“Se equivocó la paloma…”

“Se equivocó la paloma, / se equivocaba. / Por ir al norte fue al sur, / creyó que el trigo era el agua. / Creyó que el mar era el cielo, / que la noche la mañana. / Que las estrellas rocío, / que la calor la nevada.
/ Que tu falda era tu blusa, / que tu corazón su casa. /
(Ella se durmió en la orilla, / tú en la cumbre de una rama.)”

Rafael Alberti

VOX representa una anomalía democrática, en la que sus 100 medidas definen el perfil de un partido político antifeminista, antiglobalizador, antieuropeo, autoritario, confesional, xenófobo, homófobo y aporófobo

Atónito por el resultado de las elecciones autonómicas andaluzas, jamás imaginé que, a su compromiso político, el recordado poeta Rafael Alberti, también uniría su carisma de profeta. Si desde la poesía interpreto y actualizo este bello poema, donde él escribe “paloma”, yo escribo la “gente”. Porque la gente, alguna gente, algunos votantes andaluces, desde mi opinión, “se han equivocado”; por ir “al norte” siguiendo la brújula de la democracia, han ido “al sur” del prefascismo; han confundido la libertad con la barbarie; creyendo que VOX era “el cielo”, han votado “las cadenas” y se han dormido, no en “la orilla”, sino junto al “precipicio”. Al tener que asumir este error, con Miguel Hernández, digo en su Elegía: “por doler, me duele hasta el aliento”.

Ha triunfado un discurso de hacer política contaminado por la corrupción, la mentira, los insultos, las descalificaciones, hasta conseguir que muchos votantes, sin matiz alguno, lleguen a decir que “todos los políticos son lo mismo”, dejando abierta la puerta para aquellos candidatos sin escrúpulos ni proyecto, de la “anti política”, o “antisistema”. Una vez más, contra ese mantra muy en boga, dentro del sentir general de que “el pueblo no se equivoca”, yo sostengo lo contrario: la gente poco o nada informada, carente de formación y compromiso políticos, ignorante de lo que significa una democracia participativa y los valores sociales, que jamás lee los programas de los partidos políticos -al menos sus ideas básicas-, es fácilmente seducible y manipulable, con cuatro frases exaltadas, muchas mentiras gruesas y dos o tres tramposas promesas incumplibles; la idea de democracia que venden, confusa y oscura, es humo, un sucedáneo que puede conducir a un radicalismo integrista; o, como defendía uno de los nuevos parlamentarios de VOX por Málaga, un tal Eugenio Moltó, llamando a la dictadura franquista “democracia orgánica”.

Para que una democracia funcione, para que el ciudadano que vota esté preparado para expresar opiniones bien fundamentadas es necesario que posea una correcta información; y obligación de los partidos políticos, de las instituciones democráticas y de los medios de comunicación, es aumentar la calidad de información que se pone a disposición de la ciudadanía. La propaganda e información falsas tienen una historia tan antigua como la política. Sin embargo, la velocidad y cobertura de la difusión y el impacto de las noticias falsas (las “fake news”), hoy resulta difícil desenmascararlas. Las redes sociales, tan valiosas en muchos aspectos, tienen el efecto de disparar su peligrosidad. El llamado “ciudadano informado”, con el exceso de información no verificada que atraviesa las redes sociales, a la postre, puede resultar un “ciudadano mal o nada informado”.

¡Claro que el pueblo se equivoca! Los seres humanos nos equivocamos, ya solos o en grupo. Es ingenuo pensar que el pueblo no comete errores, basta tener claro que el pueblo es la sumatoria de personas falibles. Sostenía Ambrose Bierce, escritor satírico estadounidense, que el optimismo sobre el género humano de no ver las cosas como son en realidad es un riesgo democrático: “el pueblo -decía- es capaz de linchar por un rumor”. Es capaz de lo malo, lo bueno o lo gris. Llamar bueno al pueblo significa convertirle en el intérprete del bien y el mal, en la voz autorizada de la ética y de la bondad. La democracia es lo contrario: consiste en asumir que la ciudadanía tiene derecho a tomar sus decisiones, pero que esas decisiones pueden ser malas o, al menos, equivocadas; es asumir que somos personas complejas, volátiles, contradictorias y, por tanto, potencialmente peligrosas. Un claro ejemplo de que el pueblo se equivoca, aplicado el sentido común y un criterio democrático sano, es el resultado de las elecciones en Brasil, con el aplastante triunfo de Jair Bolsonaro, un nazi, que reúne todos los defectos del pésimo político sin mezcla de virtud alguna.

François Bayrou, político francés, presidente del actual Movimiento Demócrata francés afirmaba que “sin Europa, sin unión política y sin democracia, la marcha del mundo se convierte en una fatalidad sobre la cual el pueblo de nuestro continente habrá perdido el poder que tenía”. De ahí la contradicción que encierran los candidatos del PP y Ciudadanos y sus líderes que no tienen repugnancia alguna en mendigar los votos de VOX, partido antieuropeo y sin valores democráticos. He leído las 100 medidas para la España Viva con las que VOX se ha presentado a las elecciones; su programa, si es que puede llamarse así a un panfleto, es un conjunto de medidas inconexas, resumidas en tres palabras con significados diversos según quien las pronuncie o las vocifere: ESPAÑA, UNIDAD Y SOBERANÍA; tres palabras repetidas varias veces a lo largo del texto; VOX representa una anomalía democrática, en la que sus 100 medidas definen el perfil de un partido político antifeminista, antiglobalizador, antieuropeo, autoritario, confesional, xenófobo, homófobo, aporófobo, identificado con los partidos extremistas europeos. Estos adjetivos dibujan y definen con exactitud el perfil de su fundador, Santiago Abascal, un “¿líder?” que dice lo que los españoles de extrema derecha, con mucha bandera ondeando y vocerío gritón, con enfermiza información, quieren oír.

vox

Circula en las redes una breve biografía de este “jinete del apocalipsis” que, creyéndose el Cid, (como diría Machado) “al congreso, con doce de los suyos -odio, rencor y ¡España!-, con VOX cabalga”. Vive del dinero público desde los 23 años, hoy tiene 42. Afiliado al PP a los 18 años, lo abandonó en 2013. Ha sido concejal, procurador de las Juntas Generales de Álava, diputado en el Parlamento Vasco. Esperanza Aguirre, la “cazatalentos y sus ranas” le hace Director de la Agencia de Protección de Datos de la Comunidad de Madrid; en 2013, de nuevo “la cazatalentos” le nombra Director de la Fundación para el Mecenazgo y Patrocinio Social, recibiendo de la Comunidad de Madrid para la Fundación 183.000 euros, 82.000 como sueldo; de los demás euros, nada se sabe. Cerrado el chiringuito o la “mamandurria de Aguirre”, funda DANAES (Asociación para la Defensa de la Nación Española) y el PP le regala 33.000 euros más un piso como oficina. Sólo cuando el diario El País destapa este escándalo, la Comunidad de Madrid cierra la Fundación y el “bien pagao” de Abascal abandona el Partido Popular, fundando meses después este engendro de partido que se llama VOX.

La derecha económica no ha tardado en entender que VOX puede ser la herramienta más eficaz para detener a la izquierda y echar a los socialistas de Andalucía. Ante ciertos periodistas y políticos, entre ellos, la ínclita María Claver, Pablo Casado y el rencoroso Aznar, que defienden la bondad política de este sujeto, me ha hecho gracia -lo escribo con enorme ironía, pues si este sujeto gobernase la ironía sería un delito- una reciente viñeta: La candorosa niña de la película de Frankenstein, le pregunta: “Creí que eras un monstruo, pero eres tierno y sensible; a lo que aquél contesta: Es que estoy en campaña electoral”.

Y esta es la realidad. Ante ella, me viene a la memoria ese poema, atribuido a Bertold Brecht, pero cuyo autor es Martin Niemöller: “Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a buscar a los judíos, no pronuncié palabra, porque yo no era judío. Cuando finalmente vinieron a buscarme a mí, no había nadie más que pudiera protestar”. Ante lobos con piel de cordero, conviene no olvidarlo. No debemos perder la perspectiva de lo sucedido. VOX es una realidad que ha venido para quedarse. Teniendo bien presente esta anomalía democrática, en Europa y ahora en España, el dilema es: o cerrar los ojos o luchar por aumentar la democracia.

Se impone, pues, el necesario análisis objetivo de la situación. Lo decía ya en mi anterior artículo: cuando el diagnóstico está equivocado, la solución siempre es errónea. Difícilmente se puede comprender adecuadamente a los “otros” cuando no nos conocemos a “nosotros” mismos. Nos quejamos de que no nos gobiernan los mejores, pero quien los elige somos nosotros. Con qué frecuencia decimos que la responsabilidad es de los “otros”, es la fácil respuesta del cobarde; pero en este caso, el desastre de la entrada en las Instituciones de unos disfrazados prefascistas, la despreocupación, la inhibición en el voto, la no participación, el pasotismo o el propio voto es responsabilidad del “nosotros”. No podemos hacer lo que se dice de Poncio Pilato, prefecto romano en Judea, que, al intentar desentenderse de la decisión popular de crucificar a Jesús, viendo el tumulto que el pueblo promovía, tomó agua, se lavó las manos delante de la gente, y dijo: “Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis. (Mateo 27:24).

Partido Popular y Ciudadanos tendrán que explicar a los españoles y a sus votantes por qué quieren contar con un partido que quiere acabar con las autonomías y, por consiguiente, con la Constitución

Hay que asumir que no puede haber una verdadera gestión política, ni un acierto en la elección de los que deben liderarla, sin un previo y coherente conocimiento de las necesidades básicas de la sociedad que queremos y sin saber cómo son, qué piensan, cuáles son los valores de aquellos a los damos nuestro voto; y mucho menos, sin disponer de una idea precisa de lo que nosotros queremos. Sentí enorme vergüenza y decepción cuando en un programa televisivo, a las preguntas de unos reporteros a ciudadanos andaluces que había votado a VOX, ignoraban “por completo” quiénes eran los que iban en la papeleta de su voto, y nada sabían del programa de ese partido. Sumidos en esa ignorancia, pero que modifica, ¡y de qué manera!, nuestras vidas, estamos obligados a reflexionar sobre este punto y buscar conclusiones, pues el infierno totalitario ya está en nuestras instituciones, y lo que es peor, viene para quedarse. ¡Qué incongruencia! Nuestros votos les han subido “al trono” y ellos pueden llevar “al patíbulo” nuestra democracia.

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Es el cuento más corto del mundo. Interpretando a Augusto Monterroso, en esa hermenéutica libre que deja a nuestra consideración el autor, conocidos los resultados de la elecciones andaluzas, hemos despertado de ese letargo con el que una gran parte de la sociedad vivimos, despreocupados de que otros manejen y condicionen nuestras vidas, hemos descubierto que VOX, -de cuyo nombre no queríamos acordarnos, como diría don Quijote-, ese partido que significa la barbarie, la sinrazón, “el dinosaurio” de la involución política, moral, social, solidaria y humana, en una palabra, sigue estando entre nosotros. Tanto el Partido Popular como Ciudadanos se han mostrado abiertos a acuerdos con VOX, la extrema derecha, como compañero deseado. Tendrán que explicar a los españoles y a sus votantes por qué quieren contar con un partido que quiere acabar con las Autonomías y, por consiguiente, con la Constitución. Hoy miércoles, en declaraciones a la cadena SER, el candidato a la Alcaldía de Barcelona, al que apoya Ciudadanos, Manuel Valls, ha subrayado que “no puede haber ningún pacto con VOX”. Y experiencia política europea sí tiene.  

Dando un giro a las primeras palabras del Manifiesto comunista, “un fantasma recorre Europa”, y no sólo en Europa, también en América, en Brasil, en España, ha penetrado “el fantasma de la barbarie”. ¿Cómo puede suceder que, cada vez con mayor frecuencia en sociedades democráticas, este tipo de líderes (Donald Trump, Jair Bolsonaro, Matteo Salvini, Marine Le Pen, Viktor Orbán, Andrzej Duda, Santiago Abascal…), tipos cargados de odio, con proyectos políticos excluyentes, contaminados por la corrupción xenófoba, obtengan un considerable, cuando no creciente, respaldo electoral? ¿Cómo es posible que los ciudadanos sean capaces de votar, advertidos de la peligrosa y creciente deriva autoritaria de ciertos partidos, cercana al resurgimiento de los fascismos, les den su confianza? ¿Cómo aceptamos que unos señores que consideran premisa inexcusable de su ideario político la expulsión de los otros, la creación de muros en las fronteras, la destrucción de la Unión Europea, la eliminación de las autonomías, hayan optado por participar en unas elecciones a una Autonomía que ellos quieren suprimir? ¿Cómo se entiende que quienes abominan de la democracia quieran disfrutar de los derechos que la propia democracia les garantiza? No se puede entender que tan reiteradas advertencias y lo que en la historia han significado estos movimientos, estén haciendo tan escasa mella entre los ciudadanos, hasta votarles por mayoría en algunos municipios como en El Ejido, en Almería.

casado

Resulta contradictorio e hilarante que quienes han perdido 7 diputados celebren felices que han ganado y que los españoles quieren que ellos lideren el cambio en Andalucía

Resulta, cuando menos, contradictorio que quienes acusaban al gobierno de liderar un “gobierno de perdedores”, hoy aboguen por un gobierno también de perdedores con “retales de ultratumba”.

Resulta contradictorio e hilarante que quienes han perdido 7 diputados, como el Partido Popular, su candidato, con un cínico entusiasmo y el líder nacional de la formación, Moreno y Casado, celebren felices que han ganado y que los españoles quieren que ellos lideren el cambio en Andalucía. Y sólo tienen el 20,75 % de los votos, es decir, sólo uno de cada 5 andaluces que han votado. ¡De risa!

Resulta contradictorio que el líder del PP, Pablo Casado, con esa verborragia dogmática que le sobra y le define, apenas hace dos días, el 18 de julio pasado, se mostraba en contra de que una “alianza de perdedores” impidiera gobernar al partido más votado. Estas fueron sus palabras: “No es justo que, después de que los ciudadanos han votado, los perdedores se alíen en los despachos, como ha pasado en muchas capitales y Comunidades Autónomas donde hemos ganado las elecciones. Vamos a presentar una Proposición de Ley para que en los ayuntamientos y Comunidades gobierne la lista más votada”. Lo mismo declaraba el desaparecido en combate, el ínclito Rafa Hernando: “Vamos a presentar en las Cortes una Proposición de Ley para proponer algo que es razonable: que quien gane las elecciones, la lista más votada, pueda formar gobierno”.

Y ¿qué decir de Albert Rivera? Otro que, como de costumbre, no se inmuta en decir hoy una cosa y mañana la contraria. En noviembre de 2017 dijo: “Proponemos un preacuerdo entre los que respetamos la ley de apoyar a la lista más votada”. Sin embargo, sin que la cara se le ponga roja o naranja, a pesar de que han obtenido 21 diputados con el 18,27 % de los votos, ha reivindicado el liderazgo de su candidato, Marín, a presidir la Junta de Andalucía con el argumento de que “le corresponde a Ciudadanos presidir el Gobierno porque ellos crecen mientras el PP baja”.

Está visto que, a estos jóvenes políticos, carentes de la sensatez, la moderación y la inteligencia política para saber leer la realidad, les importa un bledo la coherencia en mantener la palabra dada, que es la grandeza de un político; pues como decía Quevedo: “sólo el que cumple lo que ha prometido, merece el honor de ser servido con lealtad”.

Acabo con una sana reflexión que ignoro de quién es, pero la comparto y la dedico a todos los que, conseguido el poder, aspiran a perpetuarse: “Los políticos, como los pañales, se deben cambiar con frecuencia, ambos por la misma razón”.