miércoles 11.12.2019

Chantajes de Estado

No es nuevo que determinados personajes que han pretendido acumular poder y privilegios en nuestro país, cuando ven frustradas sus intenciones reaccionen con un órdago “a la grande”

Siempre hay algún turbio sujeto, o grupo, enredando para intentar marcar los tiempos y la agenda política de nuestro Sistema Democrático. Y siempre hay que hilar muy fino para no caer en esas trampas, por mucho que parezca que los horrores que destapan puedan dar motivos para nuestras reivindicaciones o nuestras alternativas. Y hay que hilar muy fino, porque cualquier buena causa, en primer lugar debe tener su propia estrategia, un conocimiento del terreno que pisa, y saber el momento de actuar, que ha de depender siempre de la correlación de fuerzas (o “la correlación de debilidades”, que decía Manolo Vázquez Montalbán) de cada momento.

No es nuevo que determinados personajes que han pretendido acumular poder y privilegios en nuestro país, cuando ven frustradas sus intenciones reaccionen con un órdago “a la grande”. Normalmente traducido en un chantaje al Estado. Y tratando de generar la tormenta, también clásica, del “cuanto peor, mejor”, para establecer unos espacios y unos tiempos y unos tiempos que favorezcan sus intereses. Conozco algún otro caso –aquél de más fuste, aunque de no menos sordidez de fondo- como el que ahora pretende el tal Villarejo, no sé si con la complicidad o no del ínclito Villalonga compañero de pupitre de Aznar.

Ambos casos eligieron el que muchos consideran el eslabón débil de nuestro Sistema Democrático: Juan Carlos I. A pesar de que la hagiografía monárquica ha pretendido siempre ensalzarlo más allá de sus posibilidades, Juan Carlos ha sido siempre una moneda de cambio. Lo fue en 1948 en la reunión en el Azor de Franco y don Juan de Borbón. Y lo fue desde el comienzo de la Transición, para dar cobertura al proceso democrático acallando el rechazo de los sectores más reaccionarios entre los poderes fácticos del momento. Moneda de cambio con balance histórico positivo, y eslabón débil por sus constantes flirteos con diferentes tipos de peligros: el más grave cuando se dejó utilizar por Armada en la preparación del golpe, que –gracias a la eficiente intervención de Sabino Fernández Campo y de otros como Aramburu Topete y Sáez de Santamaría- él mismo contribuyó a conjurar. Tanto flirteo con el peligro deja muchos flancos al descubierto, y por ahí han pretendido siempre colarse gentes que conocen sus puntos débiles, y algunos que incluso se los han facilitado.

Ya ocurrió en 1995 cuando el periodista y escritor Díaz Herrera recibió la extraña visita de Luís María Ansón, Pablo Sebastián y García Trevijano para encargarle un libro contra la monarquía, al que Díaz Herrera supo darle la vuelta, y que terminó denunciando en su libro “El Saqueo de España”. Detrás estaban entonces Javier de la Rosa y Mario Conde; y hay quienes opinan que también Julián Sancristóbal, compañeros de cárcel a la sazón.

Y ocurre ahora, cuando Villarejo, después de una andadura de novela negra, tiene ante sí una perspectiva carcelaria de largo recorrido. Lo de las motivaciones de Villalonga quizá valdría la pena también desentrañarlo… Y se aprovecha el momento en el que la monarquía no pasa por su mejor etapa: con una forzada abdicación del eslabón débil, con una condena por corrupción al cuñado y yerno de los reyes, y con unos ataques sin precedente de los independentistas al rey por haber intervenido de modo contundente en medio de aquel descabellado “procès”. Siempre me quedó la certeza de que lo hizo no porque se lo pedía el cuerpo, sino para conjurar (siempre lo mismo) reacciones no deseadas de determinados sectores a los que hay que mantener alejados de la política.

Y se aprovecha el momento en el que la corrupción del partido que dirigía, y la hartura del país, desalojaron de la Moncloa con una moción de censura a un presidente de gobierno, en el momento en el que sus partidarios no han asimilado una acción legitima, prevista en la Constitución, y en el que el nuevo Gobierno ha de caminar por un sendero sembrado de minas de todo tipo: que van desde los egoísmos independentistas hasta las presiones populistas apresuradas, sin olvidar otros populismos “patrióticos” que no se guían –por mucho que digan- por el bien del país, sino por sus intereses electoralistas que se verían frustrados si un diálogo franco lograra desactivar o reconducir el conflicto de los independentistas catalanes.

Lejos de mí andar propugnando la monarquía como forma de Estado. Pero tengamos mucho cuidado de que los golfos no marquen nuestros tiempos y nuestras iniciativas, y de que no nos distraigan de los intereses concretos e inmediatos que tiene nuestra Sociedad. Porque es mucho lo que hay que desenredar de las políticas antisociales que –con la coartada de la crisis- ha implantado la derecha en España.

Si de esa intentona de Villarejo (que seguro, por cierto, que no está solo) sale algún tipo de acción judicial, bienvenida sea. Pero desde el ámbito político mejor actuar con una hábil y sabia finura. Que cuando tengamos que debatir y decidir sobre la forma de Estado lo hagamos sobre una correlación de fuerzas favorable, y desde una situación que no haga peligrar nuestra propia estabilidad democrática.

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