lunes 19/10/20

Sobre la realidad atropellada, o de eruditos y pedantes

Heráclito de Éfeso
Heráclito de Éfeso

“La mucha erudición no enseña a tener inteligencia”.
Heráclito.


“La mucha erudición no enseña a tener inteligencia”. Con esta frase, Heráclito, el presocrático filósofo griego, nativo de Éfeso, sigue interpelando a ciertas prácticas intelectuales de aquellos que olvidan adónde lleva el camino; interpela, a su vez, a las actuales generaciones de “pedantes” que continúan confundiendo la inteligencia y el conocimiento con la simple acumulación de datos y el mero despliegue de erudición. Hace años, el filósofo y profesor de ciencia política, Ignacio Sánchez-Cuenca, en uno de sus artículos, titulado “El fin de la erudición”, hacía estas reflexiones sobre los eruditos: en la clasificación universal de los pelmazos, el erudito sobresale por encima de todos los demás…, es un personaje profundamente irritante. Carece de sentido del humor y adopta un tono severo y grave ante la estupidez circundante… Se contenta con presumir de que es un sabiondo.

Cada vez con más frecuencia e intensidad, escuchando a los diputados y diputadas en el Congreso, en el Senado y en los Parlamentos autonómicos, vemos que la política se ha reducido cada vez más en una bronca cruzada de reproches y descalificaciones; eso sí, con verborrea vacía del que farfulla palabras en catarata y una retórica erudita, creyéndose Demóstenes o Cicerón. Creen que el buen decir, a veces el mal decir, avala y refuerza su vacía argumentación. Las trampas ocultas del lenguaje indican carencia de significado en enunciados gramaticalmente bien construidos. En este teatro esperpéntico en el que se está convirtiendo la política con sus inconfesados intereses de poder, la victima de los desaciertos de aquellos que la dirigen es la ciudadanía, hasta situarla en la jaula del fracaso y el desánimo.

Con esta pandemia estamos descubriendo lo barato que resulta ser considerado científico y opinador

Asistimos el pasado miércoles en esa sesión de control al Gobierno en el Congreso a un espectáculo bochornoso de ruido y barullo político que está deteriorando gravemente la democracia; lo que menos interesó a los que intervinieron fue la preocupación por la pandemia que afecta gravemente a la ciudadanía, sino dañar, herir o abatir al contrario. ¿Con qué autoridad moral puede exigir el profesorado que sus alumnos guarden las buenas formas y mantengan una correcta educación si “los grandes líderes políticos que soportamos” así se comportan: con insultos y descalificaciones? Da la sensación de que muchos de ellos están afectados de “erostratismo”, o complejo de Eróstrato, ese griego que, con el fin de pasar a la historia, incendió el templo de Artemisa en Éfeso, el más bello de los templos griegos, para que su nombre fuese conocido en el mundo entero. Artajerjes lo mandó ejecutar y en las ciudades bajo su reinado se prohibió pronunciar su nombre. En la actualidad, muchos de nuestros políticos, con tal de ser famosos y eruditos, como Eróstrato, son capaces de hacer el ridículo, pues olvidan que cuando intervienen en los parlamentos sus palabras son el instrumento para que los ciudadanos comprendan sus argumentos y razones y no para su lucimiento; porque sabio no es quien está instruido en muchas materias y conoce muchas cosas, como los eruditos, sino el que a partir de esos conocimientos es capaz de hacerse entender. La crítica de Heráclito a tales “prácticas intelectuales”, la mera acumulación de conocimientos sin sabiduría continúa siendo válida si se olvida su finalidad última y sentido profundo: hacerse entender y comprender por la ciudadanía. Hemos llegado no sólo a la situación de tener que alertarnos de que “el árbol no nos tape el bosque”, sino de “que la rama no nos tape el árbol”, y más aún, de “que la hoja no nos tape la rama”.

Las justas poéticas eran certámenes literarios para conmemorar celebraciones religiosas, efemérides o actos solemnes. Generalmente eran actos públicos, con gran asistencia de espectadores. En España fueron muy populares sobre todo durante el Siglo de Oro. En los certámenes poéticos los contendientes tenían que mostrar las excelencias de su ingenio componiendo poesías, ajustándose al motivo y reglas del evento artístico; había jueces, secretarios y fiscales que determinaban el lugar que debía ocupar la composición de cada uno de los participantes. Estas celebraciones se solían encargar a poetas de mérito o escritores de primer orden, como Lope de Vega o Ruiz de Alarcón. Los ganadores recibían premios y reconocimiento por sus poemas, como recoge Ricardo del Arco en su obra “La Erudición Española”. Hace algunos años, Dámaso Alonso hizo referencia a la necesidad de incorporar el análisis de las justas poéticas a los estudios literarios. Y no se equivocó el que fuera director de la Real Academia Española. Hoy en el Parlamento, en lugar de “justas poéticas”, nuestros diputados y diputadas están en un permanente certamen de “justas retóricas y eruditas”, en las que se premia con el aplauso de la bancada correspondiente a quien dice las frases más gruesas, con palabras que carecen de significado, con abundantes insultos y un despliegue pedante de erudición, aunque detrás de las forzadas frases y palabras no se diga nada y sólo se deduzca una cierta calidad en muy contadas ocasiones. Gamberrismo político lo ha llamado Iñaki Gabilondo hace unos días analizando el espectáculo en la última sesión de Control al Gobierno. Y así nos va, un profundo divorcio con la ciudadanía; porque los ciudadanos hemos delegado en los políticos nuestros intereses y es obligación y responsabilidad de éstos hacernos caso: en este momento su objetivo es salvar vidas, pero no, como torpe e insensatamente, decía la señora Ayuso, “salvar al 99%, aunque se muera el 1%”. ¡Qué criterio tan despreciable!

Traigo de nuevo a mi reflexión lo que decía Heráclito: que la mucha erudición no enseña a tener inteligencia. Con esta pandemia estamos descubriendo lo barato que resulta ser considerado científico y opinador. En cualquier otra situación nadie pediría opinión sobre el cáncer de pulmón a un cirujano plástico y nadie se dejaría hacer un bypass de aorta por el pediatra de su hijo. Sin embargo, vemos todos los días que cualquier licenciado en medicina es un experto epidemiólogo y que cualquier tertuliano o periodista, licenciado en derecho o maestría industrial puede opinar de las medidas a tomar en este presente de incertidumbre. Estamos viendo que, en muchas cadenas y medios, sobre todo de la caverna, mantienen a profesionales sin escrúpulos que ponen en bandeja lo que esperan escuchar los políticos a los que sirven.

Maruhenda es un tertuliano tóxico del periodismo amarillo, pedante y narciso, que recuerda y se envanece de continuo de sus muchos títulos, al estilo Eduardo Inda y María Claver; es de los que jamás acierta en la solución porque siempre se equivoca en el diagnóstico. Hace días, en una tertulia en La Sexta Noche, queriendo desprestigiarle, criticaba al ministro de Sanidad Salvador Illa: “es un ministro sin formación -decía- que ni siquiera es doctor sino tan solo licenciado en filosofía… y que con ese bagaje intelectual quiere dirigir la sanidad española en este tiempo de pandemia. Él y su equipo está formado por incompetentes; es un tipo que de Sanidad sabe lo que mi perra Lolita; es alucinante. El ministro de Sanidad de España es alguien que no tiene ni idea de Sanidad; cero; es espectacular”. Qué razón tenía Mark Twain cuando dijo: “nunca discutas con un ignorante; te hará descender a su nivel y ahí te vencerá por experiencia”.

Cuando se escucha al señor Marhuenda como tertuliano, no sabes si está ahí como periodista, como pedante o como humorista; desprestigia al ministro Illa por ser “¡simplemente filósofo!”; sin embargo, por poner algún ejemplo, ensalza a la señora Ayuso por ser “simplemente” periodista y con ese bagaje intelectual es presidenta de la Comunidad de Madrid; alaba al señor Aznar, por ser “simplemente” licenciado en derecho y con ese bagaje intelectual ha sido presidente del gobierno de España, o, encumbra al señor Casado, por ser licenciado en derecho y licenciado en Administración y Dirección de Empresas, con un máster más que discutible por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, y con ese bagaje intelectual es el presidente del Partido Popular. Y, sin que sirva de precedente y como excepción, en estos tres casos sí ha acertado el señor Marhuenda: es alucinante que estos tres incompetentes hayan ocupado o estén ocupando importantes puestos. El director de la Razón, periódico que hace encuestas con NC Report, al estilo “pinto, pinto, gorgorito, a este le sumo y al otro le quito”, pertenece a esos innumerables necios que encumbra a quien le cae bien y denigra, porque sí, a quien quiere desprestigiar. No es extraño que para el señor Maruhenda, solapado servidor de Rajoy y del partido popular, comulgue con la LOMCE, pues el ministro de educación más inepto que han tenido los gobiernos de la democracia, el señor Wert y el rodillo azul de los populares, tejieron una ley educativa que privilegiaba la educación privada y ninguneaba a los filósofos.

Esta pandemia se ha extendido de un modo inusitado y todavía es demasiado pronto para vislumbrar las transformaciones económicas, políticas y sociales que acarreará en un futuro

Secundando a Maruhenda, desprestigiar al ministro Illa ha cundido ayer, día 15, al informar en el Congreso de los Diputados sobre el estado de alarma en Madrid. Así lo han hecho la diputada Cuca Gamarra, del PP, acusando al ministro de “imponer un estado de alarma con unos datos falsos, y sin ningún aval científico” ha incidido, antes de pedirle que “levante inmediatamente el estado de alarma en la Comunidad de Madrid y que trabaje con las autonomías como predica, pero no aplica” y como final, la señora Gamarra ha apostillado: “Y después, váyase”. Tambien ha colaborado al desprestigio del ministro Juan Luis Steegman Olmedillas, diputado de VOX; ha asegurado que lo que busca Illa es un confinamiento nacional, ya que “lo único que saben hacer es encerrar a millones de personas. Cierran Madrid sólo por soberbia, y con unas medidas inventadas y arbitrarias”; y enfatizando como coda final, ha añadido: “Pida perdón, pero no de pie, sino de rodillas”. Estos políticos de VOX, aman tanto España que odian a la mayoría de los españoles. Frente a este gamberrismo oratorio, Salvador Illa ha demostrado lo que es, un político sereno, reflexivo, reposado, argumentando precisamente por lo que es, un político filósofo que acude a la razón y no al insulto: “No es tiempo de provocaciones ni de divisiones, -ha dicho Illa-, sino de arrimar el hombro. Se lo debemos a quienes se están enfrentando al virus a diario”.

Uno de los libros más leídos y recomendados, interesante y provocador, según Barak Obama, una breve historia de la humanidad, como su autor subtitula, es “Sapiens: de animales a dioses”. Es obra del profesor de historia de la Universidad de Jerusalén, Yubal Noah Harari. En la línea temporal de la historia sitúa la formación de la Tierra hace 4.500 millones de años y la aparición en África oriental del Homo sapiens, hace 200.000 años. Con no poca ironía y algo de verdad, observando a muchos líderes políticos y no pocos ciudadanos del actual planeta Tierra y escuchando, en particular, a algunos de nuestros políticos en el Parlamento y en otras Instituciones, a uno le dan ganas de invertir así los términos del título de Harari: “Sapiens: de dioses a animales”. Parece que, en lugar de progresar, de avanzar, retrocedemos en los tiempos. Carecemos en estos momentos de brújula en la navegación y del “cuaderno de bitácora” en el que tengamos anotado el rumbo, la velocidad, las maniobras y demás accidentes para salir de esta situación de incertidumbre. Y es cierto; en un momento tan extremadamente grave como el que atravesamos, según la prensa europea, que no nos tienen aversión, España está retrocediendo por no actuar de forma coordinada, hasta llegar a afirmar que somos un Estado fallido. Estas son algunas de las frases que ayer recogía la prensa europea criticando la gestión política de la crisis de la Covid-19:

  • El liderazgo de sus políticos no está a la altura de esta crisis.
  • La lucha política está minando la lucha contra el virus.
  • España ha perdido el control contra el virus.
  • Es la peor recesión desde la guerra civil. España pobre y dividida es el peor enfermo de Europa.
  • La guerra política está impidiendo la recuperación de España.
  • Los líderes españoles no están a la altura de la crisis. Pierden el tiempo en disputas.
  • La política rencorosa de España ha agravado la pandemia y la economía.
  • No puede haber una lucha política más intensa y sin sentido.
  • El modelo de sanidad pública autonómica de España es un fracaso.
  • Han actuado con lentitud, llegaron tarde y ninguno está ganando, y menos, los ciudadanos.

“Así no”, titulaba el diario El País un editorial sobre la sesión de control al Gobierno en el Congreso. Ciertamente hay motivos razonables para que una proposición de ley para la reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial, auspiciada por el PSOE y Unidas Podemos, creen enfrentamiento, pero también hay motivos para criticar que el líder del Partido Popular, Pablo Casado, abra un frente europeo contra dicha reforma. Otro motivo más para ese desprestigio de España del que se habla en Europa.

Bajo un manto de pesimismo y angustia existencial es necesario encontrar un haz de esperanza que realimente la estima y la ilusión por continuar, que en estos momentos nuestras instituciones no nos ofrecen

Esta pandemia se ha extendido de un modo inusitado y todavía es demasiado pronto para vislumbrar las transformaciones económicas, políticas y sociales que acarreará en un futuro. Sin embargo, la actuación de los gobiernos central y autonómicos ante esta emergencia e incertidumbre, analizada con torpe demagogia, nos advierte no solo de la debilidad de nuestra democracia sino de una dudosa posibilidad de mejorarla. En democracia deberíamos viajar sin retroceder en el tiempo; si participamos en unas elecciones democráticas es para cambiar, no sólo de personas y partidos, sino de ideas y proyectos políticos. Algo de cierto debe haber en que no hemos hecho las cosas bien cuando percibimos que no progresamos, sino que retrocedemos; que nuestra democracia no es incluyente, sino cuestionable y excluyente; alguien ha afirmado que “tenemos una cultura democrática de baja calidad”, en la que se deprecian principios y valores y nos conformamos con los errores, los insultos y las mentiras. Hay que dotar al término democracia de significado y contenido si no se quiere convertir en un significante vacío que cada uno lo adjetiva a su capricho. De ahí que necesitamos respuestas y no solo contestaciones que se van “por los cerros de Úbeda” a las preguntas que nos hacemos: ¿cómo queremos que sea la democracia después de la pandemia?; si el virus es igual para todos, ¿por qué este descontrol en las medidas que se están tomando?, ¿por qué hay criterios distintos en su aplicación dependiendo de las autonomías?

El estudio sobre la democracia se nos presenta a día de hoy como una realidad adjetivada. La complejidad en la que se desarrolla la vida ha hecho que quienes la analizan aborden el tema desde múltiples perspectivas y con frecuencia de forma encontrada o contradictoria. Para muchos ciudadanos su actitud ante una vida fracasada es una posición de infelicidad y rebeldía ante la nada en la que les toca vivir. La creciente búsqueda de la verdad en el ámbito político y social ofrece un panorama agotado y altamente fragmentado. Bajo un manto de pesimismo y angustia existencial es necesario encontrar un haz de esperanza que realimente la estima y la ilusión por continuar, que en estos momentos nuestras instituciones no nos ofrecen. Se nos habla de unos valores democráticos que en la práctica están difuminados o incumplidos y que conducen a la contradicción de una democracia que no cumple lo que proclama. Para juzgar la calidad de la política, hay que aceptar que existen malas políticas, que hay gestiones inaceptables, aunque criticarlas signifique directamente señalar a líderes políticos que no valen, y que se puede prescindir de ellos, incluso más, que deben dimitir o hacerlos dimitir; eso no significa ofender su dignidad sino respetar la dignidad de los ciudadanos a los que han prometido servir. Gobiernan para los suyos; un incompetente con poder puede ser muy dañino y me temo que la política española está refrendando este convencimiento.

A este sin sentido se añade la información y la opinión de los medios de comunicación españoles; son altamente predecibles para quien los lee o escucha. Los periodistas han perdido independencia y sus opiniones sesgadas y partidistas son tóxicas para la democracia. Los medios afines a algún partido están impidiendo que la ciudadanía construya una opinión con libertad para juzgar y criticar la información recibida. Muchos periodistas y medios informan con posicionamiento de trinchera y determinan las líneas ideológicas en los medios que lideran el mercado. Hay que reconocer el fracaso de querer formar una sociedad de lectores, radioyentes y televidentes plurales y reflexivos, con capacidad para leer artículos y escuchar comentarios sin prejuicios ideológicos previos.

En lugar de progreso democrático y evolución, asistimos a un retroceso y una involución. En estos momentos de vergüenza y decadencia, con la confianza de la ciudadanía en los políticos bajo mínimos, se impone un rearme moral. Urge hacer política de puentes y no de trincheras. Estamos asistiendo a una política espectáculo, con parlamentarios de dialéctica poligonera, agarrados a la dinámica del conflicto cercano al odio; ignorantes de que, al que quiere gestionar el poder, se le debe exigir ética y responsabilidad. Hay combates en los que no es deshonroso perder. La visión que tiene de España la derecha no es historia, es propaganda integrista. No hacen mejor a España ni dignifican a la institución constitucional monárquica videos en los que un grupo de ciudadanos y ciudadanas con voz engolada gritan ¡Viva el Rey, Viva España!, con un patriotismo rancio.

Necesitamos una democracia de calidad, un marco ético, capaz de estimular la responsabilidad social y la buena educación y no el insulto chabacano. Lo que más desanima a los ciudadanos no es que se enriquezcan los políticos, que también, sino que la ciudadanía, viendo la carencia ética de los que gobiernan (la del rey emérito está siendo un lamentable ejemplo) caiga en el escepticismo, se dedique en exclusiva a su propia vida y le importe un bledo la “cosa pública”. Decía Max Weber que en el campo político tienes que oponerte al mal con la fuerza, pues de lo contrario serás responsable de su triunfo. Y Noam Chomsky, reflexionando sobre la incertidumbre mundial que nos embarga, duda sobre si el marco legislativo con el que los jueces juzgan tiene todo el nivel de claridad y eficacia que se requiere en estos momentos. Los tiempos judiciales no son los de la crisis sanitaria. Qué maravillosa es la capacidad de poder ver lo que se tiene justo delante y tener simplemente la honradez de contarlo tal como es. Una posible y digna opción es seguir la senda de la integridad, lleve adonde lleve.

Vivimos en una realidad atropellada. Como bien decía el ministro de Sanidad, “no hay peor ciego que el que no quiere ver” y añado, “ni peor sordo que el que no quiere oír”. En lugar de escuchar las alarmantes sirenas de las ambulancias que transportan a miles de contagiados por el virus a los hospitales y ver las imágenes de la asfixia agonizante de tantos enfermos en las UCIs, nuestros representantes políticos prefieren el ruido y el barullo. Ante esta ceguera, concluyo con el convencimiento de que en estos momentos la sensatez, el valor, la prudencia y el diálogo empiezan a ser revolucionarios. Y me pregunto: ¿A qué patria podemos emigrar los que estamos cansados de tantos insultos, patrias y banderas?

Sobre la realidad atropellada, o de eruditos y pedantes