martes 19.11.2019

¿Qué le queda al asalariado si le destrozan el derecho de huelga?


El sindicalismo no sólo se ha negado con los hechos a formar parte de tal operación sino que se ha confrontado, también con los hechos, a la misma. Ha rechazado el pacto implícito que se le proponía: a cambio de tu docilidad te concedo la legitimidad. Que era lo mismo que plantearle lo siguiente: dame tu reloj y yo te diré qué hora es

¿Qué le queda a un escritor si le arrebatan el ordenador o la pluma o cualquier útil para escribir?  Esta es una pregunta retórica, pues sabemos su fácil respuesta. ¿Qué le queda al asalariado si le destrozan el derecho de huelga? También sabemos la respuesta. Pues bien, esta es la cuestión: los grandes capitales y sus «aduladores agachados» -los exponentes de las fuerzas políticas de derecha y sus franquicias- llevan tiempo pugnando por erosionar el derecho de huelga con la idea de enviarlo definitivamente al archivo. Forma parte de una cadena de eliminación de derechos con la idea de que la nueva acumulación de capitales se haga  sin ningún tipo de controles democráticos. En ese sentido, sobra el sindicalismo y el Derecho del trabajo, digno de ese nombre.

Ahora bien, conviene reflexionar detenidamente sobre ese particular: dicha ofensiva es el resultado de un fracaso del que apenas se ha hablado; ha fracasado la operación que se orientaba a convertir al sindicalismo en un compadre de las derechas económicas, ya que la vía de la represión no conseguía ningún tipo de resultados. De hecho, tan extremista ofensiva intentaba cooptar al sindicalismo para que fuera un acompañante acrítico de las grandes transformaciones que, partiendo del ecocentro de trabajo innovado, se están dando desde hace ya años. Para que el sindicalismo hiciera de brazo social de las políticas neoliberales en el estadio de la globalización. Ese era el telón de fondo del llamado Libro Verde que dictó hace años la Unión Europea: Por cierto, no me resisto a recordar que algunos fuimos tildados de alarmistas cuando analizamos aquel documento que, abruptamente, se ha ido abriendo camino. Véase, por ejemplo, el artículo de Salvador Martínez Mas en la revista Claves de razón práctica (Enero – Febrero, 2005).

Digamos las cosas por lo derecho: el sindicalismo no sólo se ha negado con los hechos a formar parte de tal operación sino que se ha confrontado, también con los hechos, a la misma. Ha rechazado el pacto implícito que se le proponía: a cambio de tu docilidad te concedo la legitimidad. Que era lo mismo que plantearle lo siguiente: dame tu reloj y yo te diré qué hora es. En resumidas cuentas, el sindicalismo confederal rechazó la pesebrancia que se le ofrecía. Entendemos por «pesebrancia» la densidad y diapasón de los pesebres ofrecidos. Visto lo cual, los nuevos y viejos aduladores agachados la emprendieron a mandobles contra el sindicalismo: decimonónicos, antidiluvianos y demás adjetivos. Parecían decir, sois los últimos mohicanos, porque os oponéis a un tipo de progreso que sólo afecta a cuatro y el cabo.

Sin pluma o lápiz Gabriel García Márquez no hubiera podido escribir sus Cien años de soledad; sin ordenador Manuel Vázquez Montalbán no hubiera tenido tiempo para tan vasto testimonio literario. Sin el ejercicio del derecho de huelga el sindicalismo queda reducido a una agencia técnica de improbable defensa de los intereses del conjunto asalariado. Esto es lo que se ventila en la acción a nivel mundial en el día de hoy, 18 de febrero. Y su proyección a corto y medio plazo.

Apunte final.  No comparto una cierta propaganda que aparece en determinados carteles de la convocatoria de hoy, esos que formulan que «la huelga no es un delito». Hombre, ¿a estas alturas estamos con eso? Esta es una formulación tan ridícula como defensista. Es más, ¿hasta qué punto se defiende lo que «no es un delito»? ¿Qué tipo de técnica mediática es esa? Porque a mi, con perdón, me parece un tantico chuchurría.

Y en ese sentido mis recuerdos vuelan a tiempos antiguos. En cierta ocasión –en un encuentro clandestino en Normandía--  me explicaba el viejo Ignacio Gallego algo elemental: las consignas deben ser tan claras que no necesiten explicaciones añadidas; fíjate en esa consigna de «la tierra para el que la trabaja», no necesita más perifollos. Lo que contrastaba con algo que relataba mi amigo Carles Navales. Carles se partía de risa cuando su jefe superior le decía: «Oiga, joven, las notas de prensa deben ser cortas y confusas».

En fin, vamos a dejarnos de pollas, que el agua está muy fría.

¿Qué le queda al asalariado si le destrozan el derecho de huelga?