lunes 23/11/20

Demasiado humano

El mundo occidental contempla un nuevo paradigma. La mecha no la encendieron esta vez las bombas, ni la quiebra de los estados, tampoco el levantamiento contra un régimen tirano. Fue un virus. Un siglo después de la gripe española, el Covid-19 mata y amenaza a las poblaciones europeas después de las nefastas consecuencias que tuvo su propagación en el lejano oriente. Y en este interregno, tan solo doce años después de la caída de Lehman Brothers, y aquel G-20 en el que se ‘refundó' el capitalismo: el dogma neoliberal queda más en entredicho que nunca. O simplemente se sitúa frente al espejo. La epidemia no tiene compasión con los enemigos de lo público, tampoco con aquellos que llevan mejor el confinamiento en su zona de confort. El neoliberalismo no ofrece vacuna a sus más acérrimos propagandistas y defensores, hoy plenamente conscientes que son mortales con cada positivo o la pérdida de familiares y amigos. Por supuesto todo resulta más duro en el caso de la población más vulnerable con domicilio, y en el peor de los casos: sin él.

Quienes habitan el cuarto mundo que nos describió Achille Mbembe, son menos visibles que antes que el Coronavirus mandará a la mayor parte de la población española a casa. A los cuatromundistas los dejó en las salas de los aeropuertos y cajeros automáticos. Donde ya pernoctaban.

Esta emergencia recordará la importancia de los servicios públicos y nuestra sanidad. Reforzará también el rol del Estado. Aunque con matices. En el caso de España, un gobierno progresista ha frustrado el sueño de las derechas

Bastó un día de confinamiento, tras correr las cortinas, asomarse al balcón y aplaudir… Para reconocernos en las miradas de nuestros vecinos. El individualismo extremo al que el sistema neoliberal llevó a los urbanitas, contrasta con los recuerdos sobre nuestra infancia de quienes crecimos en capitales y transitamos entre la niñez y la adolescencia pasando de un curso a otro en la EGB. Aquellos años, no tan lejanos, se jugaba al fútbol utilizando como portería la pared del vecino más gruñón, y el balón prisionero era la actividad más incluyente y espontánea a la vez. Las chapas emulaban a Perico Delgado, o a Maradona con un garbanzo como esférico. Merendábamos juntos, hacíamos ciclos de cine en la casa del amigo que disponía de reproductor de VHS, y padres y madres se turnaban en el cuidado de los chicos en el bloque. No era noticia que los ancianos morían solos en sus casas.

Hasta en el menos incómodo de los reclutamientos, hoy nos reconocemos como grupo. Necesitamos agradecer a quienes se entregan para curarnos, alimentarnos y en definitiva, cuidarnos. Por eso cada tarde buscamos el calor de los aplausos para salir adelante.

Cuando el confinamiento acabe y podamos salir a las calles, quienes tenemos un techo donde refugiarnos, difícilmente volveremos a nuestras vidas individualistas de selfie, serie y salida al parque con los cascos puestos. Nos volveremos a reconocer, reconstruiremos y construiremos lazos. Sabemos que no podemos sobrevivir solos. El neoliberalismo implantó que ignoráramos o temiéramos al vecino. Los nuevos tiempos nos harán retomar el abrazo y la colaboración.

Esta emergencia recordará la importancia de los servicios públicos y nuestra sanidad. Reforzará también el rol del Estado. Aunque con matices. En el caso de España, un gobierno progresista ha frustrado el sueño de las derechas. Siempre ansiosas por tener el poder absoluto -con monarca o sin él-, y así ocultar el desfalco de los servicios públicos que ha causado más muertes cuando llegó la epidemia.

Pero por sí solo, el Gobierno actual no llegará a todos los rincones, ni devolverá a nuestras sociedades al momento anterior al del confinamiento. De la misma forma que nunca regresamos a los tiempos previos a 2008, tampoco reviviremos el febrero de 2020. Tal vez pasemos página en Europa a los años en el que nos mostrábamos indolentes ante las muertes en el Mediterráneo, los brotes de ébola en África, la desigualdad, y superemos el shock del austericidio. Con certeza volverán las redes comunitarias a los mismos lugares donde dejamos de abrazarnos. Y como siempre, será por mera supervivencia.

Demasiado humano