viernes 22.11.2019

La política no es marketing

Si la política no acaba con el marketing, el marketing acabará con la política.

Se dice que cuando los atentados del 11 de marzo de 2004, Arriola, en la calle Génova, profetizó, señalando con su dedo: “si es ETA, mayoría absoluta…”, y todos se pusieron a mirar el dedo y a buscar cómo achacar los atentados a la banda terrorista vasca. Y nadie se fijó en la luna de la realidad política. El marketing prescribía tres días de intensa propaganda que llevó a Aznar y a Acebes a mentir con cinismo y descaro a los españoles, y a Rajoy a dejarse acariciar por esa mentira que le auguraba el éxito.

Si en lugar de al dedo del marketing de Arriola hubieran mirado a la luna de la realidad, quizá Rajoy habría salvado los muebles, porque una aparición pública de Aznar, rodeado de todos los candidatos para contar la verdad, tal vez le habría proporcionado una mayoría. Porque los ciudadanos distinguen bien entre comprar una camisa o un coche (en lo que se fían del marketing) y apostar por soluciones para su vida cotidiana y para el futuro de sus hijos: que es política. Distinguen entre la verdad y la mentira, entre la propaganda y la realidad. Y en ese ejemplo concreto, la mentira hizo reaccionar a los españoles, que salieron pacíficamente a la calle, no sólo a reprobar los asesinatos sino a exigir la verdad.

Personalmente no tengo nada contra Iván Redondo. Pero desde el principio me inquietó ver al frente del gabinete del presidente de Gobierno no a un político experimentado, sino a un contratado experto en comunicación. No discuto el papel de determinado tipo de expertos, pero tengo muy claro que en política los gurúes no sólo están demás, sino que sustituyen el papel esencial de los ciudadanos, y el papel de los militantes y afiliados de los partidos políticos, que no sólo tienen sus criterios y experiencia, sino que viven cotidianamente codo con codo la vida real de sus conciudadanos.

Mientras el marketing necesita andar siempre de campaña, la política necesita estabilidad, gestión, construcción de realidades

No sé que va a ocurrir el 10 de noviembre. Pero en julio y septiembre sí sabíamos que, en el mejor de los casos, el escenario que saliera de esas elecciones iba a ser muy similar al del 28 de abril. Con una diferencia importante: mientras el 28 de abril la ciudadanía acudió a las urnas con ilusión y esperanza (la alta participación lo corrobora), el 10 de noviembre va a ir un poco con los pies a rastras, más por la obligación de evitar que las esperanzas se vengan abajo, que por la ilusión de construir un futuro esperanzador.

Incluso aunque el aldabonazo saliera bien -previsión que desmiente la tendencia de todas las encuestas-, y el PSOE incrementara su porcentaje de votos y el número de escaños, el riesgo generado es costoso para el país. La única racionalidad que se vislumbraba a la decisión era la de ganar votos de centro a costa de Ciudadanos. Pero a cambio se paga el precio de contrapartidas muy caras.

En primer lugar, el retraso de las medidas que la sociedad necesita para equilibrar eficazmente las averías producidas por el gobierno de la derecha. Por mucho que se haya hecho en los llamados “viernes sociales”, los temas fundamentales de abordar la reforma laboral, dar estabilidad al sistema de pensiones, lanzar una política pública de empleo, abordar el problema de la vivienda en todas sus facetas, restituir los derechos civiles conculcados por la ley mordaza y por otras medidas de Rajoy… Y otras muchas más cosas que, en el mejor de los casos, deberán esperar hasta febrero. Sin contar con la incertidumbre de carecer de presupuestos actualizados, que generan muchos inconvenientes a la gestión política y económica de la Administración.

En segundo lugar, la incertidumbre de la ciudadanía, la decepción respecto a los incomprensibles desacuerdos de los políticos. Que, sin duda, generará abstención, y desgasta la vida democrática.

En tercer lugar, se ha dado tiempo a que la derecha se recomponga. A que el camaleónico Casado haga calar en los medios el mito de que está girando al centro y la moderación. Y se ha dado tiempo a que la extrema derecha se homologue en la vida cotidiana. De modo que de un tiempo a esta parte (claro: tiempo) ya los medios no hablan de extrema derecha, ni siquiera de derechas, sino de “centro-derecha”, englobando a unas derechas cuyas políticas nada tienen de centristas, y a una extrema derecha que sigue manteniendo su guerra soterrada a la igualdad de género y de todo, su xenofobia, su machismo, su españolismo rancio y su “primero España”, disimulando que “su” España dista mucho de la que se ha construido con la Democracia.

Se ha dado tiempo a que se desbarate de nuevo Cataluña, con una sentencia que -por ponderada y hasta mitigada que sea- ha abierto la caja de unos truenos que era sabido que se destaparían. Y esos truenos, por cierto amplificados al máximo, porque aquí todos aprenden y asumen lo de “matar o morir”, hacen que ese centro que en Cataluña se auguraba como un granero de votos para la socialdemocracia, ahora se radicalice, se extreme, y pueda escuchar los demagógicos cantos de sirena de Rivera.

Y se ha dado tiempo a que aparezca un Mas País que no sólo arrambla -como se esperaba- con votos de Podemos, sino posiblemente también con los de desconcertados votantes socialistas, sin sumar nada nuevo al terreno progresista.

Sin contar con que, entre recomposición de la derecha y fraccionamiento de voto por la izquierda, pueda ponerse en juego la mayoría del Senado. Y ponerse en juego un gobierno que -salvo algunas excepciones, unas más relevantes que otras- es uno de los mejores que ha tenido España.

No me gusta ser agorero, pero pretendo aprender de los errores. Y esta especie de segunda vuelta electoral, proclamo que es un error, aunque salga el gordo, cuya probabilidad -recuerdo- es del 0,001%. Mientras el marketing necesita andar siempre de campaña, la política necesita estabilidad, gestión, construcción de realidades. Por eso lo que vale es la política, no el marketing.

Aunque confío en que en las próximas tres escasas semanas se realice un esfuerzo de clarificación política, de concreción en las propuestas de gobierno, y se despejen esos titubeos de “grandes coaliciones” y de apariencia de jugar a varias barajas.

España y Europa lo necesitan.

La política no es marketing