sábado 8/8/20

Siempre recto. Hasta el fin del mundo

Foto: Flickr Jachua
Foto: Flickr Jachua

Al ritmo que avanzaba el siglo XIX, avanzaba también la pebrina devorando los huevos de los gusanos de seda. Las hilanderías entonces pararían y las gentes morirían de hambre. Estudiando la situación, en la ciudad francesa de Lavilledieu, llegaron a la conclusión que el problema no podía ser resuelto. Pasteur no era digno de confianza y los remedio propuestos por los milagreros era siempre una estafa. Era mejor evitar el problema. Partir a buscar huevos sanos allá donde no hubiera llegado la enfermedad. Cada vez más lejos. Cada vez un poco más allá. Siempre recto. Hasta el fin del mundo. En ese fin del mundo libre de pebrina, se encontraba Japón. Un país tan aislado que todo lo que se sabía de él formaba parte de los cuentos. 

Durante años, no pude comenzar ese viaje, y fui esquivándolo. Dando rodeos que no me llevaban a ninguna parte. Busqué historias en los barrios y personajes en las calles, pero no acababa de encontrar la ruta. Tampoco vinieron los bárbaros, ni las vacas de Wisconsin. Allí seguía esperando la Seda de Alessandro Baricco a que llegara su momento. Espera la noche precisa en la que el camino estuviera libre y la mente preparada.

Entonces nos encerraron en una nueva normalidad obsesiva y creció el deseo de viajar a lugares cada vez más lejanos. ¿Y dónde quedaría, exactamente, ese Japón? Siempre recto. Hasta el fin del mundo. Y pasé otra noche sin dormir, siguiendo esa ruta que evitaba el problema que no podía ser resuelto. 

Entre la puesta y la salida del sol crucé la frontera cerca de Metz, atravesé Württemberg y Baviera, entré en Austria, llegué en tren a Viena y Budapest, para proseguir después hasta Kiev. Recorrí a caballo dos mil kilómetros de estepa rusa, superé los Urales, entré en Siberia, viajé durante cuarenta días hasta llegar al lago Baikal, al que la gente del lugar llamaba el demonio. Descendí por el curso del río Amur, bordeando la frontera china hasta el océano, y cuando llegué al océano me detuve en el puerto de Sabirk durante once días, hasta que un barco de contrabandistas holandeses me llevó a Cabo Teraya, en la costa oeste del Japón. A pie, viajando por caminos, atravesé las provincias de Ishikawa, Toyama, Niigata, entré en la de Fukushima y llegó a la ciudad de Shirakawa, la rodeé por el lado este, esperé durante dos días a un hombre vestido de negro que me vendó los ojos y me llevó hasta la aldea de Hara Kei.

Allí no pude parar y continué hasta el final. Hasta más allá del final. Y regresé y volví a marchar. Y regresé y volví a marchar. Siempre recto. Hasta el fin del mundo. Ida y vuelta. Hasta que amaneció. Y cuando volvió a salir el sol, volví a la realidad de estos noventa días. Puse la radio y escuché. La nueva normalidad seguía estando allí. No podía ser resuelta, pero tampoco evitada. Me fui temprano a hacer cola a la puerta del supermercado. En lugar de seda, compré mascarillas y desinfectante. El alcohol se acabó antes de que me llegara el turno. Había demasiada gente que había llegado a la misma conclusión sin dar tantos rodeos. Entonces recordé esa historia que contaba Baldabiou del hombre que se había hecho construir una carretera para él solo. Era toda recta, “centenares de kilómetros sin una curva. Había incluso un porqué, pero no lo recuerdo. Nunca se recuerdan los porqués. En fin, adiós.”

Siempre recto. Hasta el fin del mundo