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lunes. 27.06.2022

Robots en el Congreso

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Viendo cómo se comportan y expresan algunos diputados en el Congreso, da la impresión de que “representan un papel”, actúan como robots programados, sin pensamiento propio, de acuerdo a un guion, asignado y previamente aprendido

Admitido que la conducta ejemplar es un modelo educativo y una herramienta pedagógica para la educación de nuestros jóvenes, difícilmente podríamos ponerles como ejemplo lo que sucede, con frecuencia, en el Parlamento. Conviene recordar a sus señorías aquel adagio latino: “verba volant, exempla trahunt” (“las palabras vuelan, los ejemplos atraen”). La idea de que la escuela y la familia no tienen capacidad suficiente para educar a los adolescentes parece cada vez más clara. Necesitamos una pedagogía social que nos permita elaborar planes educativos sistémicos que impliquen a la sociedad entera. La capacidad para aprender mediante ejemplos es la más ilustrativa; es lo del conocido dicho: “predicar con el ejemplo”. Lo que hacen, dicen o cómo se comportan “sus representantes”, es muy relevante, positiva o negativamente, para los ciudadanos, en especial, para los más jóvenes.

Montesquieu en su obra “Del espíritu de las leyes”, describe: “Recibimos tres educaciones distintas, si no contrarias: la de nuestros padres, la de nuestros maestros y la del mundo. Pero lo que se nos dice en la última, da al traste con todas las ideas adquiridas anteriormente”. Lo que afirma Montesquieu no significa otra cosa que la posibilidad de educar de padres y docentes está ciertamente limitada, pero sobre todo por la influencia del entorno social y cultural (el Parlamento es paradigmático) que presiona de modo especial sobre los ciudadanos más jóvenes. Para que los proyectos educativos sean eficaces deben señalar “el papel” que ha de tener en ellos la educación directa (padres y escuela) y la educación a través de la sociedad, y definir sus campos de responsabilidad; también la de sus representantes y “el papel” que desempeñan.

Que la vida humana se escenifica como en un teatro, se contempla desde la antigüedad; los filósofos pitagóricos, Platón y los estoicos, en particular, las Epístolas morales a Lucilio de Séneca y el Enquiridion de Epicteto fueron clave para la difusión de la imagen del “theatrum mundi” en el Renacimiento europeo. Otros autores de distintos siglos, hasta llegar al siglo XVI con la Comedia “Doleria” de Pedro Hurtado de la Vera, en que aparece Dios como autor de la obra teatral que es el mundo, lo contemplaron ya así; pero fue Calderón de la Barca, en su auto sacramental “El gran teatro del mundo”, quien en el siglo XVII lo inmortalizó: la vida humana es un teatro donde cada persona “representa un papel”; el guionista de la obra sería el Autor (Dios); en la obra hace desfilar ante los ojos de los espectadores, el "autor", el mundo, el rey, la discreción, la hermosura, el labrador, el rico, el pobre, un niño... La escena está flanqueada por dos puertas: una, con un ataúd, simboliza la muerte, la otra, con una cuna, simboliza el nacimiento, la entrada en “el mundo”; dos globos representan la esfera de la tierra y la esfera celeste. Al inicio de la obra el Autor asigna los papeles a los personajes y les sitúa en “el mundo” para que vivan “sus vidas”; cuando éstas “acaben” (mueran), el Autor (Dios) juzgará sus comportamientos.  La moraleja de esta alegoría calderoniana serviría en su momento para indicarle al público que acudiere al espectáculo, pautas a seguir y comportamientos idóneos para merecer entrar en el Paraíso y no consumirse en el infierno.

Viendo cómo se comportan y expresan algunos diputados en el Congreso, da la impresión de que “representan un papel”, actúan como robots programados, sin pensamiento propio, de acuerdo a un guion, asignado y previamente aprendido. Incluso, cuando sus “señorías” (“seorías”, sic Rajoy) aplauden o alborotan, parece que responden a las órdenes de un regidor que marca lo que deben de hacer, atentos a esa pantalla que cada diputado tiene en su escaño, como si fuese un teleprónter o autocue, en el que se refleja el papel, o texto o argumentario de lo que en cada momento deben hacer o decir: hablar, callar, aplaudir, votar, alborotar o levantarse… Hay otros momentos (a veces días enteros) en los que, en las sesiones parlamentarias, la cámara parece vacía: ¡¡¡habla uno o una desde el estrado y en los bancos apenas asisten 10 ó 12 diputados y el apuntador!!! (señalaría alguien con cierta sorna).

Parece que “sus seorías” no llegan a darse cuenta de que los ciudadanos, al ver tanto alboroto, cómo se insultan o se faltan al respeto, o al contemplar tanto escaño vacío o cómo algunos se equivocan al votar, sacan sus conclusiones y se dicen con cierta ironía: “¡Trabajas menos que un diputado!”. También lo llegan a ver los niños, los adolescentes y los jóvenes. ¡Vaya espectáculo y qué ejemplo educativo! Educar es difícil, y pretender un cambio educativo y cultural mediante el cual la sociedad entera recupere su función pedagógica, complicado, pero más difícil todavía, si el modelo y el mal ejemplo se recibe de “sus señorías”.

Viendo las distintas intervenciones de los portavoces parlamentarios en la comparecencia del presidente del Gobierno, el martes 17 de julio, en el Congreso de los Diputados para informar sobre su programa de Gobierno y el último Consejo Europeo, uno se siente inclinado a decir que más que argumentos críticos y razones objetivas a la intervención de Pedro Sánchez, se escucharon palabras revanchistas con un uso constante propio del “agitprop” (agitación y propaganda) de la manipulación, la mentira y el engaño. Pretender utilizar la frase del éxito, aquella que tiene más probabilidades de ser consumida, la que, fragmentada, garantiza un título seguro en los medios, además de tramposo, no es constructivo. Discursos tan vez de gran talento (previamente escritos), pero de escaso interés para el análisis de la realidad y la búsqueda de soluciones; discursos dolidos, unos, por la pérdida del poder, y otros, por la lejanía de llegar a conseguirlo, pensando que lo tenían al alcance de la mano. Se han visto actitudes y se han escuchado palabras obvias, fáciles de entender, pero no de defender. ¡Qué complicado resulta “administrar una vulnerabilidad cuando se pierde el poder”! Es fácil, en estas circunstancias de pérdida de privilegios, ver aflorar la venganza y el revanchismo: es la técnica del insulto, la baladronada y “la agitación y propaganda” (agit-prop), que bien implementadas pueden desencadenar verdaderas reacciones en cadena de ataques vengativos y críticas ofensivas. Ni esos 100 días de cortesía parlamentaria se han permitido algunos. Con su agudeza crítica afirmaba Nietzsche: “Solamente aquel que construye el futuro tiene derecho a juzgar el pasado”.

¿Qué ha sido, si no, ese discurso acalorado, tenso y bronco, con la faz desencajada, del portavoz popular, Rafael Hernando? “Su moción de censura -gritaba desaforado dirigiéndose al presidente Sánchez- ha sido un fraude político, motivado por su desmedida ambición personal política para llegar a la Moncloa, a costa de lo que fuera; el hecho de que usted haya venido aquí hoy, para presentar un programa de gobierno destructivo, rancio y vacío… lo que demuestra es que ha venido para hacerse dueño de los logros conseguidos por el PP…” “Su moción de censura se produce en un momento crucial para Europa y España, poniendo en riesgo su estabilidad política y social; va contra la estabilidad, perjudica la recuperación, es mala para España y lesiva para los ciudadanos”. “Estamos aquí porque el señor Sánchez ha querido ser presidente de Gobierno a cualquier precio y cueste lo que cueste, porque el señor Sánchez sigue sin aceptar lo que las urnas dijeron”. “Ha ido a La Moncloa por la puerta de atrás. ¡Qué vergüenza! “Asuma que la legitimidad para gobernar la otorgan los españoles en las urnas y no los pactos extraños en los despachos”. “Aclare usted si está con España o con los que quieren romperla”; “aclare usted las concesiones que hace a los asesinos de Eta y a Bildu y el acercamiento de presos al País Vasco, para que ‘nadie vuelva a helar la sangre de las víctimas’ del terrorismo…” Al acabar, Hernando ha recibido la ovación en pie de toda la bancada popular, cumpliendo su papel, al subrayar el orgullo de ser del Partido Popular y hacer una advertencia al líder socialista y a los suyos: “No nos van a humillar ustedes; no lo van a conseguir”.

Con menos acaloramiento, pero con los mismos dardos de despecho crítico y bravatas políticas, se manifestaba el líder de C’s, Albert Rivera, que pedía elecciones anticipadas a toda costa (¡ay las encuestas!): “Usted ha ocupado la Moncloa a un precio muy alto, para pagar al señor Torra, al señor Puigdemont, al señor Rufián, a Bildu, al PNV y al señor Iglesias… Ha prescindido de las urnas... Su gobierno es un gobierno sin rumbo, sin mayoría parlamentaria, sin votos en las urnas… Con un sectarismo como el suyo no se construye el futuro; su gobierno es un gobierno sólo de ocurrencias. Usted es el que dinamitó el pacto por la educación… Usted, por un puñado de escaños es capaz de hacer excarcelaciones y dar privilegios a los herederos de ETA y humillar a las víctimas… En 7 días ha hecho usted el mismo daño en televisión que el partido popular en siete años… Es indecente su equidistancia. Usted les tiene miedo a las urnas”. También hubo abundantes aplausos en la bancada de “C’s”.

Con estas actitudes, que ensombrecen la dignidad y el respeto parlamentarios - como en el auto sacramental de Calderón- se puede conocer “a los personajes” pero no a los políticos; aunque, conocido el personaje, no es difícil aventurar cómo será el político y sus políticas. Como escribía un magnífico periodista norteamericano, analizando al personaje Donald Trump: “Si el republicano Trump ha sido capaz de criticar a quienes desprecia, debe asumir que de él se pueden hacer análisis tan críticos como los suyos, pero con palabras más inteligentes que las que él emplea”.

Afirmaba Dostoyevsky que se necesita algo más que inteligencia para actuar inteligentemente. Es triste tener que recordárselo hoy a todos los grupos políticos, también a “Ciudadanos” y “Populares”; recordarles, incluso, alguna idea de esa Constitución que dicen defender: la posibilidad constitucional y parlamentaria de una moción de censura constructiva, tanto si resulta eficaz para sustituir a un gobierno aquejado de corrupción y deterioro democrático, como si solamente sirve para exponer en qué consiste el deterioro político de un Ejecutivo (en este caso, el de Mariano Rajoy, para quien todo lo que de él se decía eran “chissmess”), es legítima y merece ser utilizada. Ojalá “populares” y “ciudadanos”, en lugar de despreciar y criticar a quienes se atreven a intentar descabalgarles del ejercicio de un poder corrompido, tomen ejemplo de ese presidente que mucho alabaron y alaban (Adolfo Suárez), quien, en 1980, con muchos menos motivos para ser relevado, ejerció la autocrítica y expresó su voluntad de rectificar “fallos y errores”.

Nadie duda de que, sin salir aún de una crisis económica, asistimos a una crisis más profunda, una crisis de valores, una crisis identitaria y, por tanto, de exclusión de “los otros”, de los que no piensan ni sienten como nosotros, de los que no alzan nuestras banderas o no se prenden en las solapas nuestros lazos o nuestras insignias; lo indica ese tufillo que surge con la persecución y criminalización de los diferentes, con esa nueva construcción de enemigos internos, por el predominio de las emociones sobre la razón. El problema catalán es un ejemplo; se apela a los sentimientos y las pasiones, estamos en una democracia sentimental; la nueva manera de intervenir en política -lo hemos visto en esa sesión en el Congreso de los Diputados- está trufada de sentimientos: es la nueva forma de los populismos. La información ya no interesa; el discurso se reduce a un tuit, se simplifica el mensaje y el lenguaje; su eficacia consiste en vulgarizarlo y banalizarlo con el insulto, la descalificación y el “y tú más”: es el lenguaje de la demagogia populista y maniquea para conseguir el aplauso de los propios.

¿No existen, acaso, en todos los partidos, asesores sensatos que, con la inteligencia de la reflexión, las propuestas viables y la experiencia de la historia, sean capaces de contener esos impulsos destructivos de sus líderes que sólo conducen al desastre? Traigo como ejemplo de esa experiencia de la historia, lo que Emilio La Parra, catedrático de Historia de la Universidad de Alicante, cuenta en su encomiable libro “Fernando VII, un rey deseado y detestado”, al analizar las abdicaciones de Bayona. Deseoso Fernando, ingenuo y ambicioso, de contar con el apoyo de Napoleón para conseguir del emperador su reconocimiento como rey, mal aconsejado por Escoiquiz, Cevallos, Infantado y San Carlos y desoyendo los consejos del ministro de Carlos IV Urquijo, convencido de que “todos están ciegos y caminan a una ruina inevitable”, abandona Madrid y se dirige, en una larga trayectoria (Burgos, Vitoria, Irún…), hasta Bayona cayendo en la llamada “emboscada de Bayona”. La historia se sabe cómo termina, lo narra con exquisitos detalles el autor: Napoleón destrona a los Borbones transfiriendo la corona a uno de sus hermanos: Pepe Botella, a quien nombra rey de España y de las Indias, en pleno estallido de la Guerra de la Independencia.

Es buena reflexión la moraleja: la ambición de poder es mala consejera, pierde al que lo ansía en propio beneficio y dura poco cuando el que lo consigue, lo consigue para él y los suyos, no para los ciudadanos. Asistimos a tiempos de decadencia, a una realidad de la que no podemos escapar; el problema es cómo utilizarla; en esa “modernidad líquida”, como la definió el filósofo polaco Bauman, caracterizada por la “volatilidad”, la “incertidumbre” y la “inseguridad”, la principal víctima es la educación. A la política y a los políticos les falta grandeza para aproximar antagonismos aparentemente irreconciliables; son incapaces de tender puentes para hacer gobernables las diferencias o buscar puntos de encuentro entre proyectos distintos que por el hecho de llegar a acuerdos no dejan de ser diferentes; además de grandeza, carecen de mentalidad flexible, de imaginación y voluntad para evitar posturas excluyentes y callejones sin salida. De ahí que en tiempos de decadencia resulte una utopía pretender construir una nueva política. Resulta muy difícil regenerar la democracia cuando, por la ambición de poder, los políticos puedan decir, como ya alguien ya señaló: “hay que defender lo nuestro y a los nuestros”, aunque se hundan los demás. Con inteligencia poética alertaba Jorge Luis Borges de que “con el tiempo aprendes que estar con alguien porque te ofrece un buen futuro significa que, tarde o temprano, tendrás que volver a tu pasado”.

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