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lunes. 26.09.2022

La ayuda de la amistad (2)

En el fondo del problema aparece la vieja pregunta sobre la que no nos hemos puesto de acuerdo ¿Qué es España? Hay quien tiene la respuesta clara gracias al método...

En el fondo del problema aparece la vieja pregunta sobre la que no nos hemos puesto de acuerdo, ¿qué es España? Hay quien tiene la respuesta clara gracias al método científico que incluye desde las enciclopedias de la FAES hasta Don Pelayo y los manuales de la Formación del Espíritu Nacional, como el editorial del ABC con adornos preguerracivilistas que trata eso de cogerse las manos para pedir independencia como un acto sedicioso. Sigue siendo verdad aquello que escribía Manolo Vázquez Montalbán hace treinta años, que “las dudas metafísicas de España sobre sí misma han requerido amplios despliegues de la guardia civil”, porque algunos en el fondo siempre  han  tenido clara la conclusión de que “España es una unidad de cuartelillos de la guardia civil y de Capitanías Generales en lo universal.”

Da la casualidad que España es la que es y Cataluña es la que es. Afirmación  más complicada y conflictiva de lo que parece, porque hoy por hoy se hace imposible  llegar a un consenso entre los dos grandes partidos, imprescindible para hacer política, de que las cosas son como son. Rajoy dice que las cosas han de ser como dice la constitución del Pérez de los Cobos, porque hoy la Constitución no es la que votamos los catalanes y el resto de españoles, hoy la constitución es propiedad exclusiva del Tribunal Constitucional y en su última votación el sentido común ha perdido por goleada, en concreto por seis a dos. Tampoco los socialistas quieren poner luz y taquígrafos a las cosas como son, con su  proyecto federalista del vivo sin vivir en mí que pretende reformar la constitución para acabar como empezamos, que aquí madre solo hay una, y a ti PSC te encontré en la calle.

Si alguna vez desafino al cantar puedes irte muy lejos de mí, cantaban los Beatles. Y la verdad es que Catalunya desafina al cantar porque tiene una lengua propia. En vez de aceptar el catalán como algo propio, tan español como el jamón ibérico, nuestros gobernantes se empeñan en iniciar guerras santas en defensa de los derechos de los castellano hablantes que ya somos mayorcitos para defendernos solos, aunque nos defendamos tarde y mal. El catalán se vive en muchos españolitos de a pie, incluso por gente tan buena y encantadora como mis primos de la Mancha, como una anomalía teñida de leyenda negra,. Sigue estando vigente aquel chiste del Perich que provocó un secuestro del diario Tele/eXpres en los setenta del franquismo,  en el que dos hablaban y uno le decía otro que España debía respetar las peculiaridades regionales porque formaban parte de la riqueza cultural del país, hasta que el otro lo felicita con un “Molt bé, noi”. La respuesta tenía música y letra del siglo XXI: “Hombre, si ya vamos a empezar con separatismos…”

Si queremos la cohabitación pacífica no basta con llamar a las cosas por su nombre, tendremos que ponernos de acuerdo en ponerles el mismo nombre, y que nos suene igual de bien en castellano, en catalán, en vasco en gallego o en bable. Catalunya se siente diferente porque el mundo la hizo así. Aunque a algunos nos guste más, o algunos nos guste menos, el niño es como es.  Si alguien en España ha picado piedra en la roca de la autonomía política, ese alguien ha sido Catalunya y su esfuerzo político y ciudadano, con su reclamación con instrumentos pacíficos y democráticos. Paradójicamente  ha sido capaz de cambiar la organización territorial de España pero no de encontrar un estatus (ay, el Estatut) en el que se sienta a gusto, en una constitución apropiada por un Tribunal Constitucional que ha demostrado mayor capacidad y entusiasmo en provocar incendios que en apagarlos. Algunos tenemos la convicción de que tendremos que cambiar la constitución, la ley, cuando probablemente nos bastaría con cambiar los jueces para que no barran siempre para el mismo lado.

Por raro que pueda parecer el federalismo hoy por hoy vende poco en Catalunya. No querrán, te dicen. Será el café para todos, te dicen. La opinión publicada catalana está instalada entre el ateísmo, el federalismo en España no existe, y el agnosticismo federal, si existe es para hacer bonitos en los catecismos de los congresos de partidos.

Definir Catalunya como una autonomía más y que salga el sol por Antequera es negar las evidencias de la realidad. Catalunya no solo se siente diferente, sino que tiene una composición diferente en su representación política, fruto, no de una encuesta de la Generalitat ni de TV3 entrevistando corazones estelados, sino de la voluntad popular manifestada en la máxima expresión democrática: las elecciones. Cualquier propuesta de articulación política, lleve el adjetivo federal o no lo lleve, que no contemple poner negro sobre blanco el reconocimiento de la diferencia de Catalunya y sus consecuencias, una nación de hecho con conciencia de serlo, lo ponga o no en los papeles, irá directo a la oficina de objetos perdidos.

Stephane Dion dijo cuando le preguntaron  que cómo era que la constitución canadiense no santificaba la unidad del Canadá  “nuestra identidad canadiense es demasiado valiosa para apoyarse en otra cosa que el deseo de vivir juntos.” La revangelización de Catalunya no se podrá hacer a partir de los evangelios de la Constitución mientras no se resuelvan los desacuerdos de fondo. Probablemente deberíamos empezar por aquí, en no apoyarnos en otra cosa que el deseo de vivir juntos.

Necesitaríamos decirnos los unos a los otros aquello que nos decía la canción “préstame ahora tu oído al cantar para que te suene afinado, oh, será fácil si tú me ayudas”  No será fácil, pero con la ayuda de la amistad lo será mucho más. 

La ayuda de la amistad (2)