jueves 29/10/20

De Suárez a las Marchas del 22M, el cambio imparable

La muerte de Suárez viene a recordarnos la muerte política de los impulsos de la transición 35 años después de su despliegue...

Dos acontecimientos históricos se han producido estos días a poca distancia el uno del otro, pero expresando dos realidades bien distintas que de forma divergente se alejan dibujando dos mundos, uno agotado que aún no ha desaparecido ni mucho menos y otro dando sus primeros balbuceantes y esperanzadores pasos.

Ya he expresado mis condolencias por la muerte del expresidente Adolfo Suárez, pero me resisto a no opinar de lo que políticamente representa su figura y su época, lejos pues de acatar el cierre de filas o la lectura única que el sistema impone de la “modélica transición política” que se le otorga a él y a una serie de dirigentes influyentes, entre los cuales está el Rey, de la “milagrosa reconciliación nacional”.

No voy a cometer el error de minusvalorar la capacidad de una parte del régimen franquista para diseñar una reconversión democrática que permitiese al dictador morir en la cama y avanzar en una nueva democracia parlamentaria, sin memoria, donde los principales actores económicos, militares y eclesiásticos mantuviesen los principales resortes de poder en nuestro país.

Pero hay que reconocer desde los demócratas y desde la izquierda, como mínimo, que sin la oposición democrática antifranquista ese cambio no se hubiese dado o se hubiese dado con mayores signos de continuidad, aun.

Claro que la correlación de fuerzas del momento fue la que impuso la profundidad o no del cambio democrático, pero casi 39 años, después de la muerte del dictador Francisco Franco, nos permiten desarrollar con espíritu crítico un análisis de los factores que permitieron esa transmutación del franquismo y su capacidad de pervivencia no solo para influir sobre el desarrollo de los acontecimientos, sino, para convertirse aún hoy en base sociológica de una derecha española que pivota la actual crisis en base a postulados claramente de base totalitaria, el tipo de acumulación capitalista, la corrupción y el desprecio por la democracia y el centralismo.

El diseño de los pactos de la transición comportaron una derrota histórica de las fuerzas de cambio y una reconversión tranquila de las fuerzas franquistas que sin convertirse en derecha democrática y moderna de estilo centroeuropeo mantuvo los principales resortes de poder para poder recuperar su influencia cuando la coyuntura en España y, sobre todo, el cambio de tendencia mundial con la crisis de los 70 y el inicio a finales de esa década de la expansión del neoliberalismo, la reconectara con los postulados ideológicos más extremos en América y Europa.

Las palancas para recuperar su hegemonía fueron aún los estertores de la guerra fría en clave OTAN y el nuevo modelo neoliberal de la CEE que se iba abriendo paso primero como única alternativa al bloque socialista y posteriormente como única lectura del “fin de la historia” que se convertía en el único orden mundial.

Por tanto los pactos de la transición estaban cargados de futuro, pero en el sentido de mantener las claves del poder en manos de esa derecha, y ejecutar una homologación a las democracias parlamentarias en el marco de la OTAN y la CEE, esa misma derecha tradicional, conservadora, ultra católica y militarista que se revolvió contra el Suárez Presidente y que diseñó el 23F, ante la voluntad de acometer cambios mas profundos, pero que usaron la UCD como un buen mecanismo de cambio lampedusiano.

Una de las claves de los pactos de la transición, con la Constitución de 1978 en el centro, es la posibilidad de su reinterpretación posterior en nuevas correlaciones de fuerzas con sus correspondientes hegemonías, ya que la derecha leyó con inteligencia la tendencia internacional anteriormente descrita y demostró gran capacidad de adaptación. Esa parte visionaria de Adolfo Suárez le distingue como persona inteligente que veía más allá que los sectores más reaccionarios de la derecha, pero que también construyó el entramado que finalmente relegaría a la izquierda política y a las fuerzas sociales de progreso a conseguir cuotas de gobierno pero no de poder real.

Evidentemente la resignación de los gobiernos del PSOE de Felipe González hicieron el resto para esa derrota histórica de la izquierda, ya que precisamente el legado de la visión de España de Suárez fue aplicado disciplinadamente por González y el PSOE, con una adaptación a las políticas atlantistas y neoliberales de la OTAN y la CEE, con sus correlatos posteriores de Maastrich y la UE.

En la Constitución todos los factores incorporados por la izquierda fueron inicialmente desarrollados en un Estado del Bienestar (en España llego solo al medioestar, trabajo, educación, salud, vivienda) de libertades políticas y sindicales, de propuestas de autogobierno para Cataluña y País Vasco, e incluso de declaraciones de Estado Social y de supeditación al interés general, pero no se administraron mecanismos de garantía política y jurídica para su cumplimiento y si que se hizo en cambio con la propiedad privada y la economía de mercado, el papel del ejército como garante de la unidad de España, la Monarquía o los privilegios de la jerarquía católica.

El Estado de las Autonomías como propuesta descentralizadora era positiva pero tenía una clara voluntad disuasoria y difuminadora de la realidad plurinacional del Estado y del empoderamiento de sus distintos pueblos, por ello al cabo del tiempo se fue convirtiendo (en esa estrategia conservadora relectora de unos acuerdos abiertos) en limitadora y encotilladora.

Por ello la muerte de Suárez viene a recordarnos la muerte política de los impulsos de la transición 35 años después de su despliegue. Un sistema político (bipartidismo de PSOE+PP+CiU+PNV, Ley Electoral y Democracia de baja intensidad sin Transparencia y Corrupción generalizada), un sistema económico (dominio económico de grupos oligárquicos que concentran cada vez más acumulación y usan puertas giratorias en la política para afianzarla, que nos indujo a la crisis del 2008 y a sus aplicaciones de recortes y austeridad) y un sistema social (estado del medio estar y ante la crisis desposesión generalizada con perdida masiva de derechos y fractura social con precarización masiva).

Hoy todo ello no puede sostenerse, está en crisis profunda y solo la represión y el miedo que genera la precarización masiva han evitado hasta el momento la concentración y articulación mayoritaria y victoriosa de la alternativa.

Cuando hablamos de Ruptura Democrática nos referimos a eso, lo que no pudimos conseguir en 1978 intentarlo en 2014, ya que la única alternativa es la perpetuación de una crisis para la mayoría y la recuperación de beneficios para una cada vez más pequeña minoría.

Cuando hablamos de Proceso Constituyente nos referimos a eso, que la movilización y la participación política de la gente no sean amputadas o canalizadas por aparatos burocráticos en manos de oligarquías político-económicas.

Cuando hablamos de Nuevo País nos referimos a eso, una nueva República Federal Plurinacional con pueblos que voluntariamente definen un nuevo marco de convivencia entre ellos, vivir juntos por convicción e ilusión en una Democracia Social y Sostenible Avanzada.

Lo nuevo se expresó el 22M con las Marchas por la Dignidad, la historia de la movilización dentro de la crisis de 2008 tendrá como mínimo cuatro momentos, el 15M y lo que ha significado, las tres Huelgas Generales y Ciudadanas con su confluencia de clase trabajadora y luchas democráticas, la movilización por el Derecho Democrático a Decidir y su cuestionamiento del orden establecido de la segunda restauración borbónica y finalmente la confluencia de las mareas por la dignidad el 22M.

Si aprendemos a sumar, podemos vencer, siempre teniendo en cuenta que Gramsci nos recordó que en tiempos de cambio cuando está muriendo lo viejo y aún no nació del todo lo nuevo, aparecen monstruos. En Ceuta y en Colón sombras monstruosas nos recordaron que el sistema puede golpear y matar, pero somos una mayoría tan inmensa que algún día aprenderemos de verdad de nuestros errores y olvidos y ese día, estoy convencido, no puede estar tan lejos, después del 22M hay mas esperanza y el miedo de ellos puede notarse a larga distancia.

De Suárez a las Marchas del 22M, el cambio imparable