Nuevatribuna

No lo sabías tú muy bien, Alfredo…

No lo sabías tú muy bien, Alfredo, cuando formulaste tu famosa ironía, lo bien que sabe enterrar nuestro Pueblo. No, no hablo de aquellos panegíricos obligados, forzados o no, a los que seguro que tú te referías. Hablo del Pueblo, así, con mayúsculas. De la gente que te sorprenderías -o te habrás sorprendido, no se sabe-, que ha pasado por tus Cortes a darte la despedida, a presentarte su respeto, su cariño, su reconocimiento. Una gente de todo tipo, mucha gente joven, mucho ciudadano sencillo, de ese que sabe comprender, que sabe agradecer, que en política sabe dedicar su tiempo a lo que importa.

Y estos días, lo que importaba era decir a los políticos, decir a la sociedad, que lo que hace falta es gente como tú. Gente que no enrede, o que incluso cuando parece que anda enredando, lo está haciendo con propósito y estrategia. Que eso es, tal vez, la forma de ser lo que algunos definen como “hombre de Estado”.Y eso es lo que ha expresado toda esa Gente que jamás habrás pensado que se iba a movilizar con tu muerte.

Me voy a permitir no caer en la trampa de repetir lo que todos y tantos -no sabes, por cierto, cuántos- se han dedicado estos días a valorar sobre todas tus facetas. Como si fueras (o más bien porque eras) un mineral diferente y valioso, tallado por todo tipo de afanes de una variada, pragmática, imaginativa y hasta insistente, vida política. Me voy a quedar solamente con dos cosas:

Hiciste de todo, a lo largo de varias décadas de dedicación a la política. Desde casi todos los ángulos. Y lo hiciste con dedicación, con esmero, con una constancia sólida, tranquila y voluntarista. Cargada de una finura irónica, que es la única capaz de ser entendida como sentido del humor. Y supiste abandonar la escena con una dignidad que no se limitó a mantener la figura, sino a hacer sencillamente lo digno: que es volver a lo tuyo, sin tratar de recoger las dádivas que muchas veces, desde lo público, muchos consideran obligadas.

Y todo eso -a pesar también de tus errores- es lo que nos permite hoy despedirte con la dignidad y la gratitud de toda esa ciudadanía normal que, voluntaria y sentidamente, hoy te despide, con un reconocimiento que compensa que tu vida (aunque intensa) haya sido demasiado corta.