jueves 9/12/21

Estallidos de cólera social

Cualquiera que haya seguido las noticias que han merecido atención en los medios de comunicación social, por ejemplo, durante el segundo fin de semana...

Prudencio Morales
Foto: Prudencio Morales

Cualquiera que haya seguido las noticias que han merecido atención en los medios de comunicación social, por ejemplo, durante el segundo fin de semana de enero, se habrá encontrado con varias informaciones sobre un conjunto de estallidos sociales, auto-convocados por los propios participantes, en los que han manifestado de manera airada su descontento e indignación social.

Aunque se trata de conflictos con raíces diferentes, hay un claro nexo común entre los sucesos del barrio de Gamonal en Burgos, en la Cañada de Hidum en Melilla y en los conflictos de un pueblo jienense (Villacarrillo), donde han manifestado su parecer –de manera separada y airada- tanto los inmigrantes, como la población local.

Todos estos conflictos se caracterizan por un alto grado de tensión y violencia. Algunos medios han hablado incluso de guerras urbanas. Y en todos ellos existe una dinámica explosiva que opera al margen de las grandes entidades clásicas de representación de intereses (sindicatos y partidos políticos, principalmente). El papel de las redes y de la comunicación directa es clave en este sentido.

Lo sucedido indica que en nuestras sociedades se están desarrollando espacios de malestar y de insuficiente integración social entre sectores bastante amplios, que no se sienten representados por algunas organizaciones o entidades que puedan hacer valer sus derechos, necesidades y reivindicaciones. Es decir, lo ocurrido revela que una parte de la sociedad vive y se manifiesta al margen de los modelos y los cauces establecidos. Lo cual es algo lo suficientemente importante y grave como para que se abriera un debate serio sobre este particular.

Posiblemente en todos estos casos la violencia y la protesta van más allá en sus raíces de los motivos específicos desencadenantes. Como decía una joven en una televisión, “estamos tan indignados, tan hartos, que algo tenemos que hacer”. Por eso, tal tipo de estallidos de cólera social en realidad están polarizando malestares más amplios y más profundos de bastantes personas que lo están pasando mal, que no tienen trabajo o tienen un mal trabajo, que están padeciendo necesidades, que no se sienten tenidos en cuenta, que no saben a quién acudir y cómo para que los representen mejor, etc. Es decir, se sienten excluidos y desatendidos.

En cierta medida, se trata de conflictos y estallidos que operan como válvulas de escape de sociedades poco integradas y con problemas de articulación, de insuficiente bienestar social y disfunciones de calidad democrática.

Lógicamente, a estos estallidos de cólera social se pueden añadir muchos otros conflictos latentes o expresos, y más o menos organizados o poco estructurados, que están teniendo lugar en sociedades como la española, bien a gran escala (mareas de protesta, plataformas reivindicativas, etc.), o bien a escala más particular y reducida: en los lugares de trabajo, en los barrios, en los centros de estudio, etc. Conflictos y tensiones que, a veces, apenas aparecen en los medios de comunicación social.

En otros países están ocurriendo fenómenos sociales similares, así como estallidos de violencias anómicas recurrentes. Las noticias que durante ese mismo fin de semana se difundieron en España sobre los conflictos de Hamburgo son un caso paradigmático. Se trata de un conflicto que viene de lejos, y en el que se hacen presentes esquemas de auto-organización más amplios, con el resultado de una tensión recurrente protagonizada por un gran número de jóvenes y sectores sociales y políticos disidentes. Lo más llamativo –y preocupante- de este caso es que las autoridades han establecido una especie de estado de excepción permanente que afecta a varios barrios de la ciudad, en los que residen más de ochenta mil personas. Lo cual está dando lugar a cacheos, identificaciones e interrogatorios permanentes por las calles a aquellos ciudadanos que la policía estiman que pueden ser sospechosos (¡!), especialmente jóvenes e inmigrantes.

Aunque una parte de la población de Hamburgo se está tomando a broma algunos de los excesos controladores de la policía (por ejemplo, la incautación de escobillas de baño, por entender que podrían ser armas agresivas), el asunto no deja de ser bastante inquietante. Y muy sintomático de una nueva época y unas nuevas realidades sociales.

Estallidos de cólera social