lunes 06.07.2020

Un “payaso” en la Casa Blanca

Si Trump ha ganado es porque ha entroncado bien con las clases populares, demonizando al enemigo; ha utilizado expresiones populistas, simplificando los problemas con propuestas seductoras y soluciones rápidas; ha aparecido ante sus votantes como una MESÍAS: un salvador narcisista

En los pocos días que separan de las elecciones de EE.UU. es inmensa la cantidad de artículos de opinión sobre las elecciones americanas y el triunfo inesperado de Donald Trump. En todos los medios de comunicación se han visto y leído diferentes análisis; pocos valorando positivamente el resultado y casi todos extrañados, incluso escandalizados, hasta tal punto que muchos analistas están intentando explicar las variables sociológicas que han hecho posible que un millonario histrión, casi analfabeto y con una visión de la historia que no va más allá del negocio de la construcción vaya a ocupar la Casa Blanca. Se atribuye a Mahatma Gandhi la frase: “Si hay un idiota en el poder es porque quienes lo eligieron se sienten bien representados”. Desde la perspectiva de Gandhi, no resulta difícil sacar conclusiones de esta elección, trasladable también a las elecciones en España.

Recuerdo la expresión acuñada por el ex Presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso sobre las “utopías regresivas”; con ella alertaba del peligro en Latinoamérica y en otros Continentes de la presencia de “ciertas élites políticas y económicas neoliberales” que buscan el retorno al pasado. ¡Qué paradoja!: mientras se habla de la gran recuperación (algo parecido ocurre en España con Rajoy y el Partido Popular), las secuelas que la cacareada recuperación nos deja, en el mejor de los casos, es una recuperación económica sin empleo, los salarios a la baja, el poder adquisitivo de los trabajadores reducido, son hoy más los que trabajan más hora por menos dinero, la jornada laboral se ha incrementado a niveles desconocidos, la libertad ciudadana está más controlada, es patente el empobrecimiento de las clases medias, muchos niños vivirán peor que sus padres, es ascendente el endeudamiento público y privado, aumenta la desigualdad, la corrupción  es progresiva y tolerada sin que pase factura a los corruptos, es tangible el deterioro del medio ambiente y es evidente el aumento del desprestigio y descrédito de los políticos, las instituciones y los medios de comunicación… Este panorama es el que augura la elección de Trump. La expresión de Cardoso está resultando profética.

En su exitoso libro Daron Acemoglu y James A. Robinson se peguntan: ¿Por qué fracasan los países? ¿Por qué algunas naciones son más prósperas que otras teniendo la misma población, cultura y situación geográfica? Y responden: no es por el clima, la geografía o la cultura, sino por las instituciones de que se dotan y por los gobernantes que cada país elige.

En esta incertidumbre que ensombrece la presidencia de Donald Trump se puede decir que se conoce al personaje pero no al político; aunque, conocido el personaje, no va a ser difícil aventurar cómo será el político y sus políticas. Trump ha criticado duramente a las élites políticas de Estados Unidos, a Barack Obama -del que cuestionó su nacionalidad- y sus políticas, como el “Obamacare”, hasta afirmar de él y de Hillary Clinton -a la que ha calificado de “asquerosa” y “merecedora de estar en la cárcel”- de ser “los fundadores del ISIS”; ha insultado hasta el desprecio a los mexicanos y a los musulmanes. Si el republicano Trump ha sido capaz de criticar a quienes desprecia, debe asumir que de él se pueden hacer análisis tan críticos como los suyos, pero con palabras más inteligentes que las que él emplea. Con una contradicción propia de los irresponsables ha demostrado no ser inmune a las críticas al arremeter contra los ciudadanos que se han ido manifestando en contra de su elección y contra ciertos medios de comunicación.

Quienes le conocen, le han retratado como un personaje de extraña y excéntrica personalidad, ultraconservador, ultraderechista, con el poder ostentoso del dinero, cínico, histriónico, populista, soberbio, machista, acosador sexual, xenófobo, mentiroso, agresivo y faltón contra las comunidades latina e islámica, polémico, políticamente incorrecto, bufón, maniqueo y reduccionista, guiado por la vieja máxima de que se hable de él, aunque sea mal, porque toda publicidad es buena ya que le beneficia. Como señalaba Manuel Vicent en su columna dominical refiriéndose a Trump: “Este figurante sabe que la política es un espectáculo y ha aprovechado la pista del circo para realizar su número”. Ha conseguido la atención de los medios del espectáculo (le han dado fama a nivel global las distintas producciones del “show business” y su reality “The Apprentice”) y de la economía: sus millonarias deudas y sus lujosas adquisiciones le han ayudado también a elevar su fama. Finalizaba Vicent su artículo en una reflexión en la que la inmensa mayoría de europeos coincidimos: “El triunfo de Donald Trump ha despertado un sentimiento de vergüenza ajena entre las élites intelectuales y científicas, que no se explican que un país donde están las mejores universidades del mundo y los centros de investigación más avanzados haya votado a un cateto de presidente”. Este personaje ha generado, por un lado, repudio a nivel global, pero también hay muchos que lo han apoyado a pesar de sus polémicas propuestas y conducta. Contra todo pronóstico, su dudoso perfil le ha servido para despertar la simpatía de diferentes sectores que han visto en él una solución a sus problemas hasta convertirlo en el presidente electo de Estados Unidos. Si el éxito de un político consiste en intentar identificarse con los que más le pueden votar, hay que reconocer que Trump lo ha sabido hacer; sabe que tiene un público fiel hasta poder afirmar impúdicamente, sin que le pase factura, durante un mitin de campaña en Iowa: "Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos". Analizando, en cambio su éxito, con ese gesto amanerado y cursi de dedos y manos que tiene (¡cuánto significado aporta la gestualidad!), ese bisoñé “orange” y ese estilo populista en sus discursos, alejado del habitual tono de los políticos, le han conferido una pátina de autenticidad a ojos de sectores desencantados del electorado americano hasta auparle a la presidencia.

Afirmaba Dostoyevsky que se necesita algo más que inteligencia para actuar inteligentemente. Y ese “algo más” le falta a Trump, aunque le sobre el dinero. Hay quienes piensan que, ante la impostura de sus bravatas, amenazas y promesas y aunque haya dicho lo que ha dicho y cómo lo ha dicho, tendrá que hacer después “lo que debe hacer”, obligado o por las circunstancias o por las instituciones. Lo que no se puede olvidar, como recordaban los clásicos, que “ex abundantia cordis os loquitur” (“de la abundancia del corazón habla la boca”); traducido al “román paladino”: “el loco hace locuras y el ultraconservador elige equipos ultraconservadores”; lo lleva en los genes. Las primeras personas elegidas para puestos clave de su Gobierno siguen su misma línea; políticos situados en el ala radical del pensamiento conservador: Jeff Sessions, nuevo fiscal general, con un historial de polémicas racistas; Michael Flynn, un general islamófobo, ejercerá de consejero de Seguridad Nacional, y Mike Pompeo, miembro del Tea Party y de la Asociación Nacional del Rifle, dirigirá la CIA. ¡Vaya tropa y vaya mochila!: para echar a correr.

Como decíamos más arriba, si los que bien le conocen han definido y retratado al personaje Trump con tales calificativos, de acuerdo con la Teoría de las élites políticas de Pareto, según la cual no hay política sin élites políticas, los nombramientos efectuados hasta ahora le van definiendo como el político ultraconservador y peligroso que puede ser o que seguro ya es. Sostenía Trump en uno de sus últimos mítines que no era político ni aspiraba a serlo llevando al extremo la contradictoria sinceridad que le agradecen sus votantes. 

El Roto, con inteligente mirada gráfica, en la viñeta del pasado sábado, dibujaba, con un fondo de bandera americana, dos “posibles políticos o personajes del poder”. Comentaba en el texto uno al otro: “Los electores no se equivocaron; ¡es que estaban mal programados!”. Remedando el pensamiento de El Roto, con otras palabras, pero abundando en la idea, tengo por seguro en contra de otras opiniones, que “los electores se equivocan, cuando están mal informados”. Y lo sostengo no sólo por lo sucedido en las elecciones americanas sino también en las recientes elecciones en España. De estar bien informados, ni Trump hubiese sido elegido ni, con la evidente corrupción del partido popular, un electorado ético y consciente hubiese continuado apoyando a Rajoy. Las elecciones son como un examen sociológico; cuando un alumno no está bien preparado, difícilmente puede aprobar el examen. Del mismo modo, si un electorado no está bien informado, nada garantiza que su voto pueda ser acertado.

Nadie duda de que, sin salir aún de una crisis económica, asistimos a una crisis más profunda, una crisis de valores: una crisis identitaria y, por tanto, de exclusión de “los otros”. No se nos escapa, después del Brexit en Gran Bretaña, de ciertas elecciones en algunos países europeos, lo que señalan algunas tendencias en las futuras elecciones en Alemania, Francia e Italia y lo sucedido en Estados Unidos, de que estamos asistiendo a un ascenso de neofascismos populistas; lo indica ese tufillo que surge con la persecución y criminalización de las minorías, con esa nueva construcción de enemigos internos, por el predominio de las emociones sobre la razón. Se apela a los sentimientos y pasiones: nos encontramos, como señala Arias Maldonado en su trabajo “Política y emociones en el siglo XXI”, en una democracia sentimental. Las ideologías han perdido peso; la nueva manera de intervenir en política está trufada de sentimientos: es la nueva forma de populismo. La información ya no interesa; el discurso, reducido a un tuit, simplifica el mensaje y el lenguaje; su eficacia consiste en vulgarizarlo y banalizarlo con excesivas metáforas: es el lenguaje de las demagogias populistas y maniqueas. De hecho, si Trump ha ganado es porque ha entroncado bien con las clases populares, demonizando al enemigo; ha utilizado expresiones populistas, simplificando los problemas con propuestas seductoras y soluciones rápidas: ha aparecido ante sus votantes como una MESÍAS: un salvador narcisista. Se podría concluir que la política de la razón, los derechos y la ética (bases de la auténtica democracia) se encuentra en desventaja con otras ideologías políticas que, sin escrúpulos, explotan las emociones de los ciudadanos: es la llamada democracia sentimental. Estaríamos pasando así del kantiano “atrévete a saber” (“sapere aude”) a un posmoderno “atrévete a sentir”.

Si una mayoría de ciudadanos tienen como fuente de información la televisión, no hay duda de que, con la televisión basura que nos llega (incluidas esas tertulias de “miméticos todólogos” que opinan pontificando sobre cuanto se les ponga a tiro y deformando la realidad a conveniencia de parte), la información que los alimenta no garantiza criterios objetivos para una elección certera. Aquí entrarían las tertulias sesgadas, los programas de corazón, los reality shows… Todos estos programas, las campañas electorales y sus mítines intentan conquistar por la vía rápida la fascinación de los votantes, mediante promesas ilusionantes y pulsiones emocionales, abandonando a su vez las discusiones ideológicas, de tal modo que los electores no lleguen a entender bien ni alcanzar las consecuencias de lo que se les dice ni de lo que su voto supone. Es bien conocido que la mayor parte de las veces lo que en campaña se promete, casi nunca se lleva a cabo. Sabemos que los medios sirven a muchos fines y desempeñan diversas funciones, pero su papel principal y su responsabilidad, además de incrementar las ganancias de los que los poseen, consiste en reproducir una visión de la realidad que mantenga el actual poder económico y social de la clase dominante. Su objetivo no radica en producir una ciudadanía crítica e informada, sino el tipo de gente que vota a Trump o a Rajoy. Su meta es conducir e inclinar la opinión de los votantes hacia ese partido que garantiza la estabilidad de los que dominan y poseen el mundo del dinero y los negocios; es decir, inclinar el voto hacia aquellos candidatos que con ellos comparten la misma concepción de la realidad económica. Recordamos aún a ese intrigante personaje, Henry Kissinger, inexplicable Premio Nobel de la Paz, que, en septiembre de 1973, durante el derrocamiento fascista del gobierno democrático de Salvador Allende en Chile, afirmaba que “en caso de tener que salvar la economía o la democracia, había que salvar la economía”. Algo similar a esa preocupación ha sido la de los dirigentes de la Unión Europea y del propio gobierno del Partido Popular que, durante los 300 días del gobierno en funciones, no les preocupaba tanto el sentido e incertidumbre del votante español, cuanto los presupuestos y la economía de España. Es posible, pues, que muchos electores se acerquen a las urnas sin saber qué eligen: eligen candidatos que ni siquiera conocen, escondidos tras unas siglas, sin haber leído ni una línea de sus programas. ¿Por qué, entonces, algo tan unánimemente considerado como “lo que no hay que ver”, siempre ha conseguido audiencias tan elevadas?

Se atribuye a Abraham Lincoln la frase “puedes engañar a todo el mundo algún tiempo; puedes engañar a algunos todo el tiempo; pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”. De ahí que al final de las gestiones de los políticos que han gobernado, no sólo los ciudadanos sino sobre todo la historia señalarán, negro sobre blanco, quién ha engañado y quien ha dicho la verdad

Con la victoria de Trump la sociedad pensante y comprometida se encuentra sin brújula ante un futuro desconocido. La mayoría estadounidense ha elegido a un narcisista ignorante, vulgar, racista y ultraconservador como presidente. Ha sentado a un payaso en la pista del despacho oval de la Casa Blanca: daría pie para muchos chistes si no fuese porque en ese circo y ese despacho se encuentra la potencia nuclear número uno del mundo.

Con inteligencia poética alertaba Jorge Luis Borges de que “Con el tiempo aprendes que estar con alguien porque te ofrece un buen futuro, significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado”. Muchos norteamericanos, como muchos españoles, tarde o temprano tendrán que arrepentirse de haber votado a Trump o a Rajoy, y querrán volver al pasado. Pero entonces será tarde.

Un “payaso” en la Casa Blanca