sábado. 13.07.2024

Después del coronavirus

Sede ONU. Nueva York
Sede ONU. Nueva York

La crisis del coronavirus ha supuesto el mayor shock que han conocido las sociedades desde hace mucho tiempo. Hace años que el común de los mortales no había sentido tanta preocupación ni se había encontrado ante una sensación de riesgo similar, ni había sido tan consciente de nuestras vulnerabilidades sociales y personales.

Aunque aún no sabemos cuánto tiempo durará la crisis sanitaria, ni qué impactos críticos producirá en determinadas sociedades, lo cierto es que no nos enfrentamos solo a un problema de salud, sino a consecuencias sociales, laborales y productivas inéditas desde la Segunda Guerra Mundial.

Anticipar y optimizar futuros

La crisis ha supuesto –debe suponer– una cura de humildad para una civilización y unos modos de vida que habían llevado a la humanidad a una auténtica indigestión de soberbia y de insolidaridad arrogante.

Por eso, es inexcusable que nos dispongamos a aprender de estos acontecimientos –los pasados y los venideros– y que nos aprestemos a anticipar y optimizar futuros, haciendo el mejor uso posible del enorme caudal de conocimientos que hemos acumulado los seres humanos, y de las grandes riquezas y posibilidades productivas que teníamos cuando comenzó la crisis.

Capacidades que hasta entonces no habíamos utilizado en todas sus potencialidades y que no se estaban empleando de acuerdo a unos razonables criterios de equidad, solidaridad y sensibilidad humana. Entre los científicos y entre los expertos en nuevas tecnologías existe la apreciación de que nuestras sociedades han estado utilizando de manera muy parca y limitada –y a veces sesgada– el conjunto de conocimientos adquiridos en el marco de la revolución tecnológica de nuestro tiempo.

En los Estudios Delphi que hemos venido realizando en el GETS (Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales) durante los últimos lustros siempre me llamó la atención que, cuando pedíamos a los expertos en tecnologías de la información y de la comunicación, en robótica y en biotecnología que hicieran una estimación del porcentaje del conocimiento científico-tecnológico disponible que estaba siendo utilizado y aplicado en la práctica en las sociedades actuales, esta proporción estimada nunca sobrepasara el quince o el veinte por ciento. En el mejor de los casos.

Es decir, la apreciación de los expertos es que hemos mantenido improductivos la mayor parte de los conocimientos que hemos logrado acumular hasta estos momentos. ¿Nos imaginamos qué hubiera ocurrido si en los inicios de la revolución neolítica o de la revolución industrial se hubiera dado una pauta similar de “desecho” de los conocimientos disponibles? Desde luego, la evolución de nuestras sociedades no hubiera discurrido tal como la hemos conocido.

¿Y qué hubiera sucedido con esta crisis si desde hace años se hubiera potenciado la aplicación práctica de muchos conocimientos con inversiones potentes orientadas a lograr una mayor seguridad y calidad de vida? Esta es una pregunta que nunca tendrá respuesta, porque lo que hemos tenido en los últimos años han sido generalmente políticas alicortas de recortes y de regresión en los servicios sanitarios, así como en prevención e investigación aplicada en salud.

Pero de poco vale lamernos nuestras heridas sociales del pasado, o lamentarnos de lo que pudo ser y no fue. Agua pasada no mueve molinos, y las lamentaciones inútiles solo llevan a la melancolía, o a estériles rencores a posteriori.

Ahora lo que procede es mantenernos unidos y solidarios en la lucha contra el coronavirus, como de hecho está sucediendo en España y en muchos otros países, en los que tantos ejemplos de comportamientos disciplinados y solidarios estamos viendo todos los días. Al mismo tiempo, tenemos que empezar a evaluar –en positivo– las lecciones que podemos extraer de lo sucedido, impulsando debates colectivos –y transversales– sobre los futuros optimizados en los que podemos y tenemos que trabajar a partir de las experiencias acumuladas, de los conocimientos disponibles y de los niveles de riqueza y capacidades productivas que habíamos alcanzado antes de la crisis.

Propuestas en las que coincidir

Posiblemente la primera conclusión en torno a la que existe un notable grado de consenso es que esta crisis ha evidenciado que, en última estancia, todos somos uno. Es decir, de crisis y situaciones como esta se sale unidos, y con solidaridad. Atendiendo a todos por igual, y no dejando a nadie tirado en la cuneta al albur de sus posibilidades. En nuestro tiempo ya no son posibles Arcas de Noé.

Los sociólogos y psicólogos sociales han estudiado ese espíritu de solidaridad y de comunidad que se suele desarrollar en momentos especialmente difíciles de la vida de las sociedades: ante las epidemias, ante las catástrofes naturales, ante peligros inminentes y palpables, ante las guerras… Ahora nadie puede negar que estamos ante uno de esos casos. Lo importante es entender que tendremos que continuar por la misma senda cuando nos enfrentemos a las duras condiciones económicas y laborales que vendrán a continuación.

Una segunda conclusión importante, conectada con la anterior, es que para enfrentarnos con ese espíritu solidario (necesario) a los retos económicos y laborales subsiguientes habrá que superar muchos de los prejuicios y criterios erróneos en los que se han sustentado las políticas económicas restrictivas que tanto nos han encorsetado durante los últimos lustros.

Al igual que ocurrió durante las dos grandes guerras del último siglo, una vez finalizadas, las sociedades también tuvieron que enfrentarse al reto de la reconstrucción, al pago de las deudas acumuladas y a la necesidad de ofrecer oportunidades laborales y de calidad de vida no solo a los excombatientes, sino también a los dañados por la contienda, así como a todos los que tenían el riesgo de verse precarizados y excluidos.

La experiencia histórica demuestra que los diseños sociales y económicos de respuestas posteriores a la Primera Guerra Mundial se hicieron mal. Por eso luego vinieron los conflictos sociales y políticos a gran escala, las crisis económicas (con la Gran Depresión), la bipolarización social y los extremismos políticos (con el nacional-socialismo y el estalinismo), y, al final, otra Gran Guerra mucho más destructiva e inhumana que la anterior.¿Acaso no habíamos aprendido nada?

Sin embargo, el diseño del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial se hizo mejor (al menos en una parte importante de mundo), con el Plan Marshall, una ONU igualitaria, el consenso keynesiano y un largo período de treinta años de paz social y progreso económico solidario, hasta la ruptura de los consensos en los años setenta del siglo pasado.

Por eso, ahora, es importante entender que los grandes retos y los diseños positivos de futuro van a requerir capacidad de consenso y disposición para las cesiones mutuas en beneficio de un interés general. De ahí que el mejor modelo deseable para la fase de reconstrucción –primero– y de nuevo impulso económico y social –después– posterior a la crisis del coronavirus tiene que ser algo parecido a lo que fue y representó en su día el consenso keynesiano de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Un consenso que habrá que poner al día, en el que se asuman, y tengan sentido y utilidad, iniciativas de impulso económico público-privado, estímulos al desarrollo, exploración de nuevas oportunidades de negocio y actividad laboral conectadas a la aplicación práctica de muchos conocimientos científico-tecnológicos hoy despreciados o infra utilizados, etc. Todo lo cual requerirá también una capacidad de endeudamiento y de financiación público-privada que, por necesidad, tendrá que ir más allá de los prejuicios y falsas nociones de ese oficialismo cortoplacista restrictivo que ha imperado durante las últimas décadas.

Una vez que superemos las crisis del coronavirus, tenemos que sacar las lecciones pertinentes de lo ocurrido, aprestándonos a impulsar grandes debates y consensos que nos permitan sentar las bases de sociedades en las que se utilicen mejor y más solidaria y humanamente todas las oportunidades que ponen en nuestras manos la revolución tecnológica y los avances de las ciencias sociales.

Esfuerzos de mentalización

Después de la crisis del coronavirus habrá que hacer un esfuerzo importante de mentalización, entendiendo que las nuevas realidades van a exigir nuevos enfoques económicos y sociales, y que aquellas sociedades que dejen excluidos en la cuneta y sin horizontes a amplios sectores de la población serán sociedades que estarán condenadas a la desvertebración y a la inflamabilidad social. Con todos los costes económicos, sociales, políticos y humanos que ello conllevará.

Además de los criterios de solidaridad, integración social y capacidad de interlocución, en las sociedades postcrisis los esfuerzos de mentalización para lograr una potenciación de la innovación deben llevarnos a plantear también la cuestión crucial de cómo se puede –y se debe– organizar el trabajo en la era de la robotización y la digitalización. Asunto crucial tanto desde una óptica productiva, como laboral y social, que nuestras sociedades no estaban planteando adecuadamente, debido al vértigo social que las nuevas posibilidades suscitan.

Algo lógico, pero inoperante. Sin embargo, la crisis del coronavirus está conduciéndonos a un escenario totalmente diferente, en la medida que muchas personas, empresas y entidades han visto en la práctica las posibilidades del teletrabajo y las enormes oportunidades que ofrece para la mejora de la calidad de vida, de la conciliación familiar y del ahorro de tiempo y costes en el trabajo, con las consiguientes mejoras –fluidez– en las comunicaciones, y los ahorros consiguientes en locales, energía, etc.

Consecuentemente, la expansión del teletrabajo será una tendencia irreversible después de la crisis, y una experiencia societaria que tiene potencialidades hasta ahora inexploradas, que van desde el rediseño de las cualificaciones, hasta la reorganización de las tareas; desde la reconformación de los espacios y funciones de los hogares y los lugares de trabajo, hasta la mejora de las oportunidades laborales de las personas con discapacidades, o con condiciones sociales especiales, etc.

Hacia un nuevo modelo societario de base humanista y solidaria

No es exagerado decir que los tiempos de la postcrisis pueden abrirnos la puerta a un nuevo mundo, a unas posibilidades inexploradas de una mayor y más inteligente explotación de los conocimientos y avances científico-tecnológicos que ha alcanzado la humanidad, y que todos nosotros –con inteligencia positiva– podemos lograr que se conviertan en conquistas sociales y humanas importantes.

Pues, en definitiva, de eso se trata. En tal perspectiva, tenemos que esforzarnos en lograr que en los debates políticos venideros predominen los criterios de inteligencia, diálogo y sentido común que guiaron a aquellos que al final de la Segunda Guerra Mundial y, después de un período horroroso de bipolarización social, confrontaciones políticas entre extremistas y una guerra que produjo enormes destrucciones, se sentaron y entendieron que era mucho lo que todos podían ganar si todos cedían un poco y lograban poner en marcha los fundamentos de sociedades libres, prósperas y solidarias mediante el desarrollo del Estado de Bienestar y las políticas propiciadoras de un práctico pleno empleo. Ese, creemos muchos, debe ser el empeño principal en el que debemos trabajar después de la crisis del coronavirus, sin olvidar, claro está, que un buen sistema sanitario y unas buenas políticas de Salud Pública, correctamente coordinadas y adecuadamente financiadas, sin recortes ni privatizaciones interesadas, son la mejor garantía para poder enfrentarse con éxito a amenazas como la del coronavirus. Amenazas que, posiblemente, no serán las últimas.

Publicado en Sistema Digital

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