sábado 04.04.2020

“Vivir a ciegas”

“En los tiempos difíciles hay que endurecer el corazón sin perder la ternura...”
Ernesto Che Guevara


Como la vida, la política está plagada de tópicos que nos venden la ilusión de la certeza, de la seguridad; pero, a poco que nos adentremos en sus meandros y recovecos, nos descubrimos transitando por las arenas movedizas del miedo; ese miedo que, para que el monstruo funcione, intentamos esconderlo lo más posible. Por más que se hable de él, ignoramos qué es ese pequeño monstruo que hemos llamado “coronavirus” y que ha accedido de repente a nuestros más profundos miedos. Experimentamos una suerte de ansiedad que nos hace incapaces de describir y descubrir el inseguro equilibrio entre nuestro mundo físico y el mental. Un mundo que creíamos ordenado y sensato, invadido por “el bichito”, aparece hoy caótico y desequilibrado, cayendo, inocentes mortales, en la trampa de “su regia corona”. Estamos intentando inventar el paracetamol porque, atemorizados, no somos capaces de soportar un dolor de cabeza.

En “Sapiens. De animales a dioses”, obra de Yuval Noha Harari, el autor explora cómo las grandes corrientes de la historia han modelado nuestra sociedad; en ella narra la historia de una humanidad provocativa donde la crueldad gana a la ética; en su final se pregunta: ¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren? El hombre ha empezado a quebrantar las leyes de la selección natural, sustituyéndolas con las leyes del diseño inteligente. Asegura que el objetivo principal de la revolución científica es derrotar a la muerte. Con su hipersuficiencia científica confía en su capacidad para producir “superhumanos”, si no inmortales, sí “amortales” al prolongar los años de vida; la “amortalidad” está a la vuelta de la esquina: la genética molecular, la biotecnología, el desarrollo informático, la nanotecnología y la medicina regenerativa…, están avanzando a pasos agigantados; en cambio, podríamos morir si alguien nos atropella o asesina, o un meteorito o una “pandemia desconocida” invade el universo. Es el “Proyecto Gilgamesh”, según el cual, la teleología de la revolución científica es proporcionar a la humanidad la vida eterna: Frankenstein a hombros de Gilgamesh. En la Epopeya de Gilgamesh, los dioses consideraron que “el gran rey, el hombre” era demasiado orgulloso y arrogante, por lo que deciden darle una lección enviando al hombre salvaje, Enkidu, a humillarlo. Gilgamesh busca la inmortalidad en un contexto narrativo sombrío, caracterizado por la soledad y el miedo a la muerte. Hoy Enkidu se llamaría “Coronavirus”.

Estamos viendo la fragilidad de una humanidad que está a punto de caer en el peor de los miedos, no por la invasión de poderosos marcianos sino por desconocidos e imperceptibles seres: esos virus coronados

Estas ideas, llenas de mitología, no son para creer sino, como en los mitos y en las fábulas, para reflexionar y, más, en las actuales circunstancias en las que los dilemas éticos y vitales son importantes, pues la vida es mucho más poderosa que la imaginación creativa. Aunque la muerte da sentido a la vida, lo cierto es que a todo el mundo nos hace felices que se eliminen las enfermedades y nos ilusiona la posibilidad de vivir más y mejor. Sin embargo, estamos viendo la fragilidad de una humanidad que está a punto de caer en el peor de los miedos, no por la invasión de “poderosos marcianos” sino por desconocidos e imperceptibles seres: “esos virus coronados”, que están humillando nuestra soberbia de “Gilgamesh”; de un Gilgamesh que finalmente fracasó sin lograr ganar el sueño de la inmortalidad.

La historia del fracaso de Gilgamesh de realizar su sueño de inmortalidad es hoy un aviso cuya lección debemos aprender. Lo describía magníficamente David Trueba, el director de cine y escritor, en su artículo “La distopía nuestra de cada día”, en el diario El País. Con el fin de comprender la verdad de los errores de nuestra arrogante Europa, dibujaba una distopía representando un futuro alienado y hostil que nos invita a mirar el presente como un eslabón doloroso entre un pasado ficticio pleno de felicidad y un fatal porvenir. Ante el espejo de la realidad, imagina una posibilidad, una tragedia revertida que nos debe hacer reflexionar: consiste en tratar de ponerse en la piel de los otros, de los que sufren, de los que huyen, de los que no tienen nada porque las guerras y la miseria les han arrebatado el suelo donde crecieron. Imagina que el contagio del coronavirus se extiende por Europa de manera incontrolada mientras que, en el continente africano, por las condiciones climáticas, la contaminación no tiene incidencia. Los europeos, aterrados, buscaríamos escapar de la pandemia camino de la frontera africana y cruzar en miserables embarcaciones el Estrecho; pero las inexpugnables e hirientes concertinas frenarían el paso; las fuerzas del orden norteafricanas dispararían contra los europeos sin piedad, les gritarían: “iros a vuestra casa, dejadnos en paz, no queremos vuestra enfermedad, vuestra miseria, vuestras necesidades”. De conseguir pasar alguno, se le encerraría en cuarentenas inhóspitas, despojado de sus pertenencias, de sus afectos, de su dignidad. Esta imaginativa distopía, no imposible, pone a la cómoda e insolidaria Europa ante el espejo de sus vergüenzas. La dura realidad, la globalización, tiene su propia manera de reequilibrar las cosas según sus propias leyes cuando las alteramos, como sucede con el cambio climático y nuestra insensibilidad ante las leyes de la naturaleza.

La sociedad humana se nos presenta como una especie cargada de conflictos de distinta intensidad; unos, importantes, otros, en cambio, de relativa importancia al entrar en la normalidad de la convivencia por el simple hecho de estar siempre en constante relación con nuestros semejantes, ya de forma individual ya de forma social y colectiva; con el fin de evitar que los conflictos dominen nuestra existencia debemos mantener una actitud asertiva buscando soluciones democráticas, objetivas, pacíficas; la mejor opción para solucionarlos, en un horizonte de comprensión, como dice Adela Cortina, es el dialogo práxico, en el que cada uno es responsable de la solidaridad y de la responsabilidad compartidas, al ser conscientes de que de nuestras propias acciones depende no sólo nuestro destino y nuestros futuro, sino el de todos aquellos que con nosotros comparten vida e historia. Depende de todos, desde la funcionalidad de una sana convivencia, observar esta situación como una oportunidad de la que se pueden generar aspectos altamente positivos, dependiendo de la madurez emocional que los ciudadanos poseamos: recobrar la tranquila serenidad. El debate está servido y solo el tiempo decidirá cuál ha sido la respuesta correcta. De ser correcta, si todos remamos en la misma dirección, no cabe duda de que el futuro puede ser mejor de lo que pensamos.

Así lo considera el discutido científico estadounidense especializado en Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial, Raymond Kurzweil, en su libro “La ley de rendimientos acelerados”, en el que da a conocer su visión sobre los mecanismos que marcarán el progreso tecnológico de la humanidad en las próximas décadas. Su ley es, fundamentalmente, una apuesta decidida por las tecnologías; ellas han sido tremendamente beneficiosa para la humanidad en todos los aspectos, aunque muchas personas lo duden y le pongan trabas, al ver sólo sus inconvenientes. Nos viene a decir que, cuando cualquier campo de la ciencia es informatizada y monitorizada por computación, ese campo experimenta un crecimiento exponencial. En las ciencias de la salud, por ejemplo, en las que hasta ahora solo era posible utilizar el método “ensayo/error”, a través de monitorizar el genoma humano y ver qué genes son responsables de qué, a tiempo real, podemos saber si hay algún defecto genético en organismos menos complejos que el nuestro, pudiendo reemplazar unos genes por otros; es la llamada “terapia génica” cuya finalidad es corregir o potenciar algunos aspectos de la funcionalidad del individuo. Estos avances no hubieran sido posibles sin el crecimiento exponencial que hoy ofrece la investigación, la tecnología y la computación, siempre bajo la lupa y el freno de los dilemas morales.

saramagoPilar del Río, esposa de José Saramago, al presentar la novela “Ensayo sobre la ceguera”, nos dice que es un ensayo sobre la humanidad; una ficción que nos alerta sobre la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron. Narra cómo una ciudad se queda paralizada: una plaga de ceguera blanca afecta a toda la población. Saramago, premio nobel de literatura, construye a partir de esta situación una de sus más brillantes e inquietantes metáforas: no son ciegos, pero “están ciegos”. Con su lectura el premio nobel nos obliga a parar, a cerrar los ojos y, sin embargo, a ver; en este desconcierto real, traza una imagen aterradora y conmovedora del mundo en el que vivimos. “En un mundo así, se pregunta, ¿cabe alguna esperanza? Ensayo sobre la ceguera es una novela política, que muestra la perplejidad de los que no habían percibido la plaga que les estaba sobreviniendo; en su narrativa explica la frívola vacuidad de la política cuando los políticos no tienen en cuenta los problemas reales de los hombres. Un hombre parado ante un semáforo en rojo se queda ciego súbitamente. Es el primer caso de una “ceguera blanca” que se expande de manera fulminante. Internados en cuarentena o perdidos en la ciudad, los ciegos tendrán que enfrentarse con lo que existe de más primitivo en la naturaleza humana: la voluntad de sobrevivir a cualquier precio. Nos coloca en un escenario, en el que un grupo de seres humanos es confinado por padecer una especie de ceguera; en ese ambiente carente de todo, se va desarrollando una trama dura, difícil. La trama transcurre mostrando que, al principio, tratan de vivir con lo que desde el exterior les llega. La situación cada vez empeora por la llegada de nuevos infectados, hasta que llega un último grupo que valiéndose de armas se adueñan de los víveres y desatan la más inhumana de las historias. En ese ambiente, el ser humano se despoja de dignidad, con el fin de llevar un poco de pan a su boca, cosifica y permite violaciones por el pretexto de la comida, sabe de la maldad, pero la permite y hasta la fomenta. Nos acercamos a una problemática de carácter social, personal e individual. Sólo queda una esperanza: cómo los seres humanos podrán recobrar la dignidad.

Hace algunos días que vivimos en noche cerrada y es difícil imaginar un día en el que será ya día

Ignoro si Saramago poseía el don, el carisma de la adivinación, pero con su novela adelanta una situación parecida a la que hoy padecemos. Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, esa cosa, eso que no tiene nombre es lo que somos: engreídos “Gilgamesh”, pero que, de repente, mostramos una inevitable debilidad, “vivimos a ciegas”: somos ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven. Es el momento para reflexionar sin otro horizonte que la realidad que nos rodea: ¿qué podría suceder en una situación en la que se pierde la calma, se olvidan los valores y las normas de la conducta y, peor aún, en la que no hay un gobierno o una administración que regule, ordene y guíe esta situación? Saramago nos da una idea de lo que podría ser una sociedad así en la que, si no se rema en la misma dirección, la conclusión es el caos, el apocalipsis. De ahí que se pueda afirmar que la vida ética política es más creadora que la inteligencia política porque piensa cómo conducirnos en el modo de vivir: nos enseña el valor de la autonomía y solidaridad humana y la necesidad de un consenso, entendido como concordia y no como estrategia, para organizar la vida social y política.

Hace algunos días que vivimos en noche cerrada y es difícil imaginar un día en el que será ya día. Frente a este pesimismo colectivo, debe amanecer el optimismo de la esperanza si sabemos qué hacer con ella. Ante la ceguera se preguntaba Saramago: ¿cabe alguna esperanza? La respuesta no debe ser otra que, a pesar de la ceguera y del “coronavirus”, nos queda una esperanza: saber cómo el ser humano podrá recobrar en solidaridad su dignidad y la confianza de unos con otros hasta conseguirlo.

“Vivir a ciegas”