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miércoles. 28.09.2022

Perspectivas electorales al filo del verano del 2015

Las perspectivas electorales que pueden identificarse en estos momentos están afectadas por un notable grado de incertidumbre.

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Las perspectivas electorales que pueden identificarse en estos momentos están afectadas por un notable grado de incertidumbre.

Al filo del verano, los principales factores de incertidumbre son dos: el primero, el que concierne a las fechas –y las circunstancias─ precisas de la convocatoria de las elecciones generales. El segundo factor es el que se relaciona con el carácter abierto de los resultados posibles y las tendencias que pueden influir en ellos.

La manera en la que ha venido siendo gestionada la convocatoria de las próximas elecciones se ha convertido en sí misma en un factor de incertidumbre de consecuencias prácticas no desdeñables.

Es cierto que el marco legal vigente posibilita que sea el Presidente del Gobierno el que fije por sí solo las fechas exactas de la convocatoria. De igual manera, se puede entender que quien detenta esta competencia pretenda sacar algún provecho para él y para su partido en la fijación de las fechas. E incluso que intente coger desprevenidos y a contrapié a sus principales adversarios, procurando sacarles ventaja y arrebatarles votos en las urnas.

Sin embargo, las actuales circunstancias políticas y económicas habrían hecho aconsejable que en este caso una decisión de tanto alcance hubiera sido objeto de un cierto consenso y consideración conjunta –tanto dentro del PP, como entre las principales fuerzas políticas─, con la finalidad de eliminar del panorama político español el mayor número de incertidumbres posibles. Máxime cuando se está constatando por doquier que las incertidumbres tienen costes importantes, que acaban repercutiendo en las variables económicas y laborales.

La convocatoria de las elecciones catalanas a finales de septiembre, con toda su carga de graves peligros (hay que llamar a las cosas por su nombre), añade un elemento importante de consideración a las valoraciones sobre el momento más adecuado para convocar elecciones generales. En tal sentido, resulta evidente que cuando tales comicios se produzcan, y en los días inmediatamente posteriores, no es bueno que el Congreso y el Senado estén disueltos, y que no sean las Cámaras españolas en pleno y con toda su legitimidad las que, en su caso, adopten o apoyen las posturas que puedan ser precisas, si se producen iniciativas secesionistas irreversibles y unilaterales, como parecen tener en mente determinados personajes. ¿Acaso piensan algunos que un panorama tan inflamable como el que puede darse en Cataluña a finales de septiembre podría movilizar un voto del miedo adicional a favor del PP, si se confirman ciertos supuestos a corto plazo? El hecho de que los estrategas electorales del PP vengan desplegando una campaña de miedo tan intensa avala, en cierto grado, la hipótesis de que el PP ya ha decidido jugar la carta electoral del amedrentamiento tan a fondo como resulte factible. Lo cual no es algo que contribuya, precisamente, a reducir los elementos de inseguridad en el panorama español.

Pero, paradójicamente, la incertidumbre puede acabar aguando al PP las expectativas que tienen –o tenían─ en que unas mejoras sustantivas en la situación económica y en las oportunidades de empleo pudieran moderar sus tendencias de descenso electoral que registran las encuestas solventes.

Por lo tanto, en estas condiciones lo que todo el mundo puede –o podía─ esperar de quien tiene en sus personalísimas manos la decisión de cuándo convocar las elecciones es que no se precipite y que convoque lo más tarde posible, manteniendo durante el máximo tiempo factible la mayoría holgada de la que hasta ahora dispone en las dos Cámaras del Parlamento español. Mayoría que, desde luego, no va a conservar ni de lejos en el próximo Parlamento; ni siquiera de acuerdo a las encuestas, o a los sueños, más optimistas de sus mejores amigos.

Aún así, la historia está plagada de sorpresas, y de ejemplos de decisiones –sobre todo cuando se sustentan en la simple voluntad personal─ que han metido a los pueblos, los partidos y los líderes en vericuetos muy complicados y arriesgados. Por lo tanto, demos tiempo al tiempo.

El segundo gran elemento de incertidumbre sobre las perspectivas electorales en España es que, al margen de cuándo se hagan las elecciones, no se sabe qué tipo de gobierno puede salir de las urnas, ni que combinaciones pueden darse. Lo cual no es poca incertidumbre.

La estrategia de presentar de antemano al PP como el partido ganador de las próximas elecciones –aunque luego no pueda formar gobierno─ es una estrategia menos inocente de lo que parece a simple vista. No se trata solo de intentar movilizar a los electores desorientados hacia un posible “partido ganador” (“voto de éxito”), sino de fragmentar y desmovilizar a los electores de otros partidos (sobre todo del PSOE), propiciando más bien un voto de castigo, o de simple testimonio, entre aquellos ciudadanos críticos a los que se pueda convencer de que “como el PSOE no puede ganar, apoyarle ahora no sirve realmente para cambiar” (voto poco útil) y, por lo tanto, “es mejor (o más plausible) hacer un voto de castigo o de testimonio a favor de aquellos que estén más dispuestos a protestar, gritar o presionar a un gobierno del PP, o eventualmente del PP y Ciudadanos”.

De esta manera, el esfuerzo por presentar al PP como el partido que va a ganar las próximas elecciones generales (algo que, paradójicamente, tiene eco en bastantes encuestas) es un objetivo estratégico central para las fuerzas políticas y sociales que quieren mantener al PP y todo lo que representa en el gobierno. Pese a los costes, disfunciones y tensiones que está introduciendo este partido en la sociedad española.

Además, cuando se logra que el PP aparezca ante una parte apreciable de la opinión pública como el partido abocado a ganar, cualquier otra alternativa de gobierno se intenta presentar –por mucho que tenga un respaldo más mayoritario en las urnas, por sí sola o en conjunción─ como una especie de gobierno de intrusos y de usurpadores ilegítimos. Prácticamente, como resultado de algo contra-natura, aunque en España existan en estos momentos mayorías muy amplias de izquierdas y deseos muy extendidos –y enfáticos─ de cambio político.

A partir de estas líneas básicas que enmarcan la próxima competencia electoral, se pueden identificar cuatro tendencias específicas que plausiblemente van a hacer notar su peso en la evolución de las inclinaciones electorales de los españoles.

La primera tendencia es la acentuación del declive electoral del PP. Pese al batacazo fenomenal del 25 de mayo determinados analistas parece que se niegan a reconocer que el principal problema político-electoral del PP es que se encuentra sumido en un proceso de declive, del que no hay indicios que sugieran que vaya a detenerse ni a cambiar de signo. Es decir, de la misma manera que el PP ha caído desde el 44,6% obtenido en las elecciones generales de 2011, hasta el 29,9% en las autonómicas de este año, lo más probable es que continúe cayendo hasta los próximos comicios. ¿Por qué? Pues, por la simple razón de que no se ha producido ninguna novedad o cambio en la tendencia de fondo de este declive, con el agravante de que ahora ha surgido con fuerza un partido alternativo de centro con mayor credibilidad y capacidad de atracción de voto (Ciudadanos). Además, se trata de un partido que no está “quemado” y que cuenta con un líder con mejor imagen que Mariano Rajoy.

La segunda tendencia, en paralelo a la anterior, es el ascenso del PSOE, que después de las elecciones autonómicas y municipales aparece como un partido en proceso de recuperación y con capacidad contrastada de gobernar. Es decir, ya no se puede decir que resulta poco eficaz votar a este partido, porque no tiene posibilidades de gobernar. Ahora ya está gobernando en muchos lugares.

Si se mantiene esta tendencia hasta las próximas elecciones es previsible que el PSOE vaya sumando votos día a día. Sobre todo si no se cometen errores, ni se abren interrogantes de liderazgo, ni disfunciones o tensiones organizativas internas.

La tercera tendencia, en relación a Podemos, permite identificar una inflexión descendente de este partido y de la credibilidad –y autenticidad democrática─ de su líder y su equipo. Los contrastes que se han producido –y que aún puede acentuarse─ en la gestión realizada en algunos lugares está arrojando un panorama de luces y sombras, de ocurrencias, de oscilaciones y de apuestas simbólicas-radicales que tienden a desvelar quiénes son realmente los que lideran Podemos, qué quieren hacer verdaderamente y, aún más, qué es lo que saben hacer. Por ello, bastantes electores indignados y preocupados que votaron a este partido y a sus plataformas el pasado mes de mayo, sin coincidir realmente con su ideología y sus posiciones radicales, están perplejos y en algunos casos arrepentidos. Habrá que ver, pues, qué van a hacer todos estos votantes en las próximas elecciones generales, en las que se van a sustanciar cosas importantes.

La cuarta tendencia de fondo es la que se relaciona con los liderazgos. Entre los cuatro principales líderes españoles, Rajoy es el que tiene peores valoraciones. Y descendiendo. Habrá que comprobar, pues, si el tiempo juega a su favor o en contra suya. Aunque lo cierto es que es difícil que continúe descendiendo más de lo que ya lo ha hecho (hasta menos de 3 puntos sobre 10). Algo que tiene pocos precedentes en el panorama político internacional comparado. ¡Un candidato con una valoración de menos de 3 puntos!

El bajo aprecio al liderazgo actual de Rajoy contrasta con la mayor popularidad de algunos de los candidatos del PP que encabezaron las listas de este partido en las pasadas elecciones autonómicas y municipales. Por lo tanto, el arrastre de voto de estos candidatos más apreciados y más pegados al terreno, no va a operar en las próximas elecciones generales, con el consiguiente efecto de una plausible mayor erosión del voto final del PP.

Pedro Sánchez, en contraste con Mariano Rajoy, tiene puntuaciones bastante mejores, y aumentando. De ahí la durísima campaña desplegada desde el PP y sus aledaños para intentar presentarle como un líder radical y extremista, dispuesto a coaligarse con los mayores izquierdistas. Por ello, aunque resulte paradójico, el flanco más peligroso para Pedro Sánchez esPodemos, como eventual coaligado inevitable. Hasta ahora, los acuerdos post-municipales y autonómicos en determinados lugares parece que no han erosionado la imagen de Pedro Sánchez y no han sido mal acogidos por los votantes actuales del PSOE. El problema puede estar en las franjas eventuales de ampliación de voto socialista, y en lo que pudiera ocurrir si Podemos y sus líderes y representantes institucionales se meten en conflictos y tensiones inapropiadas que modifiquen las apreciaciones y opiniones de determinados electores progresistas moderados.

En cualquier caso, parece que la imagen de Pablo Iglesias está deteriorándose con cierta intensidad, debido a problemas diversos (de falta de consistencia, de pérdida de credibilidad, de arrogancia, de desvelamiento de su verdadero rostro, etc.). Lo ocurrido en Grecia y la intensa implicación-sintonía de Podemos con algunos de los protagonistas y enfoques que allí se han producido, podrían tener efectos negativos todavía no evaluados. Sobre todo, si el sufrimiento y el malestar de los griegos va en aumento.

Finalmente, la imagen de Albert Rivera resulta más positiva, aunque sea más plana e indefinida, e incluso ambivalente. Sobre todo, después de la política de alianzas postelectorales que ha seguido.

Lógicamente, todas estas tendencias –y otras conectadas─ van a verse afectadas en los próximos meses por numerosas variables y eventuales acontecimientos. Unos de carácter interior (sucesos en Cataluña, posible surgimiento de otra plataforma de izquierdas alternativa a Podemos, tensiones intra-partidarias y climas sociales, etc.) y otras de carácter general (evolución de la situación de Grecia, del euro, tensiones y situaciones económicas generales, actos de terrorismo internacional, etc.).

Mientras tanto, habrá que permanecer atentos a los datos de las encuestas rigurosas, cuidándonos de no vernos arrastrados o influidos por aquellas manipulaciones e intoxicaciones que forman parte de estrategias electorales muy precisas.

Perspectivas electorales al filo del verano del 2015