó a la hora de provocar el peor de todos los desastres del S.XXI: la Guerra de Iraq. Al drama de los más de 150.000 muertos fruto de la intervención apoyada por José María Aznar y Tony Blair, le siguieron la aparición de grupos terroristas como ISIS. 

El eficiente sistema estadounidense, no evitó que Bush junior llegara por fraude al trono americano:  el segundo envite en  2004 lo ganó por estrecha diferencia ante John Kerry; pero sin la gloria en el segundo mandato. El rojo fulgor de los cohetes y bombas estallaron en el aire… y en las manos del 43 presidente con la Gran Recesión. 

El desastre de Bush sólo sirvió como triste consuelo para quienes se ilusionaron especialmente con la llegada del presidente más carismático del siglo XXI. Primerizo, no sólo por negro, también por el impacto en el nuevo discurso y convertirse en el máximo pionero en dar la importancia que se merecen a las redes sociales. Consiguió el Nobel de la Paz, los meses previos a mandar asesinar: algo inevitable cuando se gobiernan los EEUU. Tanto o más como el espectáculo. La muerte de Osama Bin Laden fue aplaudida en los abarrotados estadios como si del Circo Romano se tratase.

En la administración del 44 presidente se bombardeó Libia sin perdón ni descanso. Sólo el escarnio televisado en directo del Muamar El Gaddafi pudo acercarse al horror de Sirte convertida en un solar. Con menos pomposidad los EEUU también se involucraron en la guerra civil de Siria, y en otros conflictos. Más pronto que tarde se sabrá el papel de los norteamericanos en el golpe fallido a Erdogan, así como en el resto de espacios donde las cámaras no enfocan. 

El caso es que gane Clinton, o Donald Trump compartirán sus papeles de primerizos. Adjetivo manido en la política estadounidense. Hillary aspira a convertirse en presidenta, y de un plumazo abolir temporalmente la figura de primera dama. Por su parte el outsider más republicano de la historia quiere reforzar a su manera la narrativa  del sueño americano, y de paso alterar levemente el bipartidismo a la estadounidense. 

Ambas futuras administraciones resultarán continuistas. No peligrará el acercamiento a Cuba, e Irán; tampoco el pilotaje norteamericano de la OTAN. Seguirá la estrategia de apoyo al proceso de paz colombiano, y a los nuevos gobiernos conservadores con tintes neoliberales de Brasil y Argentina. 

“El verdadero problema del mundo es cómo impedir que salte por los aires”, escribió Noam Chomsky. Clinton ha demostrado no estar dispuesta por sus hechos,  y Trump no lo ha anunciado en sus intenciones. De la cantidad de gasolina que agreguen al fuego dependerán las diferencias en su política exterior.

Bill Clinton también fue primerizo.  El primer Comandante en Jefe nacido tras la II Guerra Mundial llegó a la Casa Blanca con la gran preocupación de la deuda pública. Con la caída de la URSS, la narrativa del futuro se presentaba como resulta habitual: incierto. Pero con un escenario de aspiración entre la población americana al cambio, similar al de la llegad de Obama.

“Si hubiera más políticos que supieran de poesía, y más poetas que entendieran de política, el mundo sería un lugar un poco mejor para vivir en él”. Lástima que ni John Fitzgerald Kennedy se lo creyera. 

Primerizos y continuistas