viernes 10.07.2020

Torpezas deterministas

“Los hombres se equivocan, en cuanto piensan que son libres; y esta opinión solo consiste en que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas por las que son determinados. Pero la voluntad no es infinita, no se extiende más allá de lo que percibimos y de lo que concebimos”. (Baruch Spinoza, Ética).


La reflexión filosófica y la crítica no debe ser otra cosa que incordiar y señalar lo que debe ser modificado para no repetir los errores; es decir, un verdadero antídoto frente a la banalidad de los políticos. Desde hace años paso por delante de los cines Renoir cercanos a la plaza de España. En cartelera estaba anunciada una película francesa para el 8 de marzo; poca gente la ha podido ver; la pandemia ha cerrado todos los cines de España; aún hoy se puede ver el cartel; ¿el título?: “Lo mejor está por llegar”. Siempre que lo leo no sé si es una burla cínica o el anuncio futuro de una irónica “distopía” de lo que nos espera. En expresión de Winston Churchill, “el pesimista ve la dificultad en cada oportunidad y el optimista ve la oportunidad en cada dificultad”. En esta época de desescalada de “postcoronavirus”, ¿en qué lado de la frase se está situando la ciudadanía española de cara al futuro?, ¿en el marco de optimismo o en el agujero de pesimismo? Como cantaba Jarabe de Palo: “Depende, todo depende”; depende de quién lo diga y cómo le vaya la vida. ¡Qué fácil le resulta a Felipe VI en su mensaje televisado al país, pedir unidad y solidaridad y confianza en la capacidad de la sociedad española para superar una crisis sanitaria! Qué poco le cuesta decir que “Este virus no nos vencerá. Al contrario. Nos va a hacer más fuertes como sociedad; una sociedad más comprometida, más solidaria, más unida. Una sociedad en pie frente a cualquier adversidad”. Sus deseos no se están cumpliendo y, con el sesgo “determinista” que tiene la historia, determinismo del que escribiré más adelante, no se cumplirán, como no se cumplirán las palabras del presidente Sánchez de que, en esta situación de pandemia, “ningún español se quedará sin ayuda”. A estas declaraciones habría que añadir el reportaje de Jesús Rodríguez en El País Semanal “Días de pandemia en La Zarzuela” en el que, según dice alguien que conoce a la Familia Real, relata su estado de ánimo durante este tiempo de pandemia y aislamiento: “Como todas las familias de este país, en estos dos meses muy largos han estado (y están) más juntos que nunca. El padre, la madre y las hijas. Solos. Con la misma sensación que se está viviendo en todas las casas de este país: de mayor unión, de ser un equipo, de tirar para adelante. Y el mismo desasosiego que el resto, ante las circunstancias que se iban viviendo durante estas 10 semanas”. El halago servil siempre es signo de un pésimo periodismo. ¡Ya les gustaría a todas las familias de este país haber pasado o estar pasando estos días de confinamiento y temor en las mismas circunstancias que se han vivido en la Zarzuela! Hay reportajes “de cuentos de hadas y princesas” que, por dignidad y respeto a tantas familias vulnerables, es mejor silenciar y no escribir. Razón tiene ese Informe de Oxfam Intermón que sostiene probadamente que “los hijos de familias pobres, heredan la pobreza”.

Arthur Schopenhauer ha sido uno de esos pensadores que no tienen desperdicio y una de las figuras centrales de la filosofía moderna cuya influencia llega hasta nuestros días por su capacidad literaria, sus agudos planteamientos y hasta un fino sentido del humor. Siempre es interesante leerlo. Algunos historiadores le consideran un pesimista. La tesis central de su pensamiento, que describe en su obra más famosa “El mundo como voluntad y como representación”, sugiere que el mundo es un pozo oscuro y negro, lleno de dolor y miseria, dónde lo más que pueda hacer el hombre es intentar mitigar o aplacar el dolor. Alguna de sus reflexiones en torno al sentido de la vida y a la libertad, marcan su posición frente al concepto de destino; que sintetiza en esta metáfora: “El destino es el que baraja las cartas, pero somos nosotros los que las jugamos”. ¿Y qué es el destino?; su significado viene del latín “fatum” o fatalismo. La noción de fatalismo conlleva una connotación negativa, tanto en el lenguaje corriente como en el filosófico; como sustitutivo ha prevalecido el término determinismo, según el cual, nada de las acciones humanas sucede por casualidad, sino por causalidad; es decir, la vida es una especie de cadena de causas y consecuencias, alejada del azar y de los sucesos aleatorios y que postula la concatenación de eventos según el principio lógico de la causalidad, creencia según la cual los acontecimientos están dirigidos por causas independientes de la voluntad humana. Desde el pensamiento griego, Crisipo, máxima figura de la escuela estoica, con el fin de librarse del “argumento perezoso”, según el cual “todo lo que haga o me acontezca no puede no ocurrir”, sostenía que el destino opera mediante las relaciones causales; el destino es “la razón por la cual se han producido los acontecimientos pasados, se producen los acontecimientos presentes y se producirán los acontecimientos futuros”. El determinismo sostiene que cualquier acontecimiento físico, incluyendo el pensamiento y las acciones humanas, está causalmente determinado por la irrompible cadena causa-consecuencia, y, por tanto, el estado actual “determina” en algún sentido el futuro; niega en parte la libertad, sobre todo en un sentido interno, pues nuestra voluntad se encontraría determinada por factores que escapan a nuestro control. Con clara intencionalidad titulo estas reflexiones “Torpezas deterministas”. La alta temperatura que se está registrando estos días no es la meteorológica, sino la política en el Ejecutivo, en la oposición, en los agentes sociales y en la economía, cercana casi a un incendio; por ahora, nadie puede prever las consecuencias profundas que pueden ocasionar.

Mario Bunge, el científico y filósofo argentino, fallecido hace unos meses a sus 100 años y Premio Príncipe de Asturias en 1982, en uno de sus ensayos “Los determinantes de la moral humana”, sostenía la idea de que la sociedad es la que determina las pautas de valoración y conducta y que puede llamarse determinismo social. Su tesis central es que toda tabla de valores y todo código de conducta emerge, se desarrolla y, eventualmente, desaparece junto con la sociedad en que se dan. A este respecto, el código moral no se distinguiría del civil o del comercial: en todos los casos se trataría de normas de convivencia social, ajustadas al tipo de sociedad de que se trata. Así como el determinismo biológico y el psicológico son absolutistas, el determinismo social es relativista: cada sociedad adopta los valores y las normas que necesita: es oportunista. De ahí que haya preguntas que se hacen necesarias: ¿Disfrutamos realmente de libre albedrío o estamos determinados por leyes deterministas de causa y efecto? El determinismo es uno de los problemas fundamentales de la filosofía y ha dividido desde siempre a los más grandes pensadores. Y lo es porque constituye el problema que afecta en mayor grado a nuestra libertad, a nuestro sentido de la responsabilidad, a nuestros sentimientos y a nuestras esperanzas. En su obra “La división del trabajo social”, sostenía el sociólogo francés Emile Durkheim que siempre cabe sostener que las cosas están en sí mismas predeterminadas, aunque nunca podamos confirmarlo. ¿Somos los españoles un pueblo fatalmente determinista, destinados a un enfrentamiento permanente? Nuestra presente realidad no lo desmentiría. Así lo sostenía Ortega cuando soñaba en esa España vital en aquella famosa conferencia, “Vieja y Nueva Política”, cuando decía que había dos Españas que viven juntas, pero que son perfectamente extrañas: Una España oficial que se obstina en prolongar los gestos de una edad fenecida, y otra España aspirante, germinal, una España vital, tal vez no muy fuerte, pero vital, sincera, honrada, la cual, estorbada por la otra, no acierta a entrar de lleno en la historia. Lo que acarrea nuestra decadencia social se debe a “la ausencia de los mejores”; las clases próceres han degenerado y se han convertido casi íntegramente en masa vulgar. Dos Españas paralelas; una en marcha, estancada la otra…

La lotería del coronavirus es así, aunque no debería: la pandemia, que nos iguala a todos en la enfermedad, tendría que mutualizarnos en la salud

En su artículo del pasado domingo en Nuevatribuna, titulado Desescalada fascista, Isabel García Caballero se felicitaba de haber podido releer en estos días el ensayo de Stuart Mill “De la libertad”. En este ensayo está el pensamiento de Mill sobre la educación. Para él, la educación es la antesala de toda una serie de derechos que se sintetizan en el marco de los derechos civiles, sociales o políticos, porque “el objeto de la educación es formar personas libres con derechos, conciencia y valores personales”. Se trata de que la educación facilite el desarrollo de la persona armónicamente. Es en la elección, en “el elegir y el desechar” donde madura la persona y donde muestra su auténtica esencia, la libertad. Se trata, por tanto, de una educación para la libertad porque es la libertad la que implica capacidad de elegir; una educación que sólo tiene sentido si es diversa, plural, que atienda a todos. La educación es “en y para” la libertad. Una educación de este tipo exige potenciar los aspectos más internos del individuo, lo cual nos lleva a tener presente la conciencia y las emociones del individuo. Educando esos aspectos internos del individuo se pretende conseguir personas interpeladas por el beneficio de todos más que por el suyo propio. Entendida así la educación en libertad y la libertad de la educación, se entiende cuánto adolecen de ella algunos políticos, pues resultan inaceptables y sumamente irresponsables muchos de los insultos lanzados desde los escaños del Congreso de los Diputados el miércoles pasado en su intención de solicitar una última prórroga del estado de alarma que se extendiera hasta el final del proceso de desescalada. Es preocupante que nuestros líderes ignoren que los consensos hay que buscarlos y construirlos, no vienen dados de fábrica. En situaciones de normalidad democrática (¿existe realmente?) la discrepancia y la diversidad de estrategias son razonables y asumibles y enriquecen al gobierno y a la oposición. Pero en estos momentos de dolor, sufrimiento y muerte por los que está pasando España y el mundo, en el que el por-venir está por-hacer, la unidad en la gestión no solo es necesaria sino obligada. De nuevo Goya volvería a pintar nuestra realidad política lo que ya pintó: un “Duelo a garrotazos”.  Es responsabilidad de todos, gobierno, oposición y ciudadanía asumir la historia que nos ha tocado vivir; asumirla es un reto personal y colectivo, un desafío ético y político que no podemos eludir; no tenemos otra; tenemos que emprender la tarea de reconstruir “la nueva normalidad” tal como las circunstancias de nuestro momento y tiempo exigen. Pero tenemos un problema; carecemos de líderes con inteligencia política y leales a sus convicciones, pero más leales a los ciudadanos que les han votado. Lo cierto es que una cosa es tener inteligencia política y otra la impresión subjetiva de poseerla, cuando vemos que anteponen la superficialidad, la desmemoria, la mentira a la verdad y la insensatez a la cordura y la prudencia.

Una de las obras más conocida e interesante de Albert Camus, para quien “juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”, es “El mito de Sísifo”. La mitología y tragedia griegas abundan en enseñanzas atemporal y universalmente válidas. Camus parte de este mito griego para elaborar un ensayo filosófico en el que desarrolla un conjunto de ideas asociadas con el concepto de lo absurdo y de la inutilidad de la vida. Aspectos determinantes en el destino de “Sísifo” y tan característicos del hombre de hoy. El absurdo es la más desgarradora de las pasiones. Los dioses habían condenado a Sísifo a transportar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer para tener que subirla una y otra vez; así permanentemente; pensaron los dioses que no podían infligirle castigo más terrible que ese trabajo inútil y sin esperanza. Camus ve en Sísifo al héroe del absurdo, condenado a realizar una tarea inútil: era su destino, el determinismo aceptado de toda una vida sin esperanza. Y Camus finaliza diciendo: “todo está bien y hay que imaginarse a Sísifo feliz”. ¿Por qué recurro a este mito? Porque en la gestión de Sánchez y su gobierno, ya desde hace tiempo, cuando parece que tiene el viento a favor, hace presencia el destino fatalista: cometen torpezas deterministas.

Resulta una torpeza incomprensible, cercana al “determinismo político”, que, en la sesión parlamentaria para la aprobación de la prórroga del decreto de alarma, se introdujese y firmase un desacertado acuerdo. En estos momentos, casi todos en el PSOE -no sucede lo mismo en Unidas Podemos y mucho menos en EH Bildu- ven claro que fue un incomprensible y grave error el acuerdo firmado, cuyo objetivo era evitar una derrota parlamentaria en la prórroga del decreto de alarma. El miedo del PSOE a perder la votación forzó un arriesgado pacto con Bildu de consecuencias jurídicas y políticas imprevisibles para el Gobierno, un enfado notable en el PNV y un desconcierto en la ciudadanía. Ante ese charco que a todos ha descolocado y todos han criticado, la pregunta es obvia: ¿por qué arriesgar tanto si los votos de Bildu no eran necesarios? Este error incomprensible que ha creado desasosiego no solo en los partidos políticos que han apoyado la investidura de Sánchez, sino en una gran parte de la ciudadanía, no puede ser despachado por el Gobierno como una simple torpeza o un error de coordinación con el partido de coalición; afecta a su credibilidad y compromete gravemente su capacidad de articular en el futuro cualquier mayoría parlamentaria; debe dar una explicación creíble y transparente, con crítica interna y, si fuese preciso, con responsabilidades, ceses o cambios; de no ser así, entrará en una fase de extrema debilidad que la oposición utilizará para debilitarle al máximo. Es cierto que se han ido dando justificaciones, pero no explicaciones. Un Gobierno serio, con un proyecto político claro, definido y transparente no puede estar jugando a todas las bandas; y menos, con el desconocimiento de una amplia parte de sus ministros; además de un disparate es un engaño. Frente al discutible y mal interpretado “pacta sunt servanda” del vicepresidente Iglesias, -quien no le dejaría dormir tranquilo en su gobierno- que a veces da la sensación de que va por libre, va en su orgulloso ADN y que ha desconcertado al empresariado y al mundo sindical, la necesaria rectificación de la vicepresidenta de Economía Nadia Calviño, ha calmado temporalmente las aguas, en España y en Europa.

¡Qué torpe y fatal determinismo ha cegado a Pedro Sánchez! Cuando por delante están las vidas humanas, cualquier otra decisión se debía posponer para no enturbiar la unidad solidaria de la gestión. La pedagogía implantada por el corrupto Jordi Pujol, del “avui no toca” (hoy no toca) para rehuir las preguntas que le incomodaban, tenía que haber sido utilizada con inteligencia por el PSOE, el Gobierno y la oposición en estos momentos hasta tener resuelto el problema del Covid-19. No se puede contribuir al ruido y a la desinformación. No hemos aprendido a convivir con la diferencia, ¿Qué ganamos los ciudadanos entrando en la confrontación? No debemos estar dispuestos a repetir eso que históricamente tan bien se nos ha dado: destruir la convivencia. Y lo que está sucediendo con tantos vetos y rechazos, con tantas ambiciones y egoísmos es destruir la propia convivencia que la sociedad necesita. Mientras finalizo estas reflexiones, surgen más motivos para la crítica: los desaciertos en la contabilización de los muertos por el Covid-19, la destitución del coronel de la Guardia Civil Pérez de los Cobos y la dimisión del número dos del cuerpo teniente general Laurentino Ceña. No podemos ser injustos y olvidar algunos aciertos y la total dedicación de este gobierno en la que se han empleado a fondo, pero debemos ser críticos severos con sus desaciertos y errores. Hay que saber encajar la crítica -hoy casi desaparecida-; es una tarea ingrata, pero imprescindible. Dan la sensación de que, como Sísifo, han sido capaces de subir la piedra al monte del Olimpo y con fatal destino, al punto la dejan rodar de nuevo.

Todos coincidimos que esta pandemia y la consiguiente crisis nos desvela, lo que todos sabemos, pero olvidamos: que somos limitados, vulnerables e interdependientes y que, sin unidad, sin el apoyo generoso y solidario de todos, la salida, si no imposible, va a ser muy costosa. Es incomprensible la actitud negativa y obstruccionista de la oposición, especialmente la del Partido popular y su líder Pablo Casado, vigilado de cerca por esa franquicia del rencor y presidente de FAES, al que habría que aplicar esa inteligente frase de Paul Watzlawick: “De todas las ilusiones, la más peligrosa consiste en pensar que no existe sino una sola verdad: la propia”. En momentos en los que los objetivos deben ser únicos y transparentes: garantizar la salud de la ciudadanía, torpedean cualquier salida, pues sólo aspiran, y se lanzan insensatos, a la conquista del poder. Suscita perplejidad e indignación contemplar cómo ponen zancadillas, cómo mienten sin pudor alguno, en función de lo que a ellos conviene y no a los ciudadanos, abandonan convicciones a conveniencia de intereses, retuercen el lenguaje y la razón, mercadean, como la serpiente del paraíso tentando con la manzana de un “Sí, un No o una abstención”. Alejandro Afrodisio, comentarista griego de las obras de Aristóteles decía que tres eran las causas que impiden a los hombres descubrir la verdad haciéndolos esclavos de su propia ignorancia: la arrogancia, la torpeza para aceptar los pareceres contrarios y la incapacidad para comprender lo que está al alcance de cualquier entendimiento.

Por otra parte, cuando la ciudadanía, con el calor y el cariño del aplauso, sale a los balcones, para agradecer cuanto están haciendo los profesionales de la sanidad y todos los demás sectores, militares y civiles, por la salud de los ciudadanos y para ayudar a conllevar cuantos problemas está causando esta pandemia, con pésima pedagogía, los insultos y descalificaciones los prodigan algunos políticos en el Parlamento y en sus declaraciones, pues son también mensajes que se reproducen y utilizan en las calles para justificar todos tipo de reprobables actitudes que enfrentan a los ciudadanos, abusando de las emociones, con irresponsables caceroladas incluidas, y manifestaciones “tipo pasarela del salón del automóvil de Zurich”, que buscan el enfrentamiento y siembran el odio. ¿Qué estaba celebrando VOX el sábado 23?; ¿cómo se explica la coherencia de los crespones negros sobre las banderas, recordando a los casi 28.000 fallecidos por el Covid-19, con ese festival obsceno? Como si el orgullo de sentirse “español, mucho español y muy español” -en frase de Rajoy- y ondear la bandera española curara la pandemia y detuviera el virus. Hasta el portavoz de Vox en el Congreso, Iván Espinosa de los Monteros, desde el autobús descapotable en el que, como en otro orgullo gay, los dirigentes de Vox encabezaban la caravana, resumía la marcha al compararla con la celebración y la alegría que tuvo lugar cuando España ganó la Copa del Mundo de fútbol en el año 2010: “Esto es una maravilla”. Este estúpido dirigente me recordaba una escena de “El Titánic”: mientras el barco se hunde, que no falte ni la alegría ni la música del “claxon de los Jaguares”. ¿Cabe mayor obscenidad?: desprecio a las víctimas e insulto al dolor de sus familiares. Gritan “libertad” aquellos que, cuando han gobernado los suyos en tiempos de dictadura, la denigraban, encadenaban, incluso asesinaban a quienes no pensaban como ellos. Con “sus gritos de libertad, sus cacerolas y sus cochazos”, muestran un exhibicionismo moral que no tienen y una indignación impostada “por conquistar un poder” que el pueblo sensato nunca les dará. Son esos personajes “pijos” de confesión sin arrepentimiento, de misa para lucir modelito y de escasa limosna para acallar sus conciencias. Estos de VOX me traen a la memoria unas reflexiones de Walter Benjamin, el filósofo alemán que venció al olvido. Las hace en la Tesis VI de su libro “Sobre el concepto de historia”. Sostiene que hablar históricamente del pasado no significa conocerlo tal como verdaderamente fue; puede significar apoderarse de un recuerdo tal como éste aparece en un momento de peligro. Por eso encender en el pasado la chispa de la esperanza es un don que sólo se encuentra en aquel historiador que está compenetrado con esto, porque, como subraya: “tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, si éste vence”. Y este enemigo no ha cesado de vencer. Ese es el peligro de VOX en esta pandemia, que ni siquiera los muertos están a salvo de sus mentiras. Sus bulos y sus fakenews los construyen para que la imaginación de sus voceros fanáticos los anime, los agrande y los extienda, para hacerlos rodar y rodar como la piedra de Sísifo.

El mundo entero necesita reiniciarse. Esta pandemia ha expuesto las desigualdades repartidas por todo el planeta. La muerte de miles de personas no puede caer en el olvido. La crisis servirá para que muchos medren y otros, probablemente los más desfavorecidos, pierdan. La lotería del coronavirus es así, aunque no debería: la pandemia, que nos iguala a todos en la enfermedad, tendría que mutualizarnos en la salud.

Torpezas deterministas