miércoles 21.08.2019

Con Unidas Podemos, sí; con Iglesias, no

“No te afanes, alma mía, por una vida inmortal,
pero agota el campo de lo posible”.

Píndaro (IIIª Pítica)


El mito de Sísifo, ensayo de Albert Camus, uno de esos escritores que te sumerge en una lectura de la que, iniciada, resulta imposible abandonarla, se abre con la cita de Píndaro, cita que encierra todo lo que quiso decir en sus escritos: que el compromiso y la responsabilidad están en nosotros, no en los discursos de los otros; que es mejor desear lo posible que la imposibilidad de la inmortalidad. En su obra, resumida en “El hombre rebelde”, Camus se empeña en construir un hombre que se rebela contra los miedos instituidos por las políticas y las religiones; sobrevivió en un tiempo confuso, violento y triste, pero “nec metu, nec spe” (sin miedo ni esperanza), lema de los estoicos, esa impasibilidad deseable del hombre sabio. Uno de los capítulos que Camus desarrolla en ese magnífico ensayo lo titula “Los muros absurdos”; afirma que, al igual que las grandes obras, los sentimientos profundos declaran siempre más de lo que dicen conscientemente. La constancia de un movimiento o de una repulsión en el alma se vuelve a encontrar en los hábitos de hacer o de pensar y tiene consecuencias que el alma misma ignora. Los grandes sentimientos pasean consigo su universo, espléndido o miserable; iluminan con su pasión un mundo en el que vuelven a encontrar la calma.

Como en toda reflexión, cada palabra necesita de otra que le ayude a explicarse. Hablar, escribir o comunicar se convierten en una aventura, en una búsqueda del camino que conduce a quien te quiera escuchar o leer. Detrás de una palabra viene otra y después otra, como pájaros a los que se les abre la puerta de la jaula para que vuelen, sin saber bien a donde irán. Son como las conclusiones de un artículo que al iniciarlo no sabes cómo acabará, pero que, como las últimas páginas de un libro, se han anunciado ya en las primeras; como en los muros absurdos que describe Camus, hay distintos universos: de la envidia, de la ambición, del egoísmo o de la generosidad...

Todos los partidos deberían renunciar al cálculo de sus réditos electorales, a plegar sus egos y sus protagonismos por el bien común

Es bueno analizarlo: hay universos de envidia, de ambición, de egoísmo, de generosidad... Camus inicia “El hombre rebelde” con esta frase: “Hay crímenes de pasión y crímenes de lógica. La frontera que los separa es incierta”. Remedando a Camus, “hay errores (crímenes) por torpeza y errores (crímenes) por soberbia”, pues la frontera que los separa la desconocemos. En este complicado puzle en el que hay “egos” que miran a los otros por encima del hombro y que vetan el entendimiento, son necesarias las renuncias “personales” para conseguir conquistas para los demás. Hay que apelar a la responsabilidad, al “universo de la generosidad”. Desde la ciudadanía, y más desde la izquierda, se pide, se está exigiendo, que este país necesita un gran acuerdo en el que todos o la mayoría salgan ganando; implica que todos los partidos deberían renunciar al cálculo de sus réditos electorales, a plegar sus “egos” y sus protagonismos por el bien común, ampliando el “universo de la generosidad”; incluso, a renuncias personales, aunque existan derechos legítimos o porque alguno -¿por qué no Iglesias?-  dé un paso atrás. Es engañoso -la realidad confirma el postureo cuando se trata de ocupar “sillones”- ese mantra que muchos políticos proclaman: estoy en política de forma altruista, por generosidad, por servicio y dedicación a los demás, por vocación, no por intereses personales. La realidad es que muchos, demasiados, están para alcanzar sus ambiciones y aspiraciones personales, por encima de los intereses de los ciudadanos; ansían ser elegidos y no preteridos. De no conseguirlo, “portazo y a otra cosa”; mejor, “a buscar la conveniente puerta giratoria”. Decía Leonard Cohen, poeta, novelista y cantautor canadiense y explorador de temas varios que “con el poder mantenemos una relación ambigua: sabemos que si no existiera autoridad nos comeríamos unos a otros, pero nos gusta pensar que, si no hubiese gobiernos ambiciosos, los hombres se abrazarían”. En estos tiempos de ambiciones de poder hay que darle la razón, ciertos políticos, más que ayudar, estorban. Con sana ironía lo decía otro canadiense, el escritor y dramaturgo Douglas Coupland: “Sería deseable que todo el que quisiera presentar su candidatura para un cargo político pudiera explicar por qué lo desea. El simple deseo, sin razones generosas que lo justifiquen, por sí mismo, sería razón suficiente para su exclusión”.

Cuando no hay sinceridad, cuando se carece de honestidad y domina la impostura, suele suceder que los decorados se derrumban y se hace patente la endeble miseria y la verdad de las imposturas. Es entonces cuando en momentos de inconsciencia, el aspecto mecánico de los gestos, la pantomima del postureo carente de humildad, hace patente al “estúpido” que hay en cada uno; es como aquella persona que habla por teléfono detrás de una pared de cristal; no se le escucha, pero, por su mímica, se adivina su ánimo: tranquilidad, enfado, tristeza, sonrisa, odio… Entonces deduce: “algo le pasa”. La inteligencia, también la política, sabe interpretar los mensajes, incluso no verbalizados, pero la ambición obnubila las mentes. No tiene madera de buen político el que no es capaz de interpretar la realidad, sondeando el sentir de la calle. Eso le está pasado a Iglesias y a la lideresa de Unidas Podemos. El pasado martes en La Sexta, Antonio García Ferreras entrevistaba a Iglesias; en ella, el líder de UP dinamitaba, una vez más, los puentes con el PSOE. Si existía alguna duda sobre sus ambiciones, las despejó. A la pregunta: ¿Es una condición inexcusable que se siente usted en el Consejo de Ministros? Con esa verbosidad que le caracteriza, con la que repite de mil formas las mismas ideas reiterativas y monotemáticas: “No tengo pensado dar un paso atrás y renunciar a formar parte del gabinete de Sánchez para facilitar el acuerdo con el PSOE”, respondió, dejando al descubierto de forma clara que esa pretensión era clave para llegar a un acuerdo. “Nunca el presidente Sánchez me ha dicho que no me quiere en el Consejo de ministros. Si me lo dijera, le diría, ¡Explíqueme por qué!”.

Hay que decirles a Pablo y a Irene lo que el polifacético escritor suizo Dürrenmatt decía: “¡qué tristes son los tiempos en los que es necesario explicar lo evidente!” y recordar a Iglesias, quien en la entrevista con Ferreras presumía sin pudor de sus muchos títulos académicos comparándose con Sánchez, que la prudencia y sensatez son virtudes intelectuales que disponen a comprender y ajustar la actuación a la complejidad de las circunstancias en cada momento. Los clásicos griegos -es recomendable acudir a ellos-, llamaban “hybris” a esa suerte trágica en la que incurrían algunos de los principales personajes de las tragedias griegas: obcecación o ceguera mental causada por la obstinada y altanera soberbia de un personaje en sus normas de conducta. Hoy lo llamaríamos “cinismo ególatra”. A quienes más daño hace es a quien la posee y a los que él como líder dirige. Se atribuye a Eurípides aquel dicho de que “cuando los dioses quieren destruir a un hombre, primero lo enloquecen”. Los emperadores romanos aprendieron la lección; los acompañaba siempre un lacayo recordando que eran hombres y no dioses.

Podría preguntarse Iglesias que tal vez sea él el problema y la razón de la desconfianza de Sánchez para su inclusión en el consejo de ministros

Está comprobado que “indignarse” no ha sido suficiente. Aquel entusiasmo colectivo que significó el 15M y el surgimiento de Podemos, ¡qué rápido ha comenzado a desilusionar! La gente que confió en ese proyecto ilusionante, hoy se encuentra desorientada; se desdibujan los programas y se acentúan los personalismos, la inmadurez política, las deslealtades: todo un carrusel emocional de ambiciones; el primer paso para buscar solución a los problemas es reconocer que existen y quién es el responsable. Podría preguntarse Iglesias que tal vez sea él el problema y la razón de la desconfianza de Sánchez para su inclusión en el consejo de ministros. Tal vez no sea un veto sino el deseo de evitarse futuros problemas en un gobierno sin cohesión e imprevisible. Mientras no se reconozcan y acepten, el espectáculo -tal vez el ridículo- puede aumentar. Unidas Podemos ha empezado a perder identidad y a descender en intención de voto. De aquel “asalto a los cielos”, se ha iniciado el “descenso”. Las incoherencias se están manifestando hasta situar a cada uno en su lugar. Con triste ironía hay quien señala: Podemos se está quedando en Pudimos”. Su brusca y meteórica aparición, anticipa ahora una progresiva y gradual irrelevancia.

Titulaba las reflexiones de mi anterior artículo “Necesito culpables”, en referencia a la cita de “Calígula”, aplicada a las políticas que los líderes de Ciudadanos están practicando. No considero desacertado extender lo mismo con “Unidas Podemos”; se exoneran de su responsabilidad sobre qué votar en la investidura de Sánchez y “endilgan” la tramposa pregunta a “los inscritos y las inscritas”, con una artera maniobra plebiscitaria. Recurren a las bases para blindar su postura negociadora con una consulta dirigida y condicionada. Los ciudadanos les han votado para que “resuelvan” sus problemas, no para que los “devuelvan” a la militancia. Ya lo hicieron con el tema del “chalet de Galapagar”. Ni siquiera entonces hicieron una responsable autocrítica y así les ha ido en las elecciones; y así les irá en las próximas, a la irrelevancia política si se abstienen o votan no, forzando unas nuevas elecciones.

La investidura no es negociable; ignoro si los líderes políticos están de acuerdo; sí lo están, en cambio, la mayoría de los ciudadanos. Ni el PP ni Ciudadanos, por razones de Estado y la necesaria gobernabilidad del país, demasiados meses ya en “stand by”, deberían votar negativamente; la abstención sería la única democrática y necesaria opción; ¿la razón?: Sánchez ha sido la lista más votada. Por otra parte, Unidas Podemos no puede estar especulando con la posibilidad de celebración de nuevas elecciones, ni siquiera con la de agotar el plazo de dos meses desde la primera votación de investidura. Decía Tierno Galván, el sabio y viejo profesor, que “el poder es como un explosivo: o se maneja con cuidado, o estalla”. Algo parecido había dicho ya Tácito que “para quienes ambicionan el poder no existe una vía media entre la cumbre y el precipicio”. Estamos al borde del precipicio y sería una irresponsabilidad no dar un paso atrás para evitarlo. A los malos líderes, a los actuales “hiperlíderes”, les ocurre como al nogal, no deja crecer nada bajo su sombra. Hay que decirle a Iglesias que no hay problemas, él es el problema.

La generosidad como ética política implica dejar de mirarse el ombligo y aceptar los retos que la ciudadanía demanda

Hoy, día 18, resulta complicado imaginar, desde el razonamiento de la sensatez, qué sucederá el día 23. La locura de la ambición la estamos viendo en La Rioja. La candidatura de Concha Andreu, candidata socialista a presidir el Gobierno de La Rioja, ha fracasado en su investidura al no contar con el apoyo de la única parlamentaria de Podemos, Raquel Romero, elegida, por cierto, a dedo por Pablo Iglesias. Con su único voto, exigía como condición entrar en el Gobierno con “plurales consejerías”. Aunque legítimo, la señora Romero ha sido el mejor modelo de lo que es un esperpento. Esta diputada de Podemos, recién aterrizada en la política riojana, utilizando como argumento y razón intelectual de su negación la fábula de Esopo “La zorra y el cabrón”, desconoce qué significa el sentido de realidad y de la proporcionalidad; carece de generosidad e inteligencia política y de la cultura del pacto. La generosidad como ética política implica dejar de mirarse el ombligo y de aceptar los retos que la ciudadanía demanda; ignora que el protagonismo es de la sociedad; quien no lo entienda sucumbirá en su propia estupidez.

Los partidos encauzan sus acciones legítimamente para acceder al poder político, conseguir transformar la realidad que es su objetivo y adecuarla a lo que consideran lo mejor para la ciudadanía, gobernando, legislando o influyendo en la toma de decisiones. Desde la legalidad de los medios, ambicionar el poder es legítimo, pero no a cualquier precio; la ambición desmedida, el ansia de poder y gobernar a cualquier precio, es la “prueba del nueve” que demuestra la inmadurez de un político. La entrevista de Iglesias en La Sexta fue bochornosa. ¿Acaso adolece Iglesias de asesores sensatos que le aconsejen? El líder de Unidas Podemos afirmó en la entrevista: “Creo que yo podría jugar un papel en el gabinete de Pedro Sánchez”. Considera que el PSOE no puede “vetar” a ningún miembro de su partido y que no contempla ceder en ese punto: no acepta vetos, asumiendo la posibilidad de que la investidura fracase al descartar moverse de su posición. El señor Iglesia confunde “vetar” con “nombrar o designar”. Vetar puede significar “prohibir”, “excluir, “impedir”. Nombrar o no, es otra cosa. Hoy Pedro Sánchez, presidente en funciones, ha desvelado en la reunión con su ejecutiva que Pablo Iglesias para votar sí a su investidura, exigía la Vicepresidencia social y las áreas de Hacienda, Empleo y la portavocía del Gobierno o la comunicación. De ser así, iniciar los acuerdos “por el tejado” (exigiendo sillones) y no por los cimientos (un programa razonable de políticas progresistas y sociales) es una irresponsabilidad y un despropósito.

Según el artículo 100 de la Constitución, dentro de las funciones del presidente del gobierno, los ministros del Gobierno son nombrados por el Rey, a propuesta del Presidente”. Y ¿a quién propone el presidente?: a quien considera que puede garantizar con su valía personal y profesional la coherencia estratégica, la unidad organizativa y la coordinación de las funciones de los ministros, según el artículo 98.2. “El Presidente dirige la acción del Gobierno y coordina las funciones de los demás miembros del mismo, sin perjuicio de la competencia y responsabilidad directa de éstos en su gestión”. La lógica política, señor Iglesias, dice que al igual que según el artículo 25 de los Estatutos de Podemos, como Secretario General, usted ejerce la representación política e institucional del partido para asegurar la coherencia estratégica, la unidad organizativa interna y la coordinación de las áreas ejecutivas del Consejo Ciudadano Estatal y “elige o propone” a quien mejor pueda garantizar dichas funciones, tendrá usted que admitir que el señor Sánchez proponga a quienes considere que pueden garantizar lo que expresamente señal el artículo 98.2. Hay miles de españoles posibles a proponer para ministros o ministras, pero “no los veta”, simplemente “no los propone”. ¡Tan hábil para algunas cosas y tan obtuso para comprender esto! Usted, como persona y teniendo en cuenta su perfil personal y político, no encaja para asegurar la coherencia estratégica del gobierno que, en su derecho constitucional y legítimo, el candidato a presidente señor Sánchez quiere proponer al Rey. Además, no es imprescindible estar en el Gobierno para sacar adelante medidas sociales, lo importante es saber qué proyecto político pueden pactar y firmar y, posteriormente, vigilar mediante una comisión también pactada para que se cumpla. Ningún proyecto político encierra todas las soluciones a todos los problemas. La solución está en el pacto y en el diálogo, en el proyecto común compartido.

Debe comenzar a preocuparse y a peguntarse si está realmente capacitado o no para lo que pide y exige; si realmente encaja como ministro en el futuro gobierno del candidato Sánchez o sería un elemento distorsionador por su afán de protagonismo. No es “un veto” pera tampoco “una opción”. Creo, incluso, que su opción como ministro no la desea la inmensa mayoría de los ciudadanos españoles, ni siquiera lo ve aceptable un número importante de sus votantes. Es posible que hoy jueves 18, cuando cierro estas reflexiones y se conozca ya el resultado del escrutinio al que ha sometido a los “inscritos e inscritas” de su partido con esas preguntas trampa, los datos le sean favorables. No lo dudo; pero desde la lógica aristotélica sabemos que en cualquier escrutinio las preguntas retóricas tienen un alto porcentaje de respuestas predecibles, pues la propia pregunta sugiere ya la respuesta al proponer la confirmación de lo preguntado. De ahí que, incluso, no pocos de los dirigentes de Unidas Podemos y sus confluencias, consideren que el escrutinio al que han sometido a sus inscritos e inscritas ha sido inconveniente. Han pasado del “Programa, programa programa” de Julio Anguita, que ilusionó en el 15 M, al “Sillón, sillón, sillón” que hoy exigen. Poco queda ya de aquel partido que despertó esperanzas en una nueva izquierda.

En un proyecto coral, nadie es imprescindible. Algo tan obvio, puede no parecerlo a quienes se creen imprescindibles. Una elevada autoestima puede llevar a situaciones de estrés de engreimiento y ridículo, difíciles de superar. Produce rechazo moral contemplar a aquellos que, como “drones humanos”, se elevan despreciativos por encima de los demás, considerándose, en expresión de Galeano, “los alguien”: los que siempre se sienten triunfadores, los imprescindibles; los que, por la adulación de otros, se consideran los mejores; los que buscan el poder con la ayuda de otros y, si no lo consiguen, les dejan en la estacada; quienes se creen superiores por haber alcanzado en política, con el apoyo del partido, lo que no hubiesen alcanzado por méritos propios; los que quieren ser obedecidos pero no saben mandar; los que prometen lo que saben que no pueden cumplir; los que no se arrepienten de los errores cometidos…

El señor Iglesias pone líneas rojas a un gobierno posible de centro izquierda, plural, pero que lo invalida simplemente porque “no está él”

Si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho que tiene la gente a poder decirles a los que les piden su voto aquello que no quiere oír. Todos los partidos políticos afirman que desean el diálogo y recuperar la relación de convivencia ciudadana; la realidad nos dice, en cambio, que están más preocupados por impedir que sus relaciones encajen al tener proyectos encontrados y enfrentados; una forma insidiosa de falsear la realidad es presentarla de forma incomprensible. Un hombre, un político, vale lo que vale su palabra y su generosidad. Lo único que la ciudadanía tiene claro, de acuerdo al resultado electoral del 28A, es que el Gobierno tiene que estar presidido por Pedro Sánchez; condicionar su investidura a una determinada composición del Gobierno, es, cuando menos, discutible. Rectificar no es fácil; pero cuando se yerra, no hay más remedio que hacerlo, porque la alternativa de unas nuevas elecciones o que gobierne la derecha, es aún peor. Lo tengo claro; para ello me apoyo es una de las “historias” que cuenta la historia (hoy, tal vez, una “fakenew”). Cuentan las crónicas que Bertrand Du Guesclin, el famoso caballero francés, en la lucha de Enrique II de Trastámara, único hijo superviviente de los bastardos de Alfonso XI de Castilla, en contienda fratricida con su hermano Pedro I el Cruel, intervino sujetando al rey Pedro para que Enrique aprovechara y le asestara una estocada mortal. Tras la lucha, el caballero francés se justificó con la famosa frase: “Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”. A mi entender, escuchando la entrevista de Iglesias con Ferreras en la Sexta, su soberbia le excluye. Entre él y el presidente en funciones, como Du Guesclin, “ni quito ni pongo rey, pero prefiero a Sánchez”.

Afirmaba el novelista Edmond Thiaudière que “la política es el arte de disfrazar de interés general el interés particular”. Da la sensación de que la opinión de este novelista es aplicable al señor Iglesias; para una gran parte de españoles no es un político confiable; no puede enturbiar lo que es claro por sus ambiciones dudosas; ¿no le parece suficiente y deseable apoyar un programa pactado que incluya propuestas realizables, que refleje una verdadera política de centro izquierda, en la que alguien de la línea de Unidas Podemos esté en el gobierno?; ¿es sólo posible el pacto si está él?; el señor Iglesias, al que nadie llama “idiota”, pone líneas rojas a un gobierno posible de centro izquierda, plural, pero que lo invalida simplemente porque “no está él”. El recelo entre ambas partes es precisamente lo que imposibilita cualquier avance. Si finalmente el acuerdo no es posible, si lo razonable no se posibilita, demorar el tiempo, procrastinar las decisiones es perder un momento oportuno de nuestra historia; permitir ese desatino es traicionar a los ciudadanos que han votado y, en especial, a aquellos que, con un proyecto de gobierno social, esperan con ansiedad que sus vidas mejoren y su dignidad ciudadana esté garantizada. Si es bueno acudir a los clásicos también lo es acudir a la Biblia. En Mateo 6,33 se dice: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, que todo lo demás se os dará por añadidura”. Yo lo redacto así: Buscad primero el bien de los ciudadanos y entonces todo lo demás vendrá por añadidura. Como en Ferraz hace meses se decía “Con Rivera, no”; hoy se podría decir: ¡Con Unidas Podemos, sí; pero con Iglesias, no!

El pacto es necesario porque el tiempo se está agotando y la paciencia de los ciudadanos también.

Con Unidas Podemos, sí; con Iglesias, no