viernes 13.12.2019

Privatizarlo todo: desde la Justicia hasta las calles

En sus obras más representativas el profesor Rothbard plantea una total desestatalización mediante una privatización total, ´universal´ de todo lo que es público.

«La “revolución conservadora” que se desató en Estados Unidos y Gran Bretaña con los Gobiernos de Reagan y Thatcher generó una larga onda ideológica que, bajo el manto de una denigración de lo público y exaltación de lo privado, trajo consigo la adopción de políticas de privatización de servicios y empresas públicas. Esas políticas no se circunscribieron al mundo anglosajón, ni a los años ochenta del pasado siglo, sino que se extendieron por todo el mundo y han continuado hasta la actualidad» Nos lo recuerda mi admirado Joaquín Aparicio Tovar.

Estudiando a fondo lo que dice el profesor Aparicio, que es de esa manera como yo me sitúo ante sus artículos, me he acordado de un personaje considerado marginal en el mundo académico norteamericano: Murray Newton Rothbard, el enviado de von Mises en la Tierra. Para mayor conocimiento de este personaje remito al esforzado lector que consulte a ese eximio erudito que es don Google.

En sus obras más representativas el profesor Rothbard plantea una total desestatalización mediante una privatización total, ´universal´ de todo lo que es público. Desde todos los aparatos del Estado, lo que significa el Estado mismo, hasta las calles (sic). Tan esperpéntica cacoutopía –debo esta palabra al profesor Juan Ramón Capella- provocó la hilaridad de buena parte de los académicos norteamericanos. No pocos llegaron a considerarlo una especie de ´profesor chiflado´ por su extremismo sin límites. Otros, más astutos, debieron decirse en petit comité que este tipo iba a joderles la marrana por su incontinencia verbal y no querer administrar bien los tiempos de la gran operación neoliberal. La mayoría de la comunidad académica, norteamericana y europea, hizo lo que no conviene hacer en estos casos: la práctica del ninguneo. Lo peor que se puede hacer en estos casos es no ver las tendencias que se abren con una doctrina por estrafalaria que se abren y hasta qué punto tales planteamientos son administrados de una manera más táctica y menos estridente. Vale decir que las izquierdas europeas, que siempre han estado distraídas de lo que sucede en Norteamérica, al estar acostumbradas a la acumulación de derechos, no consideraron (quienes había leído al Profesor chiflado) que en esos escritos había mucha chicha, siempre que se administrara con pericia y aprovechando (también creando) las contingencias, esto es: sin quemar etapas alocadamente.

Las izquierdas europeas –y sus intelectuales orgánicos, especialmente— ni siquiera pestañearon cuando empezó la privatización de las cárceles en los Estados Unidos. Así que el chiflado de Rothbard vio que sus ideas se cubrían con el manto de respetabilidad que le daba el mismísimo Estado. Es así que, desde el Estado, se practica el anarquismo que propone este libertariano, que no libertario, de Rothbard. Y nosotros  seguíamos tronchándonos de risa y algunos gritando el famoso No pasarán.

Nosotros seguíamos tronchándonos de risa porque el Profesor chiflado hablaba de «privatizar las calles» mediante esta medida: las personas que quieran pasar por una calle cualquiera, que no sea la de su vivienda, deberán pagar un canon de peaje. Hasta yo mismo me parto de risa, pero la argumentación que la sostenía era intercambiable para la privatización de otros menesteres. Y así sucesivamente hasta justificar la desestatalización a golpe de privatizaciones. Todo ello cuidado mediante una sencilla argumentción. Por ejemplo, «Es fácil ser notablemente "compasivo" cuando otros son obligados a pagar los costos de la compasión». Estoy seguro que ustedes saben hasta qué punto está calando esa idea. Pongamos que me refiero a lo que está pasando ahora en Europa con los refugiados.

En suma, distraídos con las ocurrencias extremistas de este aparente majareta no vimos que otros iban puliendo su doctrina, administrándola adecuadamente para sus intereses o imponiéndola abruptamente (según los casos). A modo de conclusión: es cierto que tenemos a Sísifo, a quien debemos exigirle varias cosas. Una, que siga tan forzudo como siempre; 2) que vigile a quienes se pasan la vida tronchándose de risa por lo que dicen algunos a los que se le considera que están locos de atar.

Privatizarlo todo: desde la Justicia hasta las calles