#TEMP
lunes. 08.08.2022

La dignidad frente a la ideología

No hacemos más que oír loas a la labor de Suárez, a su perfil de hombre de Estado por encima de su ideología...

El domingo 23 de marzo de 2014 moría Adolfo Suárez, el primer presidente de la democracia española, el hombre que fue el que lideró el profundo cambio de régimen del Estado español que asombró al mundo y que durante muchos años fue un ejemplo para muchas de las transiciones de regímenes dictatoriales hacia democracias que se han producido en el mundo desde los años 70 del siglo XX. En estos días no hacemos más que oír loas a la labor de Suárez, a su perfil de hombre de Estado por encima de su ideología. Sin embargo, muchos de los que ahora le alaban, deberían callar la boca porque son puras antítesis a lo que este hombre significó y simbolizó.

En estas líneas me voy a centrar en un periodo de su presidencia, en el periodo en el que no tenía la legitimidad de las urnas ya que había sido designado por el Rey, en el periodo donde se gestó el actual régimen democrático. En concreto, es importante la etapa que va desde la aprobación de la Ley de Reforma Política tras el referéndum de diciembre de 1976 hasta la convocatoria de las elecciones de junio de 1977. Ese espacio de más de 6 meses fue el verdadero germen sobre el que se asentó el nacimiento de una nueva democracia, de una democracia que acabaría con los 40 años de dictadura de Francisco Franco.

Adolfo Suárez fue designado Presidente de Gobierno por el Rey el 3 de julio de 1976, tras la dimisión de Carlos Arias Navarro. Fue una conmoción para mucha gente que esperaba que Juan Carlos de Borbón eligiera a una personalidad más cercana a la oposición la que liderara el cambio. Todos aquellos que querían una democracia para España deseaban que el designado fuera José María de Areílza. Sin embargo, no fue así. En aquellos años el Presidente de Gobierno era elegido por el Jefe del Estado tras haber pasado el filtro del Consejo del Reino, quien presentaba una terna de candidatos para que se designara entre ellos al elegido. Con Franco en el poder esto era un trámite. El dictador decidía quién iba a ser el Presidente y el Consejo del Reino lo acompañaba de otros dos candidatos. Una vez muerto el tirano el Consejo del Reino sí que tenía intención de imponer a quién tenía que dirigir al país. El Rey y Torcuato Fernández Miranda organizaron el modo en que Suárez fuera elegido. No era un nombre incómodo para el Búnker franquista ya que era un hombre del Movimiento, un hombre que había ocupado altos cargos en la dictadura. Torcuato se lo presentó a uno de los Consejeros, Miguel Primo de Rivera, el mismo hombre que defendió la Ley de Reforma Política en el debate parlamentario que acabó con el aparato franquista, como algo necesario. De esa reunión del Consejo del Reino salió una terna formada por Adolfo Suárez, Federico Silva Muñoz y Gregorio López Bravo. Los favoritos para la prensa y para el pueblo, Manuel Fraga y José María de Areílza fueron descartados rápidamente, lo que denotaba el alejamiento del aparato franquista de la realidad, algo que actualmente está volviendo a ocurrir. Fue el día en que Torcuato Fernández Miranda dijo aquellas palabras que entonces eran un enigma: «Estoy en condiciones de ofrecer al Rey lo que me ha pedido». La perspectiva histórica nos hace comprender que lo que el rey le pidió a Torcuato era a Adolfo Suárez en la terna para poder encargarle el paso de la dictadura a la democracia.

Suárez formó un gobierno de gente joven, de gente de su generación y de la generación del Rey. A las críticas y el estupor consecuencia de su designación, se unieron las detracciones al gobierno de «penenes», como se les llamó. Eran todos hombres del Régimen, hombres que fueron valientes, hombres que dejaron su ideología de lado en favor de las necesidades del Estado, en favor de las verdaderas necesidades del pueblo. Eran hombres de derechas que priorizaron la dignidad del buen gobernante a sus ideas. La acción de gobierno estaba determinada, en primer lugar, por la derogación de las leyes franquistas. Sin embargo, ¿cómo iban a derribar el aparato dictatorial cuando los Procuradores en Cortes eran los elegidos a dedo, eran los garantes de la memoria de Franco? Había un proyecto de reforma política heredada del anterior gobierno, redactada por Manuel Fraga, que era un avance pero que se quedaba corta. Torcuato Fernández Miranda redactó a finales del verano del 76 la Ley y se la entregó a Suárez con unas palabras enigmáticas: «Aquí te dejo esto, que no tiene padre». Suárez lo presentó al Consejo de Ministros y entre todos hicieron las modificaciones que generó el texto que fue presentado en las Cortes. El debate fue muy duro, se escucharon graves acusaciones por parte del búnker. Ellos no se dejaron engañar por lo que se presentaba por parte del gobierno. Sabían que esa Ley finiquitaba 40 años de dictadura y no tenían intención de dar su brazo a torcer. La Ley de Reforma Política se aprobó por amplia mayoría y fue presentada a los españoles para que la aprobaran en Referéndum. A partir de ese momento Adolfo Suárez y su gobierno comenzaron a construir la democracia y a derribar el edificio franquista.

A partir de ese momento Suárez comenzó su labor política al margen de la actividad gubernativa. Ante él se encontraba con los altos poderes del Estado que se encontraban en manos de los albaceas de Francisco Franco y que no tenían la más mínima intención de ceder al pueblo lo que les robaron en 1936. Las presiones de personajes como Girón de Velasco o Blas Piñar a la acción de gobierno eran muy fuertes. Por otro lado, Suárez tenía a una oposición al Régimen que se había unido en la Plataforma de Organismos Democráticos, la Platajunta. Suárez se reunió con todos y cada uno de los representantes de esta oposición para conocer sus reivindicaciones y para presentarles su programa de acción. Con todos, salvo con los comunistas. Sin embargo, Suárez era un hombre de Estado. Sabía del desprecio que entre los autoproclamados albaceas de la obra de Franco se tenía hacia los comunistas. Sabía que los militares estaban pendientes del devenir de las medidas del gobierno y que estaban decididos a asaltar el poder si Suárez traicionaba el testamento del dictador. No obstante, Suárez creó una red de contactos con los comunistas a través de las reuniones entre José Mario Armero y Jaime Ballesteros. Esperó a que los españoles refrendaran la Ley de Reforma Política para comenzar a dar pasos firmes y negociar con la Comisión de los 9. Ahí se vio el talante de hombre de Estado, en esas negociaciones. Voy a citar los nombres de quienes conformaban esta comisión: Felipe González y Enrique Tierno Galván (socialistas), Santiago Carrillo (comunista), Francisco Fernández Ordóñez (socialdemócrata), Joaquín Satrústegui (monárquico liberal), Antón Canyellas (democristiano), Jordi Pujol, Julio Jáuregui y Vicente Paz Andrade (nacionalistas). Vemos cómo ahí estaban representadas casi todas las ideologías que se oponían al franquismo y que reclamaban un cambio hacia la democracia. Se negoció cada una de las reivindicaciones de esta oposición y Suárez las aceptó porque vio que era lo mejor para el país, para el pueblo. Por otro lado, esta Comisión de los 9 también tuvo que ceder a pretensiones más audaces con el fin de lograr que España recuperara lo que Franco les había arrebatado en 1936. En paralelo se siguen manteniendo las negociaciones con el PCE hasta llegar a la famosa reunión en el chalet de José Mario Armero entre Suárez y Carrillo. Dos meses después el Partido Comunista es legalizado, lo que provoca una crisis con los militares que podía llegar a tumbar todo el proceso. Suárez sabía que sin todos los partidos políticos legalizados no se podía hablar de una democracia plena, por muchas presiones que hubiera desde el búnker o desde la derecha que representaba al franquismo sociológico (el origen del actual Partido Popular). Era necesario y era casi obligatorio. Suárez resiste a las presiones y se llega al mes de junio de 1975, el momento en que se celebran las primeras Elecciones Generales libres desde febrero de 1936. El éxito de Suárez y del pueblo español lo vimos en la composición de las primeras Cortes, donde gentes tan opuestas ideológicamente como Fraga o Dolores Ibarruri, como Gutiérrez Mellado o Santiago Carrillo, como Felipe González o Gonzalo Fernández de la Mora. Todas las ideologías estaban allí, socialistas, comunistas, liberales, socialdemócratas, democristianos, «neofranquistas».

Adolfo Suárez gobernó hasta junio de 1977 tras la aprobación de la Ley de Reforma Política a golpe de Decreto Ley porque la situación lo requería, además de la necesidad de acelerar el proceso. Era el único modo por el cual el camino hacia la democracia no podía ser obstruido por las Cortes franquistas. Suárez dio derechos civiles a los ciudadanos, finiquitó las instituciones de la dictadura, legalizó a los sindicatos de clase, puso los mecanismos adecuados para la legalización de los partidos políticos sin tener que pasar por el filtro del poder Ejecutivo, recuperó para las nacionalidades históricas su identidad. Habló con todos, negoció con todos, impuso lo que había que imponer por necesidades del país. Escuchó la voz de la calle. Exactamente como ocurre ahora, valga la ironía, donde se legisla a golpe de Decreto Ley para evitar que las decisiones no tengan que pasar el filtro del Congreso, donde no se negocia nada y se impone igual que se haría en una dictadura.

Es evidente que la obra de Adolfo Suárez se quedó corta. Es evidente que no se devolvió a los españoles la posibilidad de elegir el modelo de Estado que se querían aplicar. Es evidente que no se restituyó la dignidad a quienes habían sido las víctimas del franquismo. Es evidente que creó un sistema electoral injusto al aplicar la Ley D’Hont. Es evidente que no se dio el paso hacia la laicidad y la libertad religiosa plena quitando los privilegios a la Iglesia Católica. Es evidente que no se tuvo el valor de dirigir la realidad territorial hacia un modelo federal que reflejara el verdadero escenario de las regiones de España con el fin de finalizar con el centralismo opresivo. Es evidente que a Adolfo Suárez le quedaron cosas en el tintero y que su obra dejó algunos debes, pero, tal vez, la situación sociopolítica de la época causara que la obra de Suárez fuera en trampolín hacia un modelo que habría que reformar una vez la sociedad española alcanzara la madurez democrática. Este punto no se quedó demasiado claro y quizá sea la principal tara de su obra.

No obstante lo anterior, Adolfo Suárez fue un político que antepuso la dignidad a su propia ideología. Adolfo Suárez fue un presidente valiente, un hombre osado, que se enfrentó a los poderes fácticos que le presionaban para que la transición hacia la democracia fuera más lenta o estuviera más escorada hacia la derecha, sin tener en cuenta a los partidos de la izquierda. Adolfo Suárez tuvo la valentía de gobernar para todos, no sólo para los «hijos de la buena estirpe», y, sobre todo, tuvo la decencia y la dignidad de dimitir cuando el pueblo español le había dado la espalda. Cuenta el periodista Fernando Ónega que uno de los momentos más duros fue cuando en un semáforo un taxista le retiró la mirada a Suárez. Ahí se dio cuenta que había perdido la confianza del pueblo. Ahora la dignidad política ha quedado presa de las ideologías. Mariano Rajoy antepone las verdaderas necesidades de los ciudadanos a su ideología. Mariano Rajoy no dimitirá porque se dé cuenta que su pueblo le ha dado la espalda. No tiene la dignidad del presidente Suárez.

Gracias, presidente Suárez por abrirnos el camino. Ahora somos nosotros los que tenemos que culminar la marcha, ahora somos los ciudadanos los que tenemos la responsabilidad en nuestras espaldas teniendo en cuenta que quienes nos gobiernan han perdido esa dignidad que él demostró.

Que la tierra le sea leve, presidente Adolfo Suárez.

La dignidad frente a la ideología